PARTE 2
Durante unos segundos, nadie entendió la pregunta.
Renata apretó el brazo de Diego.
—¿Tú la conoces?
Diego no dejó de mirarme.
—Sí —respondió, despacio—. Ella le reconstruyó el rostro a mi hermano después del accidente.
El salón quedó en silencio.
Entonces lo recordé.
No a Diego como novio de mi hermana. Lo recordé de un hospital en la Ciudad de México, tres años antes, caminando de un lado a otro frente al quirófano con la camisa manchada de sangre y los ojos perdidos. Su hermano menor, Mateo Luján, había llegado después de una explosión en un taller de pirotecnia clandestino cerca de Tultepec. Tenía parte de la mejilla y la mandíbula destrozadas. Su madre rezaba con un rosario entre las manos. Diego me había detenido antes de entrar al quirófano.
—Doctora, dígame la verdad. ¿Mi hermano va a poder volver a sonreír?
Yo no le mentí.
Le dije que no sería rápido. Que no sería fácil. Que habría cirugías, dolor, terapia y paciencia. Pero también le dije que había esperanza.
Mateo necesitó cinco operaciones.
Yo participé en cuatro.
Meses después, volvió a sonreír.
Diego dio un paso hacia mí.
—Mi familia habla de usted como si fuera un milagro.
Mi madre soltó un sonido extraño, como si se hubiera atragantado.
Renata rió nerviosamente.
—Qué curioso. Valeria nunca mencionó que te conocía.
—Yo no hablo con Valeria desde hace once años —dijo mi papá, seco, como si mi ausencia hubiera sido una falta de educación.
Diego se volvió hacia él.
—¿Por qué?
La pregunta era sencilla.
Por eso fue tan peligrosa.
Mi mamá se acomodó el collar.
—Las familias se distancian. Son cosas que pasan.
Yo sonreí apenas.
—¿Así le llaman ahora?
Renata me miró con odio.
—No vengas a hacer drama en mi boda.
—Yo no empecé nada —contesté tranquila—. Tu prometido hizo una pregunta.
Diego miró a Renata, luego a mis padres.
—Tú me dijiste que tu hermana era inestable. Dijiste que se fue porque estaba celosa de ti y que le daba vergüenza venir a eventos familiares.
Sentí algo apretarse en mi pecho.
Ahí estaba.
La versión que habían inventado de mí.
Mi madre intervino rápido.
—Diego, este no es el momento.
Pero Diego no levantó la voz.
—Creo que sí lo es. Porque la mujer que ustedes describieron como resentida y fracasada es la misma doctora a la que mi hermano le debe la vida.
Los murmullos empezaron a moverse entre las mesas como fuego.
Renata apretó la mandíbula.
—Me estás humillando.
—No —respondió Diego—. Estoy preguntando por qué tu familia mintió.
Mi padre se levantó de golpe.
—Joven, cuidado con lo que dice.
Diego lo enfrentó sin gritar.
—Estoy teniendo mucho cuidado. Estoy a punto de casarme con su hija.
Esa frase cayó pesada sobre todos.
Por primera vez en mi vida, alguien que no llevaba mi sangre se negó a tragarse la mentira que ellos habían servido durante años.
Y, contra todo pronóstico, no se sintió como victoria.
Se sintió como dolor.
Como si una parte de mí, enterrada desde aquella fiesta de graduación, acabara de despertar para preguntar por qué nadie la defendió antes.
Entonces una mujer de cabello plateado se levantó desde la mesa principal.
Era Beatriz Luján, la madre de Diego.
Y cuando habló, hasta el mariachi guardó silencio.
—Renata —dijo—, antes de que esta boda continúe, quiero escuchar la verdad.