PARTE 2
El funeral de Mateo se llevó a cabo un jueves por la mañana bajo el sol abrasador de Monterrey. Fue una ceremonia pequeña y silenciosa. Mariana estaba acompañada únicamente por su mejor amiga, Fernanda, y por la maestra del niño, quien condujo más de 1 hora para entregar una carta escrita por los compañeros de clase de Mateo. El pequeño ataúd descendió a la tierra junto a la tumba de Alejandro. Mientras el sacerdote pronunciaba palabras sobre el consuelo divino, la mente de Mariana estaba a cientos de kilómetros de ahí, en las playas de arena blanca de Quintana Roo. Imaginaba a su madre aplicándose bronceador, a su padre pidiendo mariscos frescos, y a Valeria posando frente al mar Caribe, presumiendo su embarazo mientras el cuerpo del sobrino al que despreció era cubierto por la tierra.
Al terminar el sepelio, Fernanda ofreció quedarse a dormir en casa de Mariana.
—No deberías estar sola hoy —le dijo, tomándola de las manos.
—No estoy sola, Fer —respondió Mariana, con los ojos secos y la voz cargada de un filo metálico—. Por primera vez en 38 años, estoy completamente despierta.
Mariana no fue a su casa a llorar. Condujo directamente al exclusivo departamento en San Pedro, ese que Valeria y Eduardo ocupaban gratis desde hacía 4 años. Usó su llave de propietaria y entró. El lugar estaba lleno de lujos pagados con el sudor ajeno. Sin derramar una lágrima, sin gritar y sin romper un solo plato, Mariana comenzó a empacar. Ropa de marca, zapatos caros, adornos, documentos, electrodomésticos. Todo. Contrató a 3 hombres de un servicio de mudanzas y les pagó el doble para que trabajaran rápido.
En menos de 5 horas, el departamento quedó completamente vacío. Mariana indicó a los fleteros que llevaran todas las cajas a la casa de sus padres. Usando la llave de emergencia que Don Arturo le había dado años atrás, ordenó que apilaran todo en el centro de la sala, formando una enorme y grotesca pirámide de cajas, un altar perfecto a la avaricia de su familia.
Luego, llamó a un cerrajero de confianza.
—Quiero cambiar todas las cerraduras del departamento —ordenó—. Y ponga candados de alta seguridad. Ninguna llave vieja debe volver a abrir esta puerta.
De regreso en su casa, Mariana abrió su computadora portátil. Con la misma frialdad con la que empacó, comenzó a cancelar pagos. Canceló el seguro médico de sus padres, la tarjeta adicional del supermercado, el plan de celular de Valeria, la mensualidad del coche deportivo de Eduardo y las suscripciones al gimnasio. En total, eliminó más de 3000 dólares mensuales en “pequeñas ayudas” que su familia exprimía de ella. Con cada clic en el botón de “Cancelar servicio”, Mariana sentía que una cadena se rompía.
Esa misma tarde, mientras ella revisaba las cuentas, Valeria subió una serie de fotos a Facebook. En ellas, aparecía con un vestido amarillo brillante, sosteniendo una piña colada, rodeada de Don Arturo, Doña Rosa y Eduardo. El texto decía: “Gracias a Dios por esta familia que siempre me sostiene cuando más lo necesito. La vida es bella”.
Mariana guardó capturas de pantalla de cada foto, de cada comentario, de cada mentira.
Pasaron 3 días. La familia Garza regresó a Monterrey con un bronceado perfecto. Mariana ignoró las 14 llamadas perdidas y los audios de WhatsApp. A las 10 de la noche, los golpes violentos en su puerta principal retumbaron por toda la casa. Parecía que querían tumbarla.
Mariana respiró hondo, acarició la gorra de béisbol de Mateo que reposaba en la mesa de entrada, y abrió la puerta.
Los 4 estaban ahí, parados en el porche. Doña Rosa fingía estar al borde del desmayo, Don Arturo miraba el piso, Eduardo sudaba de nervios y Valeria estaba roja de furia, sosteniendo su abultado vientre como si fuera un escudo protector.
—¡Exijo que nos expliques qué significa esto! —gritó Valeria, intentando entrar a la fuerza.
Mariana bloqueó el paso con el cuerpo.
—No van a pasar. ¿Qué se les ofrece?
—¡Nuestras cosas están tiradas como basura en la casa de mis papás! —chilló Valeria—. ¡Fuimos al departamento y las llaves no sirven! ¡Esa es nuestra casa!
—Esa es mi casa —la corrigió Mariana, con voz gélida—. Y el favor de vivir gratis se terminó el día que decidieron que la playa era más importante que el funeral de Mateo.
Eduardo, tratando de sonar intimidante, dio un paso al frente.
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