PARTE 2
Óscar respondió a la 1:24 de la madrugada.
¿Esto es real?
Me quedé mirando la pantalla. Solo lo había visto dos veces, en festivales de Camila. Era cirujano pediatra en Monterrey, callado, siempre un paso detrás de Renata mientras ella actuaba como madre perfecta.
Sí, le escribí. Lo siento.
Su respuesta llegó de inmediato.
No lo sientas tú. Deberían sentirlo ellos.
No dormí. A las seis bajé a la cocina y preparé hot cakes con forma de muñeco de nieve. Camila llegó despeinada, en calcetas rosas, y me abrazó por la cintura.
—Mamá, ¿todavía vamos a hacer la casita de jengibre?
La palabra mamá casi me partió.
—Claro, mi amor. Con chimenea chueca y todo.
Veinte minutos después entró Alejandro, oliendo a loción cara y cobardía. Besó a Camila y me miró buscando lágrimas. No encontró ninguna.
—Hay que hablar del viaje —dijo.
—No mientras desayuna.
Camila levantó la vista.
—¿Qué viaje?
Alejandro se agachó junto a ella.
—Tu mamá Renata y yo pensamos que sería bonito pasar Navidad en Aspen. Nieve, esquí, una cabaña. Los tres.
La sonrisa de Camila se apagó.
—¿Y mi mamá Mariana?
El silencio contestó antes que él.
—Este viaje es más de familia biológica, princesa —dijo—. Mariana tiene trabajo.
Camila empezó a llorar.
—Pero ella prometió llevarme al Zócalo.
Me arrodillé frente a ella y tomé sus manos.
—Escúchame, mi niña. Ningún viaje, ningún apellido y ningún papel cambia lo que te amo.
—¿Estás enojada conmigo?
—Jamás.
Alejandro se incomodó, pero no se arrepintió. Los hombres como él quieren salidas limpias de decisiones sucias.
Al mediodía, en mi oficina de Reforma, llegó otro mensaje de Óscar.
La enfrenté. Negó todo hasta que vio los recibos. Dice que Alejandro le dijo que ustedes ya estaban separados. Encontré algo. Vuelo hoy a CDMX. Tenemos que hablar.
Esa noche nos vimos en un hotel cerca de Polanco. Óscar llegó con una carpeta.
—Renata no solo volvió con Alejandro —dijo—. Planeaba dejarme desde septiembre. Movió dinero de nuestra cuenta y le escribió a su hermana que Aspen sería una “prueba de familia”.
Abrió la carpeta. Eran WhatsApps entre Renata y Claudia.
Si Camila se adapta, Alex pide el divorcio después de Año Nuevo. Mariana no tiene ningún derecho. Va a llorar, pero se le pasa.
Patricia dice que podemos decir que Mariana siempre prefirió su carrera.
Alex cree que no va a pelear porque ama demasiado a la niña.
Sentí frío.
—Iban a sacarme de su vida —susurré.
—Y querían que pareciera culpa tuya —dijo Óscar.
Esa frase me despertó. Yo no era débil. Solo había sido leal con gente que confundió mi lealtad con permiso.
Al día siguiente llamé a una abogada. Le mandé correos de la escuela donde me decían “mamá de Camila”, recibos de terapias, vacunas, colegiaturas, ballet y mensajes de Alejandro pidiéndome que la recogiera mientras él estaba con Renata.
La abogada revisó todo y dijo:
—Será difícil. Pero usted no fue una niñera.
Esa tarde encontré un cargo que no recordaba: un anillo comprado en Masaryk, el mismo día que Alejandro me dijo que tenía junta en Querétaro.
Pero lo peor no fue el anillo.
Debajo había una reservación para una suite familiar en Aspen, a nombre de “Alejandro, Renata y Camila Herrera”.
Y junto a los nombres, escrito a mano, aparecía una frase que me dejó sin aire: “celebración de compromiso”.