PARTE 2
El salón entero quedó en silencio.
Carla seguía sonriendo, pero ya no con seguridad. Era una sonrisa tiesa, de esas que se ponen cuando una persona entiende que algo se está saliendo de su control.
“Disculpe”, dijo ella, levantando la barbilla. “No sé de qué habla.”
El director, el profesor Hernández, caminó por el pasillo con el micrófono en la mano. Yo lo veía venir y sentía que las piernas se me aflojaban. Mateo estaba junto a la pared, porque la mamá de mi amiga Sofía lo había llevado para que pudiera verme entrar. Tenía los ojos enormes.
“Usted es Carla Rivas”, dijo el director.
Ella apretó los labios.
“Sí. ¿Y?”
El director respiró hondo.
“Yo conocí a Mariana, la mamá de Valeria y Mateo.”
Al escuchar el nombre de mi mamá, algo dentro de mí se rompió.
Carla cambió de color.
“Esto no tiene nada que ver con usted.”
“Mariana fue voluntaria en esta escuela muchos años”, continuó él. “Organizaba rifas, apoyaba a los alumnos que no podían pagar uniformes, vendía comida en las kermeses. Hablaba siempre de sus hijos. Y también habló varias veces de un fondo que había dejado protegido para ellos.”
Un murmullo recorrió el salón.
Yo miré a Carla.
Por primera vez, no parecía enojada. Parecía asustada.
“No puede acusarme de nada frente a todos”, dijo.
El director no levantó la voz.
“No la estoy acusando. Estoy diciendo que una alumna casi no viene a su propia graduación porque le dijeron que no había dinero para un vestido, mientras su hermano de quince años tuvo que coserle uno con la ropa de su madre fallecida.”
Un “ay, no” se escuchó desde una mesa.
Carla giró hacia mí con furia.
“¿Tú andas contando mis asuntos?”
“No conté nada”, dije, aunque la voz casi no me salió.
Entonces un hombre se levantó desde un lado del salón. Yo lo reconocí vagamente del funeral de mi papá: traje gris, lentes, expresión seria.
“Yo puedo aclarar algunas cosas”, dijo.
El director le pasó un micrófono.
“Soy el licenciado Salas. Fui el abogado que ayudó a la señora Mariana a dejar organizada una cuenta para sus hijos. Después de la muerte del señor Arturo, he intentado comunicarme con la tutora legal de los menores para revisar el estado de esos fondos.”
Carla dio un paso atrás.
“Esto es acoso.”
“No”, respondió él. “Esto es preocupación documentada.”
El aire se volvió pesado.
El licenciado miró al público.
“No daré detalles privados aquí, pero sí puedo decir que durante meses hubo evasivas, movimientos extraños y negativas a presentar comprobantes.”
Carla gritó:
“¡Todo en esa casa me pertenece! ¡Yo soy la adulta responsable!”
El salón quedó helado.
El abogado la miró fijamente.
“No, señora. Eso es exactamente lo que vamos a demostrar que no es cierto.”
Mateo me tomó la mano con fuerza.
Y en ese momento entendí que el vestido no había sido el escándalo. El escándalo era todo lo que Carla había estado escondiendo.
Pero todavía faltaba que saliera a la luz lo peor.