PARTE 2
En la ambulancia, Mariana no soltó la mano de Noé ni cuando le pusieron oxígeno, ni cuando el niño vomitó sobre la cobija, ni cuando el paramédico le dijo que necesitaban canalizarlo de inmediato.
Ese vómito la hizo llorar.
No por asco.
Por alivio.
Porque significaba que su hijo seguía luchando.
En urgencias del Hospital General, los separaron. Mariana gritó. Suplicó. Intentó levantarse de la camilla, pero sus piernas no respondieron.
—¡Es mi hijo! —lloraba—. ¡No lo dejen solo!
Una doctora joven le tomó la cara con ambas manos.
—Señora, si quiere ayudarlo, déjenos trabajar.
Mariana cerró los ojos.
Horas después, la doctora regresó con el rostro serio.
—Encontramos un sedante fuerte en ambos organismos —dijo—. También rastros de un tranquilizante veterinario.
Mariana sintió que el pecho se le hundía.
—¿Veterinario?
—En un adulto puede causar pérdida de conciencia. En un niño puede detener la respiración.
—¿Noé va a vivir?
La doctora tardó demasiado en responder.
—Está reaccionando. Eso es buena señal.
Buena señal.
No garantía.
Mariana se aferró a esas 2 palabras hasta que amaneció.
A las 6 de la mañana llegó un hombre de la Fiscalía. Se presentó como el comandante Iván Ramírez. Traía ojeras, libreta vieja y una calma que no parecía indiferencia, sino oficio.
—Necesito que me cuente todo desde el principio.
Mariana habló.
El pollo.
El sabor extraño.
El mensaje.
La llamada de Alejandro.
La maleta.
Vanessa.
Los guantes.
El comandante escuchó sin interrumpir.
Cuando ella le mostró el mensaje anónimo, él se quedó mirando la pantalla.
—¿Sabe quién lo envió?
—No.
—Pero le salvó la vida.
Mariana asintió, llorando.
Ramírez guardó silencio unos segundos.
—Encontramos algo en el bote de basura de su cocina.
Ella levantó la mirada.
—Un frasco roto. Polvo blanco. Empaque rasgado. Guantes desechables. Y huellas frescas.
Mariana se cubrió la boca.
Alejandro no había regresado por preocupación.
Había regresado por la evidencia.
Esa tarde, cuando Noé ya estaba estable pero dormido, apareció Lucía, la hermana menor de Mariana. Entró corriendo al cuarto, la abrazó con cuidado y lloró sobre su hombro.
—Te dije que ese hombre me daba miedo —susurró.
Mariana no respondió. No tenía fuerzas para defender el pasado.
Más tarde, el comandante Ramírez volvió.
Esta vez no venía solo.
Detrás de él caminaba Doña Teresa, la vecina de enfrente. Una mujer de 58 años, viuda, seria, de esas que regaban sus macetas a las 7 y sabían todo lo que pasaba en la calle sin meterse con nadie.
Tenía los ojos rojos.
—Yo mandé el mensaje —dijo.
Mariana se quedó helada.
Doña Teresa explicó que esa noche había visto a Alejandro salir por la puerta lateral con una bolsita negra. No le pareció raro hasta que lo vio abrir el bote de basura de la cocina, tirar algo y marcharse en el coche.
Luego notó que las luces de la casa seguían encendidas.
Pero no había voces.
No había televisión.
No había pasos.
Solo silencio.
—Me acerqué a la ventana —dijo Doña Teresa—. Vi la mesa puesta, una silla tirada y un zapato suyo en el pasillo. Después miré el bote. Vi el frasco roto.
—¿Por qué no llamó usted a la policía? —preguntó Lucía.
Doña Teresa bajó la mirada.
—Porque no estaba segura. Y porque una siempre piensa que se puede estar equivocando.
Mariana le tomó las manos.
—No se equivocó.
La vecina rompió en llanto.
—Perdóneme por no haber cruzado antes.
Pero el verdadero golpe llegó al anochecer.
Ramírez regresó con una carpeta.
—Revisamos el celular de Vanessa.
Mariana sintió náusea.
—¿Qué encontraron?
El comandante dudó.
Luego leyó un mensaje.
Vanessa: ¿Y el niño también?
Alejandro: Sin cabos sueltos.
Mariana no gritó.
No lloró.
Solo miró hacia la cama donde Noé dormía con una máscara de oxígeno.
Y entendió que el hombre al que su hijo llamaba papá no había cometido un error.
Había hecho un plan.