PARTE 2
Elena no entró sola.
Se refugió en una cafetería pequeña, de esas donde todavía sirven café de olla y pan dulce en platos de plástico. Las manos le temblaban tanto que apenas podía sostener el teléfono.
Llamó a Sara Valdés, la abogada que había llevado los asuntos de Julián antes de morir.
—Mi hijo quería subirme a un avión a Francia —dijo Elena, sin saludar—. Mi nieta me dio un papel que decía que huyera.
Sara no preguntó si estaba exagerando. Solo dijo:
—No se mueva. Mándeme ubicación y apague cualquier rastreo.
Elena no sabía cómo hacerlo. Una joven de la mesa de al lado, con audífonos y uniforme de universidad, se acercó.
—Señora, perdón, escuché. ¿Quiere que revise su celular?
Elena se lo entregó.
La muchacha encontró una aplicación llamada Cuidado Familiar. Estaba activa. Compartía ubicación, llamadas y movimientos.
—Esto no lo instaló usted, ¿verdad?
Elena negó con la cabeza.
—Mi hijo dijo que era para cuidarme.
—Pues la estaba vigilando.
Cuando Sara llegó, venía con lentes oscuros, un folder negro y la cara de quien ya había visto demasiadas traiciones familiares.
Poco después llegó también Raúl, el sobrino de Teresa, abogado retirado. Caminaba con bastón, pero sus ojos parecían cuchillos.
—Señora Elena —dijo—, si su hijo obtuvo firmas con engaños, esto se pelea. Y si intenta sacarla del país contra su voluntad, esto ya no es un pleito familiar.
Fueron a la casa con Teresa grabando desde la banqueta.
Los 2 hombres de la mudanza dijeron que tenían autorización.
—¿De quién? —preguntó Sara.
—Del señor Mateo.
—La dueña está aquí —respondió Sara—. Nadie toca una caja más.
Elena entró.
La sala estaba desfigurada. Los cuadros no estaban. El mueble de cedro de Julián tenía cajones abiertos. Su máquina de coser estaba envuelta en plástico. Las fotos familiares estaban tiradas sobre la mesa.
En el comedor había una carpeta azul.
Sara la abrió y se quedó seria.
—Elena, esto es un poder amplísimo. Manejo de bienes, cuentas bancarias, venta de inmueble, decisiones médicas y autorización de residencia en el extranjero.
—¿Residencia? —susurró Elena.
—Francia no era vacaciones.
Elena tuvo que sentarse.
—¿Qué iba a hacer conmigo?
Raúl respondió con voz baja:
—Alejarla. Lo suficiente para que usted no pudiera defenderse.
Entonces Elena recordó el dibujo.
La ventana tachada.
El cuadro negro.
Caminó hasta el cuarto de costura, al fondo, junto al patio de lavado. Sofía siempre dibujaba esa ventana. La misma donde Julián se sentaba por las tardes a escuchar boleros cuando ya estaba enfermo.
Buscó en la pared, detrás de cajas, bajo una repisa vieja.
Nada.
El celular vibró.
No sabes lo que estás haciendo, mamá.
Sara le indicó que guardara todo.
Elena miró de nuevo. Entonces vio una placa negra, pequeña, pegada junto al zoclo, casi oculta detrás de una caja de azulejos.
—Aquí —dijo.
Raúl se agachó.
—Parece una caja empotrada.
Elena tocó la placa. No abrió.
Entonces recordó algo que había enterrado en la memoria. Años atrás, Julián, ya cansado y con sus olvidos, le había dicho:
—Si Mateo cambia demasiado, acuérdate del cuadro negro.
Ella pensó que hablaba de una pintura.
Pero no.
Sara encontró una llave pegada con cinta bajo la repisa. La placa abrió con un clic seco.
Dentro había una caja metálica.
Y dentro de la caja estaba la vida de Elena escondida de su propio hijo: escrituras, estados de cuenta, un testamento, cartas de Julián, una USB y una nota escrita con letra temblorosa.
Elena leyó:
Si estás viendo esto, Mateo ya intentó hacerte lo mismo que quiso hacer conmigo. No vendas la casa. No firmes nada. Hay dinero a tu nombre. Y hay pruebas.
Elena se cubrió la boca.
Sara conectó la USB en la vieja computadora de Julián. La primera carpeta se llamaba:
MATEO.
Antes de abrirla, se escuchó un golpe fuerte en la puerta principal.
Mateo entró como dueño de la casa.
No venía solo.
Traía a un abogado, a un médico con maletín y una sonrisa falsa que daba miedo.
—Mamá —dijo Mateo—, gracias a Dios estás aquí. Venimos a ayudarte antes de que hagas algo irreversible.
Y detrás de él, el médico sacó unos papeles para declararla incapaz.