PARTE 2
Lorena no salió tranquila del salón.
Me llamó ardida, envidiosa, solterona, resentida y mala madre delante de 20 niños. Rogelio intentó hacerse el gracioso, diciendo que Diego “tenía mucha energía” y que yo estaba exagerando porque “Emiliano era delicadito”.
La encargada del lugar, una mujer llamada Patricia, no se rió.
“Señora, ya se le pidió retirarse”, dijo con firmeza. “Si no lo hace, llamaremos a seguridad de la plaza.”
Diego salió arrastrando los pies, todavía con betún pegado en los tenis caros que yo había pagado para el festival del colegio.
Lorena, antes de cruzar la puerta, volteó hacia Emiliano.
“Aprende a aguantar bromas, mijito. Así no vas a sobrevivir en la vida.”
Mi hijo bajó la mirada.
Yo sentí una rabia tan limpia que ya no quemaba. Solo alumbraba.
Cuando por fin se fueron, el salón empezó a respirar otra vez. Algunos padres me ayudaron a recoger servilletas. Una mamá puso música suave para distraer a los niños. Patricia me ofreció no cobrarme el daño del mantel.
Entonces se acercó un mesero joven, delgado, con el uniforme manchado de agua y las manos temblorosas. Se llamaba Alan.
“Señora Mariana”, dijo, mirando hacia la puerta. “Yo escuché algo antes de que pasara.”
Lo llevé a un rincón, lejos de Emiliano.
“¿Qué escuchaste?”
Alan tragó saliva.
“Su hermana estaba hablando por teléfono junto a la cocina. Dijo: ‘Después de hoy, Mariana va a quedar como la mala de la familia. Todos van a ver que no soporta ni una broma. Y si hace berrinche, le sacamos el iPhone a Diego.’ Luego le dio el teléfono al niño y le dijo exactamente por dónde correr.”
Sentí que el piso se abría, pero no me caí.
“¿Estás seguro?”
“Sí. Y hay cámara en ese pasillo. No sé si grabó el audio, pero sí se ve cuando ella le señala la mesa.”
Le pedí que lo escribiera. Alan aceptó. Patricia también me dijo que podía guardar el video por si lo necesitaba.
Esa noche, Emiliano y yo compramos un pastel pequeño de chocolate en una panadería de la colonia. Lo pusimos en nuestra mesa de cocina, con 8 velitas nuevas. Mi hijo pidió su deseo en silencio y sopló.
Después me abrazó.
“¿Tía Lorena ya no va a venir a mis cumpleaños?”
“No”, le dije. “No si yo puedo evitarlo.”
Cuando se durmió, abrí mi computadora.
Yo no gritaba. Yo no rompía platos. Yo no hacía escenas. Pero guardaba facturas.
Colegiaturas. Inscripciones. Uniformes. Dentista. Tenis. Terapias. El coche. Gasolina. Despensa. Mensualidades atrasadas de la casa de Lorena. Un viaje a Cancún. Un depósito para una fiesta de primera comunión que ni siquiera me invitaron a organizar.
Total: 5,842,300 pesos.
Me quedé mirando la cifra hasta que dejó de parecer dinero y empezó a parecer años de mi vida enterrados bajo frases como “no seas egoísta” y “la familia se ayuda”.
A las 11:48 de la noche, escribí al Colegio Santa Regina.
Informé que, a partir de ese día, dejaba de ser responsable de cualquier pago relacionado con Diego, Mateo y Camila Salgado Ríos. Cualquier saldo futuro debía tratarse directamente con sus padres.
Luego mandé un correo al banco cancelando la autorización del crédito del coche de Rogelio.
Dormí 6 horas seguidas por primera vez en meses.
A la mañana siguiente, tenía 17 llamadas perdidas de Lorena, 9 de Rogelio y 4 de mi mamá.
Mi mamá fue la primera a la que contesté.
“Mariana”, dijo con voz de tragedia. “¿Qué hiciste?”
“Dejé de pagar.”
“¡No puedes castigar a los niños!”
“No los estoy castigando. Estoy retirando un regalo.”
Hubo silencio.
Luego sacó la frase que siempre usaba cuando quería doblarme.
“Tu papá estaría decepcionado de ti.”
Cerré los ojos. Pensé en mi padre, un taxista que trabajó 30 años y siempre decía que una cuenta clara también era una forma de amor.
“No, mamá”, respondí. “Mi papá preguntaría por qué dejé que me usaran tanto tiempo.”
Colgué.
Pero al mediodía llegó un correo de un abogado.
Lorena y Rogelio decían que yo tenía una “obligación moral y económica” con sus hijos.
Y amenazaban con demandarme si no volvía a pagar antes del viernes.