Mi nuera me dio por muerta y metió a su familia a vivir a mi casa mientras yo agonizaba en el hospital.-lbsuong

PARTE 2

Durante los meses que estuve atrapada en la oscuridad de mi propia mente, escuché cosas que me destrozaron el alma. Recordé la voz de Fernanda resonando en la habitación del hospital: “Mateo, desconéctala ya. Es un gasto inútil. Mis papás perdieron su casa por las deudas, necesitamos ese terreno.

Tu mamá ya no sirve para nada”. Y escuché a mi hijo, la sangre de mi sangre, responder con voz cansada: “Tienes razón. Mañana hablo con el notario para ver cómo metemos a tus papás a la casa”.

Cuando el doctor me dio el alta, no le avisé a Mateo. Me fui a quedar a la casa de Doña Carmela, mi vecina de toda la vida, una mujer de 82 años que me recibió con lágrimas en los ojos.

En su cuarto de visitas, con el cuerpo adolorido y usando una andadera, comencé a planear mi movimiento. No iba a llorar. Las lágrimas ya se me habían secado en el coma.

A través de una trabajadora social del hospital, conseguí contactar al Licenciado Romero, un abogado de oficio, de esos que traen el portafolio gastado pero la mente afilada. Cuando le conté la historia, el hombre fue al Registro Público de la Propiedad. Lo que descubrió me revolvió el estómago.

—Señora Magdalena —me dijo el abogado por teléfono, con tono grave—. Su hijo no solo metió a sus suegros a la casa. Falsificó su firma. Hizo un contrato de comodato falso con un notario corrupto, argumentando que usted les cedía la casa por dos años.

¡Fraude! ¡Mi propio hijo había cometido un delito para complacer a su mujercita clasista!

Esa misma tarde, me armé de valor y caminé las tres cuadras que separaban la casa de Carmela de la mía. Me escondí detrás de un poste.