PARTE 2
A las cinco de la mañana salí de esa casa sin hacer ruido. Dejé las llaves sobre la barra de la cocina, junto a una nota de una sola línea:
“Gracias por mostrarme mi lugar.”
Manejé hasta Tlaquepaque y renté una pequeña habitación en una casa antigua convertida en posada. Ese mismo día llamé a la licenciada Valeria Montes, una abogada especializada en contratos familiares y conflictos patrimoniales.
Cuando puse los documentos sobre su escritorio, ella levantó las cejas.
“Don Arturo, esto no es una promesa de palabra. Es un préstamo formal. Su hijo le debe seis millones y medio, más intereses.”
También revisó otro expediente: un crédito comercial de Diego que yo había avalado, y el financiamiento de la camioneta de Fernanda, una camioneta de lujo que jamás le habrían aprobado sin mi firma.
“Si usted retira su respaldo como aval y exige el pago del pagaré, el banco puede congelar cuentas vinculadas hasta que ellos presenten garantías nuevas”, explicó.
Yo asentí.
“No quiero venganza. Quiero que entiendan cuánto valía el viejo inútil.”
Valeria no sonrió. Solo dijo:
“Entonces haremos esto correctamente.”
Dos días después, contraté a un investigador financiero llamado Raúl. No buscaba chismes, buscaba pruebas. Y las encontró.
Fernanda tenía tres tarjetas escondidas a nombre de soltera, deudas con una financiera de intereses altísimos y pagos mensuales a tiendas de lujo en Andares. Lo más grave fue otra cosa: parte del crédito comercial de Diego, supuestamente usado para ampliar su negocio de refacciones, terminó como enganche de la camioneta de Fernanda.
Cuando Raúl me entregó el reporte, sentí más tristeza que enojo.
Mi hijo no solo me había traicionado como padre. También había firmado mentiras.
La mañana siguiente, Valeria envió tres notificaciones legales: exigencia de pago del préstamo, retiro formal de mi aval y aviso al banco sobre posible uso indebido del crédito.
A las once y veinte sonó mi teléfono.
“¡Papá! ¿Qué hiciste?”, gritó Diego. “¡El banco bloqueó las cuentas del negocio!”
“Solo estoy cobrando lo que firmaste, hijo.”
Fernanda le arrebató el celular.
“¡Viejo miserable! ¡Nos vas a arruinar!”
“Fernanda”, respondí tranquilo, “yo no los arruiné. Solo dejé de sostenerlos.”
Ella empezó a llorar, pero no era dolor. Era rabia.
“¡Esa casa es nuestra!”
“Esa casa existe porque yo presté el dinero.”
Colgó.
Durante una semana intentaron negociar. Primero ofrecieron quinientos mil pesos. Luego un millón. Después mandaron a un abogado que aseguró que todo había sido “apoyo familiar”.
Valeria se limitó a mostrar el pagaré notariado.
La reunión definitiva fue en su despacho. Diego llegó pálido, sin dormir. Fernanda llegó impecable, con bolsa cara y mirada venenosa. Su abogado habló de acuerdos, de familia, de compasión.
Entonces Valeria deslizó sobre la mesa el reporte del crédito usado para la camioneta.
“Esto podría interesarle al banco y al Ministerio Público”, dijo.
Diego se llevó las manos al rostro. Fernanda dejó de respirar por un segundo.
Por primera vez, ella no tenía insultos.
Valeria dio dos opciones: pagar la deuda completa en sesenta días o transferirme la casa para cerrar el conflicto.
Diego me miró con los ojos llenos de vergüenza.
“Papá… no nos hagas esto.”
Yo recordé todas las cenas que comí solo en mi cuarto. Recordé a Fernanda llamándome viejo inútil. Recordé tu silencio, Diego.
Y empujé el contrato hacia ellos.
“Firma.”