PARTE 2
Sofía salió rumbo a Oaxaca antes del amanecer, con el sobre de su madre dentro de la mochila y el corazón apretado como si viajara hacia una guerra familiar. En el camino recibió diez llamadas de Marcela, tres de Valeria y una de su papá, Ernesto. No contestó ninguna.
Hasta que Valeria mandó un audio.
“¿Qué te pasa, Sofía? Mi mamá está llorando por tu culpa. Dice que ahora quieres quitarle la casa después de humillarme en mi graduación. ¿Tan miserable eres?”
Sofía detuvo el audio antes de terminarlo. Valeria tenía veintidós años, pero seguía repitiendo las frases de Marcela como si fueran verdades sagradas. De niña, Valeria la seguía por la playa recogiendo conchas. Después, Marcela se encargó de convertirlas en rivales.
Cuando Sofía llegó a Puerto Escondido, el aire salado la golpeó de lleno. La casa apareció al final de la calle, blanca, amplia, con techos de teja y bugambilias trepando por un muro que su madre había pintado de azul. Pero algo estaba mal. Había cámaras nuevas, un portón electrónico y una camioneta negra estacionada afuera.
Marcela salió antes de que Sofía bajara del coche.
“¡Te dije que no vinieras!”, gritó, con lentes oscuros y una blusa de lino impecable. Detrás de ella venía Valeria grabando con el celular.
“Qué bueno que estás grabando”, dijo Sofía, bajando despacio. “Así no van a decir que inventé nada.”
Marcela rio con desprecio.
“¿De verdad crees que vas a asustarme con papeles viejos?”
En ese momento llegó la licenciada Jimena, seguida por un notario público y una patrulla municipal. Los oficiales no venían a arrestar a nadie; venían a evitar un escándalo, porque Jimena había presentado documentos suficientes para demostrar que la situación no era un simple pleito familiar.
Marcela cambió de color.
“Esto es abuso. Mi esposo firmó la cesión.”
“Su esposo no podía ceder algo que legalmente no era suyo”, respondió Jimena, abriendo una carpeta. “La señora Elena Torres dejó esta casa protegida en un fideicomiso antes de fallecer. La beneficiaria es Sofía Ramírez. Está inscrito y vigente.”
Valeria dejó de grabar.
“¿Qué?”, murmuró.
Marcela le arrebató la carpeta a Jimena, pero el notario la detuvo con firmeza.
“Señora, no toque documentos oficiales.”
Entonces apareció Ernesto en la puerta. Se veía más viejo, cansado, con la cara de alguien que acaba de despertar de una mentira demasiado larga.
“Papá”, dijo Sofía.
Marcela corrió hacia él.
“Diles que firmaste. Diles que la casa era nuestra.”
Ernesto miró a Sofía, luego a Jimena, luego a Marcela.
“Yo firmé lo que tú me dijiste que era para arreglar unos trámites pendientes.”
Marcela apretó la mandíbula.
“Porque eso era.”
“No”, dijo Jimena. “Era un intento de simular una transferencia de una propiedad ajena.”
El silencio cayó pesado. Valeria miraba a su madre como si por primera vez notara una grieta en una estatua.
Sofía pensó que ese era el momento más fuerte, pero se equivocaba.
Porque justo cuando el cerrajero empezó a quitar la chapa nueva, Valeria entró corriendo a la casa y salió con una caja de madera en las manos.
“Encontré esto en el cuarto de mi mamá”, dijo, con la voz rota.
Marcela gritó: “¡No abras eso!”
Y Sofía entendió que la casa no era el único secreto.