PARTE 2
“¿Movimientos por cuánto?”, pregunté.
“Alrededor de 380 millones de pesos, señora”, repitió Ricardo Salcedo. Su voz sonaba seria, pero controlada. “Intentaron transferir fondos desde cuentas protegidas y modificar beneficiarios de un fideicomiso familiar.”
La casa de Alejandro seguía frente a mí. Fernanda miraba desde la ventana, con su taza de café en la mano, segura de que yo estaba llorando de derrota.
No estaba llorando.
Estaba despertando.
“¿Mi hijo pudo entrar?”, pregunté.
“No completamente. Algunas cuentas sí quedaron bloqueadas por el poder notarial que usted le otorgó. Pero las cuentas principales tienen restricciones especiales. Requieren su presencia, biometría y autorización verbal grabada. Sin eso, nadie puede moverlas.”
Cerré los ojos.
Tomás.
Doce años atrás, después de comprar la agencia de Querétaro, él insistió en crear un fideicomiso de fundadores. Yo me burlé de él.
“Pareces político escondiendo papeles”, le dije.
Él me contestó algo que nunca olvidé:
“El amor es una cosa, Betty. Los papeles son otra. Hay que proteger el trabajo incluso de la familia.”
En ese momento pensé que exageraba.
Ese día, desde la tumba, Tomás me estaba salvando.
Ricardo me pidió ir de inmediato a la sucursal patrimonial en Polanco. También me dijo algo que me heló la espalda.
“No regrese a la casa de su hijo. Y no firme nada.”
Manejé sin mirar atrás.
En el banco me recibió en una sala privada. Sobre la mesa puso una carpeta gruesa. No parecía un error. Parecía una operación.
Había solicitudes de transferencia, correos de abogados que yo no conocía, intentos de cambio de firma, autorizaciones hechas con copias de mi identificación y reportes internos donde Alejandro afirmaba que yo estaba “deteriorada mentalmente”.
Solté una risa seca.
“¿Mi hijo dijo que estoy loca?”
Ricardo no sonrió.
“Dijo que usted hacía compras impulsivas, que olvidaba pagos y que él actuaba para protegerla.”
Compras impulsivas.
Esa misma mañana me había dejado sin poder comprar comida.
Pedí llamar a mi abogada. No a la del grupo. No a la que Alejandro llevaba a las juntas. A la mía.
Marina Robles había sido amiga de Tomás desde que los dos no tenían ni para pagar un café decente. Era dura, directa y jamás confundía educación con debilidad.
Contestó al segundo tono.
“Betty.”
“Alejandro bloqueó mis cuentas y trató de mover 380 millones.”
Hubo un silencio.
Luego dijo:
“No te muevas. Voy para allá.”
Llegó en menos de media hora, con traje azul marino, lentes en la punta de la nariz y una mirada que hubiera hecho sudar a cualquier notario.
Revisó los documentos sin hablar. Solo pasaba páginas.
Al final cerró la carpeta.
“Tu hijo no te estaba cuidando. Estaba preparando el despojo.”
Sentí el golpe en el estómago, aunque ya lo sabía.
“¿Y Fernanda?”
Marina señaló varias facturas.
“Su empresa de imagen cobró del grupo casi dieciocho millones en tres años. Consultoría, eventos, estrategia digital… pero no hay entregables claros. Y mira esto.”
Sacó una hoja marcada con amarillo.
Era una carta de intención para vender tres agencias a un fondo privado.
El comprador tenía como representante a un tal Rodrigo Castañeda.
El apellido me hizo ruido.
“¿Castañeda?”, murmuré.
Marina me miró fijo.
“¿Lo conoces?”
Me tardé unos segundos en recordar.
Rodrigo Castañeda era hermano de Fernanda.
Sentí frío en la nuca.
No era solo mi hijo tratando de controlarme.
Era una familia entera rodeando lo que Tomás y yo habíamos construido.
Entonces Ricardo recibió una llamada, salió un momento y regresó con la cara tensa.
“Señora Beltrán, acaban de intentar entrar otra vez al fideicomiso.”
“¿Desde dónde?”
Miró la pantalla.
“Desde la computadora ejecutiva de su hijo, en la oficina principal del grupo.”
Marina se levantó despacio.
“Perfecto”, dijo. “Que siga intentando. Ahora sí nos está dejando huellas.”
Y por primera vez en todo el día, entendí algo.
Alejandro no solo me había traicionado.
También se estaba hundiendo solo.