A las 7:00 de la mañana, 2 patrullas y una camioneta de televisión estaban frente a la casa de Ricardo.
Mis hijas apenas habían logrado dormir en camas limpias. Luz seguía abrazada al saco que él me prestó cuando un agente preguntó por mí.
—Existe una denuncia por robo, abuso de confianza y sustracción de menores —explicó—. La señora Teresa Cárdenas afirma que usted no tiene domicilio, empleo ni recursos para cuidarlas.
—Son mis hijas.
Ricardo llamó a sus abogados y pidió que todo quedara registrado. Consiguieron que no me detuvieran mientras se revisaban las pruebas, pero un juez familiar ordenó una evaluación urgente.
Teresa apareció en televisión llorando. Dijo que me recibió por caridad después de la muerte de Diego y que yo había seducido a Ricardo para escapar con 3 millones de pesos. Las redes me llamaron cazafortunas y mala madre. Sofía encontró uno de los videos.
—¿Volveremos al cuarto de la lavandería?
—Nunca —le prometí, aunque estaba aterrada.
Una trabajadora social entrevistó a las niñas. Un médico fotografió y fechó mis lesiones. Esa tarde llegó doña Elvira, antigua ama de llaves de los Cárdenas, con una memoria USB escondida en una bolsa de pan.
—La casa tiene cámaras. Doña Teresa ordenó borrar las grabaciones, pero salvé algunas.
En los videos se veía a Teresa golpeándome, quitándome sobres que Diego había dejado para sus hijas y obligándome a firmar recibos en blanco. También aparecía su contador entrando de madrugada al despacho de la fundación.
Creímos que aquello terminaría con la mentira.
El abogado de Teresa aseguró que los archivos estaban manipulados y presentó 12 transferencias desde la fundación hacia una cuenta a mi nombre.
Yo jamás había abierto esa cuenta.
El banco tenía una copia de mi credencial y una firma casi idéntica a la mía. Alguien había usado documentos guardados desde mi matrimonio. Mientras se solicitaba un peritaje, 3 donantes amenazaron con abandonar la fundación de Ricardo si él seguía defendiéndome.
Escuché a uno de sus socios decir:
—No puedes arriesgar años de trabajo por una mujer que conoces desde hace 3 días.
—Si debo abandonar a una víctima para conservar la fundación, entonces la fundación no vale nada —respondió Ricardo.
Esa noche me explicó que Teresa intentaría separarme de las niñas alegando que no tenía vivienda estable. Sus abogados prepararon una tutela provisional y un contrato de trabajo, pero él propuso algo inesperado.
—Cásate conmigo por lo civil. No borrará la denuncia, pero dará a las niñas domicilio, protección médica y tiempo para demostrar la verdad.
—¿Y tu reputación?
—Mi nombre no vale más que la seguridad de 3 niñas.
Acepté. La ceremonia fue privada, en la biblioteca, con sus abogados y doña Elvira como testigos.
Cuando terminé de firmar, entró una llamada del hospital: el perito que podía demostrar la falsificación había sufrido un accidente y la única copia certificada de su informe había desaparecido.
Entonces comprendí que Teresa estaba dispuesta a silenciar a cualquiera que pudiera salvarnos.
Y lo que Ricardo encontró en el teléfono del perito cambió todo.
PARTE 3