Paulina llegó a mi casa a las 6:40 de la mañana con una carpeta bajo el brazo y la cara de quien no había dormido nada.
Alejandro, según su rutina, ya debía ir rumbo a la obra donde supervisaba instalaciones eléctricas.
Pero a las 7:05 escuchamos abrirse la puerta del garaje.
Mi esposo entró con su mochila al hombro, vio a su hermana sentada en la cocina y se quedó inmóvil.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Paulina no respondió.
A las 7:18 sonó el timbre.
Graciela estaba afuera, tratando de abrir con la llave que ya no servía. La vi por la cámara, girando la cerradura una y otra vez, cada vez más desesperada.
Abrí la puerta.
—Buenos días, Graciela.
Mi suegra bajó la mirada hacia la llave inútil y luego me vio a la cara.
Su sonrisa se quebró.
—¿Cambiaste la chapa?
—Pasa —dije.
Entró mirando a todos lados, como si buscara una salida antes de conocer el incendio.
Puse mi celular sobre la barra de la cocina y reproduje el video.
Nadie habló.
La voz de Graciela llenó el cuarto.
—Mañana en la mañana. Mariana sale a las 7:30 y la niña entra a la escuela a las 8.
Alejandro cerró los ojos.
Cuando el video llegó a la parte del joyero y la carpeta azul, Graciela golpeó la barra con la palma.
—¡Me grabaste como delincuente!
Paulina soltó una risa seca.
—No, mamá. Te grabaste tú solita hablando como delincuente.
Yo miré a Alejandro.
—¿Quién es Víctor Robles?
Él apretó la mandíbula.
—No sé.
Paulina abrió su carpeta.
—Claro que sabes.
Sacó impresiones de correos, capturas de mensajes y una hoja membretada de una inmobiliaria privada.
—Anoche entré a la cuenta administrativa del negocio de la familia. Mamá olvidó que yo todavía tengo acceso.
Graciela intentó arrebatarle los papeles, pero Paulina los levantó antes.
—No te conviene hacer más teatro.
Los correos hablaban de nuestra casa.
De mi casa.
De un comprador interesado en adquirirla “fuera de mercado”. De una operación rápida. De una firma pendiente. De “obtener originales para validar datos”.
Leí el nombre de Ernesto Luján varias veces.
También el de Víctor.
Y dos veces apareció el correo de Alejandro.
Una línea me dejó sin aire:
Si Mariana ve documentos antes de tiempo, lo va a detener todo. Mejor no la contacten directo.
Sentí que el piso se movía debajo de mí.
—Alejandro —dije—, explícame esto.
Mi esposo se frotó la cara con ambas manos.
—Yo no sabía que iban a entrar a la casa.
—Pero sabías que querían mis documentos.
—Solo era para preparar una propuesta.
—¿Una propuesta con mi firma copiada?
No contestó.
Paulina sacó otra hoja.
—Hay más.
Era un mensaje de Ernesto:
Con originales, se puede avanzar. Graciela dice que Mariana guarda pasaportes, escritura y joyas en el clóset. Si falta algo de valor, parecerá robo común y nadie pensará en operación inmobiliaria.
Graciela se sentó de golpe.
—Yo no dije así las cosas.
—Está escrito —respondió Paulina.
Alejandro me miró con ojos rojos.
—Mariana, me endeudé. La inversión salió mal. Mi mamá me prestó dinero. Ernesto dijo que podía ayudar.
—¿Vendiendo mi casa a escondidas?
—Nuestra casa.
—La casa donde vive tu hija.
Camila estaba arriba, lista para ir a la escuela, pero yo le había pedido que no bajara hasta que Paulina la llamara. Agradecí que no escuchara la mitad de esas frases.
Entonces mi celular vibró sobre la barra.
Alarma activada: movimiento detectado en puerta trasera.
Los cuatro nos quedamos congelados.
Miré la hora.
7:57.
En la pantalla apareció la imagen de la cámara del patio.
Víctor Robles estaba detrás de mi casa, con gorra negra, mochila de herramientas y la misma chamarra gris de la plaza.
Graciela se llevó una mano al pecho.
Alejandro susurró:
—No puede ser.
Pero su teléfono empezó a vibrar.
Luego sonó el de Graciela.
Víctor les estaba llamando a los dos.
Y en ese instante entendí que la mentira no era de mi suegra contra mi esposo.
Era de los dos contra mí.
PARTE 3