PARTE 2
El comprador fue un empresario de Monterrey llamado Arturo Nader, dueño de una cadena de hospitales privados y obsesionado con tener una propiedad segura en la Ciudad de México. No quería esperar meses, no quería regatear, no quería aparecer en revistas. Quería llaves.
Javier hizo lo suyo con una precisión casi quirúrgica. El notario revisó la sociedad, los poderes, los estatutos, las actas. Todo estaba limpio. Mi tía Consuelo había sido demasiado inteligente: el penthouse pertenecía a una empresa, y yo podía vender mi participación sin pedirle permiso a un hombre que no figuraba en ningún lado.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas me moví como si estuviera desmantelando una vida ajena. Saqué mis documentos, mis joyas, fotos de mi mamá, una Virgen de Guadalupe pequeñita que mi abuela me regaló cuando me casé y dos vestidos que todavía me gustaban. Lo demás se quedó. Los sillones italianos, el comedor de nogal, los cuadros, la cava llena de vinos que Diego presumía frente a sus socios.
Que el nuevo dueño disfrutara todo.
Yo solo quería mi libertad.
El jueves, a mediodía, cayó el depósito. Millones de pesos convertidos en una tranquilidad que yo no había sentido en años. No era venganza, me repetí mientras veía la confirmación bancaria. Era justicia. Era recuperar lo que mi silencio le había permitido invadir.
Ese mismo día, le entregué a Javier las tarjetas de acceso, los controles del elevador privado y las llaves. Arturo Nader mandó a cambiar cerraduras, claves, cámaras y nombres en administración. También contrató seguridad privada para ocupar el piso mientras su familia se mudaba.
—¿Quiere dejar algún mensaje para el señor Salvatierra? —me preguntó Javier.
Miré las tres bolsas negras junto a la puerta.
—Sí. Que se las entreguen cuando vuelva.
Esa noche tomé un vuelo a Madrid. No por huir, sino porque por primera vez en seis años nadie me esperaba en casa para hacerme sentir pequeña. En el avión, apagué el celular, saqué la tarjeta SIM y la partí en dos. Dormí como una mujer que acababa de cerrar una puerta con llave desde adentro.
Diez días después, Diego regresó.
Entró al edificio bronceado, sonriente, con Renata colgada del brazo y dos maletas Louis Vuitton rodando detrás. La recepcionista bajó la mirada apenas lo vio. El guardia tragó saliva. Nadie dijo nada.
Diego pasó su tarjeta por el lector del elevador privado.
Bip. Acceso denegado.
La pasó otra vez.
Bip. Acceso denegado.
—Siempre falla esta porquería —murmuró, volteando a ver a Renata para que no notara su vergüenza.
El administrador se acercó.
—Señor Salvatierra, su acceso fue cancelado por instrucciones del nuevo propietario.
Diego soltó una carcajada.
—¿Nuevo propietario? Yo soy el propietario.
El administrador respiró hondo.
—No, señor. El penthouse cambió de control la semana pasada. Usted ya no está autorizado a subir.
Renata lo miró confundida.
Por primera vez, Diego no tuvo una respuesta lista.
Pero lo peor no fue quedarse en el lobby. Lo peor ocurrió cuando subió por el elevador de servicio, llegó al piso 38 y encontró a un guardia armado frente a la puerta que alguna vez creyó suya.
El hombre abrió apenas lo suficiente para dejar caer tres bolsas negras a sus pies.
—La señora Mariana dejó esto para usted.
Y cerró la puerta en su cara.