PARTE 2
Rodrigo dio un paso al frente antes de que yo pudiera contestar.
—Cuidado con lo que dice de mi sobrina, señora.
Doña Carmen lo miró con desprecio, pero ya no tenía el control de la escena. Los invitados habían dejado de fingir. Algunos grababan con el celular. Otros susurraban nombres, fechas, cálculos.
Fernanda temblaba de coraje, aunque intentaba sonreír.
—Alejandro, dile a todos que esto es una mentira. Diles que Valeria siempre fue inestable.
Ese fue su error.
Porque la palabra “inestable” era la misma que Alejandro había usado en correos, mensajes y conversaciones con sus abogados para justificar por qué yo, supuestamente, no debía reclamar nada después del divorcio.
Mariana abrió el segundo folder.
—Además de la demanda de paternidad y pensión alimenticia, mi clienta iniciará acciones legales por desvío de recursos, falsificación de facturas y uso indebido de cuentas empresariales.
Alejandro cambió de color.
—Eso no tiene nada que ver con esto.
—Tiene todo que ver —dije.
Teresa, mi contadora, sacó varias copias y se las entregó a dos hombres que estaban sentados en la segunda fila. No eran invitados cualquiera. Eran socios del Grupo Montes, la constructora de Alejandro.
Uno de ellos, don Ernesto Villaseñor, abrió los documentos y frunció el ceño.
—Alejandro… ¿qué significa esto?
Fernanda dejó de respirar por un segundo.
Yo la vi.
Ahí entendí que ella sí sabía.
—Durante el último año de matrimonio —dije, cuidando que mi voz no se quebrara—, se hicieron pagos por más de once millones de pesos a empresas fantasma. El dinero salió de cuentas relacionadas con el fideicomiso que me dejó mi padre. Varias autorizaciones se hicieron usando las credenciales de Fernanda.
—¡Eso es falso! —gritó ella.
Teresa acomodó sus lentes.
—No. Es torpe, pero no falso.
Algunos invitados soltaron un “Dios mío”. Los celulares subieron más alto.
Alejandro se acercó a Fernanda y le habló en voz baja, pero había un micrófono cerca del altar, preparado para los votos.
—Me dijiste que nadie iba a encontrar esas facturas.
Todos lo escucharon.
Fernanda se quedó inmóvil.
Doña Carmen se llevó una mano al pecho.
Don Ernesto cerró el folder lentamente.
—Alejandro, a partir de este momento quedas separado de cualquier decisión de la empresa hasta que terminemos una auditoría.
—¡Es mi boda! —gritó Alejandro.
—Y al parecer también es una escena del crimen financiero —respondió el socio.
Fernanda empezó a llorar, pero no como una víctima: lloraba como alguien que ya no podía sostener su personaje.
—Valeria hizo todo esto porque me odia —dijo entre sollozos—. Porque yo sí estoy embarazada.
Yo la miré a los ojos.
—No te odio, Fernanda. Solo te traje algo.
Saqué de la pañalera un sobre pequeño. Dentro estaba la tarjeta que me mandó después del divorcio.
Mariana se la entregó.
Fernanda la abrió. Reconoció su letra.
“Algunas mujeres son elegidas.”
—La guardé —dije—. Me ayudó a recordar que la crueldad también deja pruebas.
Fernanda apretó los dientes.
—Tú perdiste a tu marido porque no eras suficiente.
La bofetada llegó antes de que alguien pudiera detenerla.
Me ardió la cara. Lucía lloró más fuerte.
Rodrigo quiso avanzar, pero levanté la mano.
Miré directo a uno de los teléfonos que grababa.
—Eso fue agresión. Espero que haya salido claro.
Fernanda se tapó la boca, como si acabara de entender que había arruinado su propia defensa.
Entonces Alejandro, desesperado, cometió el golpe más cruel.
—¡Ni siquiera sé si el hijo que espera Fernanda es mío!
El silencio fue brutal.
Fernanda dejó de llorar.
Doña Carmen abrió la boca, pero no dijo nada.
Alejandro miró a todos, perdido, como si quisiera recoger sus palabras del aire.
—No quise decir eso…
Fernanda bajó la mano a su vientre.
—¿Cómo pudiste?
Yo entendí en ese instante que no importaba quién estuviera frente a Alejandro: esposa, amante, madre de su hijo o madre de su hija. Cuando algo salía mal, él necesitaba culpar a una mujer.
Alejandro se volvió hacia mí.
—Valeria, podemos arreglarlo. Si Lucía es mía, yo respondo. Pero no destruyas mi vida.
Lo miré con Lucía llorando en mis brazos.
—Tú me llamaste estéril mientras yo estaba en una cama de hospital después de parir a tu hija.
No hubo nadie que lo defendiera.
Y justo cuando Mariana me susurró que ya era suficiente, doña Carmen dijo algo que obligó a todos a quedarse.
—Alejandro no robó solo.