PARTE 2
El hombre se llamaba Raúl Santillán, aunque en ciertos círculos todos le decían Don Raúl.
No era un matón de esquina ni un delincuente ruidoso. Era un empresario de rostro serio, traje impecable y mirada de hielo. Compraba propiedades problemáticas, resolvía deudas imposibles y conocía a jueces, notarios y abogados que preferían contestarle el teléfono a la primera llamada.
Nos vimos en un restaurante privado de Polanco, de esos donde nadie pregunta nada y todos bajan la voz cuando alguien importante entra.
—Su tío me salvó de un problema hace muchos años —dijo, dejando una carpeta sobre la mesa—. Por eso vine.
Le expliqué todo. La presión, la amenaza, el contrato falso, la humillación de tener que entregar la casa de mis padres a una mujer que nunca había trabajado más de tres meses seguidos.
Don Raúl no me interrumpió. Solo escuchó.
—La casa vale más de veinte millones —dijo al final—. Yo puedo darle ocho hoy mismo. La operación queda limpia ante notario. Usted se va. Yo tomo posesión.
—No quiero pelear por cada peso —contesté—. Quiero paz.
Él entrecerró los ojos.
—La paz casi siempre cuesta.
—Entonces que cueste.
Firmamos al día siguiente. Todo fue legal. La casa dejó de ser mía antes de que Alejandro siquiera imaginara que yo había dejado de ser su víctima.
Durante esa semana fingí obediencia. Empaqué fotos, joyas de mi mamá, los libros de mi papá y dos maletas. Alejandro caminaba por la casa como rey conquistador.
—Paola quiere tirar esa fuente —me dijo una mañana—. Dice que se ve anticuada.
Yo asentí.
—Que haga lo que quiera.
Él sonrió, convencido de que me había quebrado.
Doña Carmen llegó varias veces con amigas. Les enseñaba la sala, el jardín, la cocina.
—Mi hijo logró un súper trato —presumía—. Hay mujeres que necesitan que un hombre les ponga orden.
Paola llevó muestras de pintura. Quería pintar de dorado la recámara de mis padres. Cuando la escuché decirlo, casi se me doblaron las piernas, pero me sostuve.
El jueves por la noche, mientras Alejandro dormía, dejé mi anillo de matrimonio sobre su buró. Encima puse una copia simple de la nueva escritura.
Propietario: Grupo Santillán Inmobiliario.
Luego salí por la puerta trasera. En el patio toqué la fuente por última vez.
—Perdónenme —le susurré a mis padres—. Pero no iba a dejar que me destruyeran aquí.
Me fui a Querétaro, a un hotel pequeño donde nadie sabía mi nombre. Desde mi computadora abrí las cámaras discretas que había instalado en la casa. No para espiar por morbo. Necesitaba ver el final de la mentira.
El viernes a mediodía, Alejandro llegó con Doña Carmen y Paola. Entraron riéndose. Paola llevaba una botella de champaña barata y un juego de copas.
—¡Mariana! —gritó Alejandro—. Espero que ya tengas tus cajas listas.
Caminaron hasta la sala.
Y se quedaron congelados.
En el sillón de piel que había sido de mi papá estaba sentado Don Raúl Santillán, con una taza de café en la mano y dos hombres enormes detrás de él.
Doña Carmen fue la primera en hablar.
—¿Y usted quién demonios es? ¡Lárguese de la casa de mi hija!
Don Raúl levantó la vista despacio.
—¿Su hija?
Alejandro palideció.
Sobre la mesa, frente a ellos, estaba la escritura original.
—Esta casa es mía —dijo Don Raúl—. Y ustedes acaban de entrar sin permiso.
Paola soltó la botella. El vidrio estalló contra el piso.
Entonces Don Raúl sonrió apenas.
—Siéntense. Creo que tenemos mucho que aclarar antes de que llamen a la policía.
Y justo cuando Alejandro intentó correr hacia la puerta, uno de los hombres giró la llave desde adentro.