PARTE 3
A las 9:04 me llamó Ricardo.
Contesté hasta la tercera.
“¿Qué hiciste?”, gritó. Detrás se escuchaban anuncios del aeropuerto y una voz femenina diciendo: “Dile que no sea ridícula”.
“Lo mismo que tú”, respondí. “Moví dinero”.
“Descongela las tarjetas. Estoy en el aeropuerto”.
“Lo sé”.
Pamela se acercó al teléfono.
“Señora, vamos a perder el vuelo”.
“Pamela, paga tu vuelo con tu vestido azul”.
Hubo silencio.
Ricardo bajó la voz.
“Mariana, piensa en los niños”.
Ahí se me acabó la paciencia.
“Pensé en ellos cuando sacaste dinero de la cuenta de su escuela. Pensé en ellos cuando leí cómo se burlaban de su madre. No solo me engañaste: robaste”.
Colgué.
Una hora después, mi casa parecía sala de juicio. Llegó Miriam con su laptop. Llegó la licenciada Rivas, mi abogada. Llegó mi mamá. Y llegó doña Carmen, furiosa, con Óscar detrás, pálido como papel.
“Ya basta de teatro”, dijo mi suegra. “Mi hijo trabaja en esa empresa. También es suya”.
La licenciada abrió la carpeta.
“No. Uniformes Aurora está registrada a nombre de Mariana Torres como propietaria y administradora única. Ricardo tenía permisos operativos limitados, no autorización para usar fondos personales ni emitir tarjetas a terceros”.
Óscar tragó saliva.
Miriam giró la pantalla.
“Aquí están doce transferencias a Pamela Ibarra. Aquí las facturas por supuestos proveedores. Y aquí el problema: no hay entrada de mercancía correspondiente en inventario”.
Doña Carmen apretó la bolsa.
“Seguro esa mujer lo engañó. Ricardo es demasiado noble”.
Solté una risa seca.
Miriam cambió la pantalla. Apareció una foto de Ricardo abrazando a Pamela en Andares. Luego la reservación a Cancún.
Mi hija Sofía estaba parada en el pasillo.
“¿Robar también es ser noble, abuela?”
Nadie respondió.
Mi hijo Diego salió detrás de ella.
“¿Mi papá le dio el dinero de mamá a otra señora?”
Doña Carmen intentó acercarse.
“No entiendes, mijo. Los adultos—”
Mi mamá la interrumpió.
“No. El niño entendió perfecto”.
El celular de Óscar sonó. Era Ricardo.
“Ponlo en altavoz”, dije.
La voz de Ricardo llenó la cocina:
“Mamá, dile a Mariana que desbloquee aunque sea una tarjeta. Pamela está haciendo un escándalo”.
Doña Carmen cerró los ojos.
“Hijo, estás en altavoz”.
Silencio.
“Mariana, no metas a mi familia en esto”.
“Tú los metiste cuando usaste el grupo para tapar una transferencia”.
“Fue un error”.
“¿Doce transferencias también fueron error?”
Pamela gritó desde el fondo:
“¡Dile que la voy a demandar!”
La licenciada Rivas se inclinó hacia el teléfono.
“Señor Mendoza, no haga amenazas. Ya se prepara una denuncia por administración fraudulenta y posible falsificación”.
Ricardo respiró fuerte.
“No pueden probar nada”.
Miriam, sin levantar la vista, dijo:
“Eso dicen todos antes de ver el Excel”.
Colgué.
Esa tarde fui al taller. Las máquinas cosían uniformes para un hospital. Teresa, la costurera más antigua, me dio una bolsa de plástico.
“Ya era hora, patrona”.
Dentro había recibos firmados por Ricardo: gasolina sin entregas, comidas carísimas, joyería y vales de caja chica.
“Yo no quería meterme en su matrimonio”, dijo. “Pero muchas familias comen de este taller”.
La abracé.
Mientras él me robaba, otras mujeres cuidaban lo que yo había construido.
El viernes, Ricardo apareció en el taller.
“Necesito hablar contigo en privado”.
Las máquinas se apagaron una por una.
“No tienes derecho a pedir privacidad”, le dije, “cuando usaste mi empresa como motel con factura”.
Él apretó los dientes.
“Pamela no significa nada”.
“Para no significar nada, salió carísima”.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
Pamela entró con lentes oscuros y el vestido azul.
Y gritó frente a todos:
“¡Ricardo me dijo que esta empresa era suya!”