PARTE 2
Al principio, Alejandro pensó que todavía tenía el control.
Miró su celular con fastidio, como si una llamada pudiera ser más molesta que ver a su esposa sangrando en el piso.
“Ahora no”, murmuró.
Colgó.
El teléfono volvió a sonar.
Luego sonó el de Renata.
Después, el teléfono fijo de la casa.
Y antes de que Alejandro pudiera decir otra palabra, la puerta principal se abrió de golpe. Entró su asistente, Martín, con el rostro blanco como papel y el saco empapado por la lluvia de esa noche.
“Licenciado Rivas”, dijo, casi sin aire. “Tenemos una emergencia.”
Alejandro apretó la mandíbula.
“¿Qué demonios pasa?”
Martín me miró tirada en el piso, vio la sangre, vio el fuete en la mano de Alejandro y bajó la mirada con miedo.
“El fideicomiso de inversión acaba de congelarse. Bancomex pidió revisión urgente de todas las cuentas de Grupo Rivas. La fusión con Desarrollos del Norte se suspendió. La junta directiva quiere una llamada inmediata.”
Alejandro se quedó inmóvil.
“Eso es imposible.”
Desde mi celular, la voz de mi padre sonó tranquila.
“Valeria, no te muevas. Seguridad ya está afuera de la casa.”
Renata retrocedió.
“¿Qué está pasando?”
Yo sostuve el teléfono contra mi pecho.
“Gracias, papá.”
Alejandro me miró como si por primera vez yo no fuera invisible.
“¿Quién es tu padre?”
Me apoyé en una mesa lateral para levantarme. Cada movimiento me quemaba la espalda, pero no iba a seguir de rodillas frente a ellos.
“El hombre que me advirtió que no me casara contigo.”
Martín tragó saliva.
“Señor… hay más. Grupo Álvarez retiró la garantía de crédito.”
A Alejandro se le fue el color del rostro.
Grupo Álvarez era el cimiento oculto de todo lo que él presumía. Sus torres en Monterrey, sus residenciales en Querétaro, sus campañas políticas, sus cenas con gobernadores, sus aviones privados rentados para aparentar más de lo que tenía.
Sin esa garantía, su imperio no duraría ni una semana.
Renata frunció el ceño.
“¿Álvarez? ¿Qué tiene que ver ella con Grupo Álvarez?”
La miré.
“Mi nombre no es Valeria Montes.”
Alejandro dejó de respirar por un segundo.
“Me llamo Valeria Álvarez Castillo.”
Martín cerró los ojos.
Renata susurró:
“No…”
“Sí”, respondí. “Soy hija de Ernesto Álvarez.”
El silencio cayó como una sentencia.
Alejandro dio un paso atrás, como si el suelo se hubiera abierto debajo de sus zapatos italianos.
“Tú dijiste que no querías involucrar a tu familia.”
“No quería”, dije. “Quería saber si me amabas cuando creías que no tenía nada.”
Sus ojos temblaron.
Ahí estaba la respuesta.
Fea.
Tarde.
Definitiva.
Renata reaccionó primero.
“Está mintiendo. Si fuera hija de Ernesto Álvarez, lo habría usado desde el principio.”
“No necesitaba usarlo”, dije. “Yo era la razón por la que Alejandro entraba a lugares donde antes ni le permitían estacionarse.”
Alejandro se acercó con furia.
“¿Todo fue una trampa?”
“No”, respondí. “La trampa la construiste tú. Yo solo dejé que mostraras quién eras.”
Las puertas volvieron a abrirse.
Entraron cuatro hombres de seguridad privada, seguidos por una mujer de traje azul marino, cabello recogido y una tablet en la mano.
“Soy Mariana Robles, directora jurídica de Grupo Álvarez”, dijo. “Señora Rivas, su padre autorizó protección inmediata y acciones legales.”
Renata se escondió detrás de Alejandro.
“Esto es una locura.”
Mariana miró a Alejandro con frialdad.
“Licenciado Rivas, todas las inversiones conectadas a Grupo Álvarez quedan canceladas por causa justificada. También tenemos evidencia de desvío de recursos, facturas falsas, garantías alteradas y uso indebido de bienes conyugales.”
Alejandro abrió la boca, pero no salió nada.
Yo miré el fuete en su mano.
“Y agresión”, dije.
En ese instante, se escucharon patrullas detrás del portón.
Renata quiso correr hacia la puerta lateral, pero Mariana habló sin levantar la voz:
“Señorita Salgado, yo no me iría. También encontramos depósitos de Grupo Rivas a su boutique en Masaryk.”
Renata se congeló.
Y entonces Alejandro entendió que no solo había perdido a su esposa.
Había perdido todo.