PARTE 2
No grité. No amenacé. No pedí permiso.
Solo levanté la bota y le di una patada seca a Diego en la rodilla, con toda la fuerza que una mujer asustada, furiosa y embarazada puede reunir cuando entiende que su hijo está en peligro.
Diego cayó al piso con un alarido.
Doña Carmen chilló como si la víctima fuera ella.
“¡Estás loca! ¡Le rompiste la pierna a mi hijo!”
Yo pasé por encima de él mientras se retorcía, abrí el cerrojo y respiré el aire frío de la calle como si acabara de salir de una prisión.
Antes de irme, los miré desde la puerta.
“Llamen a la policía. Díganles que me encerraron para robarme.”
Doña Carmen se quedó blanca.
Subí a mi coche con las manos temblando. No manejé a mi casa. Diego tenía llaves. Conocía mis rutinas. Fui al estacionamiento de un Walmart abierto, lleno de gente y cámaras.
Ahí llamé a mi abogada, la licenciada Mariana Ríos.
“Me encerraron, me empujaron contra la pared y me exigieron mi tarjeta”, dije sin llorar. “Estoy embarazada. Diego está lastimado. Me defendí.”
Mariana no dudó.
“Ve al hospital primero. Yo llamo al Ministerio Público. No contestes llamadas. Bloquea cuentas compartidas, accesos y autorizaciones. Todo, Sofía.”
Entonces abrí mi laptop.
Cancelé la boda. El salón, el banquete, las flores, el mariachi, todo. Perdí anticipos, sí. Pero gané mi vida.
Luego entré al portal bancario de mi empresa.
Diego había construido su “startup” sobre mi firma: yo era aval de un crédito, mi agencia pagaba parte de su oficina en Roma Norte, y hasta sus tarjetas empresariales dependían de mi historial.
Cerré el acceso.
Revocación de aval.
Cancelación de subarrendamiento.
Bloqueo de tarjetas.
En menos de veinte minutos, Diego pasó de “CEO visionario” a hombre sin oficina, sin crédito y sin boda.
En urgencias, mientras me hacían un ultrasonido, escuché el latido de mi bebé. Fuerte. Vivo. Seguro.
Lloré por primera vez.
Después sonó mi celular. Número desconocido.
“¿Sofía Herrera? Soy el comandante Ramírez. Su abogada nos informó del intento de extorsión. Necesitamos su declaración.”
“Claro”, respondí.
Él hizo una pausa.
“También debo decirle algo. La señora Carmen y Diego están acusándola de agresión sin motivo.”
Me quedé helada.
“Me encerraron.”
“Lo sabemos.”
“¿Cómo?”
El comandante soltó una risa breve.
“Porque cuando llegamos, la señora Carmen quiso mostrar mensajes para probar que usted era ‘conflictiva’. Pero en su teléfono encontramos otra conversación. Una muy interesante.”
Sentí que el corazón se me detuvo.
“¿Qué decía?”
“Prefiero que lo lea usted misma cuando venga. Pero le adelanto algo: ellos planearon todo antes de que usted llegara.”
Y justo ahí entendí que la verdadera bomba todavía no había explotado.