Mi esposo ignoró 18 llamadas mientras nuestro hijo de 5 años moría preguntando por él… hasta que un mensaje en su celular reveló dónde estaba realmente.

Valeria no pudo gritar. El dolor se le atoró en la garganta como una piedra.

Ernesto tomó el celular de sus manos y amplió la foto. Sus ojos se detuvieron en el frasco del medicamento de Mateo. Después miró hacia el elevador, como si pudiera atravesar las paredes y arrancarle la verdad a Alejandro con solo pensarlo.

—¿Tú recogiste ese medicamento? —preguntó.

Valeria negó con la cabeza.

—No. Yo fui a la farmacia el martes, pero me dijeron que alguien ya lo había retirado con autorización familiar.

—¿Quién?

—Pensé que Alejandro.

Ernesto llamó a su jefe de seguridad.

—Quiero cámaras del Hotel Gran Reforma, registros de farmacia, quién pagó la suite y todos los movimientos de Alejandro en las últimas 48 horas.

—Papá… —Valeria apenas podía sostenerse—. Mateo está muerto.

La voz de Ernesto se quebró por primera vez.

—Y por eso nadie va a esconderse.

A las 6:10 de la mañana, Alejandro volvió al hospital acompañado por 2 policías. No estaba detenido todavía, pero lo habían localizado afuera del hotel, llorando dentro de su camioneta.

Cuando vio a Valeria, dio un paso hacia ella.

—Yo no tomé el medicamento de Mateo.

—Entonces explícame por qué estaba en la habitación con tu amante.

Alejandro miró la foto y se quedó helado.

—Eso no estaba ahí cuando yo llegué.

Ernesto soltó una risa seca.

—Qué conveniente.

—Me acosté con Renata, sí —admitió Alejandro, con la voz rota—. Fui un cobarde, un miserable, lo que quieran. Pero jamás tocaría los medicamentos de mi hijo.

—No digas “mi hijo” —susurró Valeria.

Alejandro agachó la cabeza.

En ese momento llegó el investigador de Ernesto, un exfiscal llamado Julián Robles. Traía una carpeta y el rostro grave.

—La suite no fue pagada por Alejandro.

Ernesto frunció el ceño.

—¿Entonces?

—La reservó Renata Salcedo.

—Eso ya lo sabíamos —dijo Valeria.

Julián negó.

—Renata Salcedo no era su nombre real. Su nombre completo es Renata Luján Salcedo.

Ernesto se quedó inmóvil.

Valeria notó que su padre había perdido el color.

—¿La conoces?

Julián respondió antes que él.

—Es hermana menor de Mariela Luján.

El nombre cayó como una sombra vieja.

Valeria lo había escuchado una sola vez, muchos años atrás. Mariela Luján había trabajado en Grupo Montes como directora financiera. Fue acusada de desviar millones, falsificar contratos y vender información a una empresa rival. Ernesto la denunció, ella perdió todo y su padre murió poco después de un infarto.

—Mariela juró vengarse de mi familia —dijo Ernesto.

Valeria lo miró con horror.

—¿Y nunca pensaste que debía saberlo?

—Creí que se había ido del país.

Julián dejó otra hoja sobre la mesa.

—No se fue. Cambió de nombre. Y hace 3 meses empezó como voluntaria en este hospital.

Valeria sintió que el piso se movía.

Una imagen regresó a su mente: una mujer de cabello cobrizo entrando a la habitación de Mateo con una sonrisa dulce y un peluche de dinosaurio.

“Para que sea valiente”, había dicho.

Valeria corrió a la habitación 312.

El dinosaurio seguía ahí, junto a la almohada de Mateo.

—No lo toquen —ordenó Julián.

Una detective de la Fiscalía, Teresa Aguilar, llegó minutos después con guantes y una bolsa de evidencia. Levantó el peluche con cuidado.

—Lo analizaremos.

Alejandro se apoyó contra la pared.

—Dios mío…

Valeria giró hacia él.

—Tu infidelidad metió a esa mujer en nuestra vida.

—Lo sé —dijo él llorando—. Pero alguien la ayudó. Ella sabía demasiadas cosas: horarios, medicamentos, la crisis de Mateo, tu rutina.

Ernesto endureció la mandíbula.

—¿Qué estás insinuando?

Alejandro levantó la mirada.

—Que alguien de la familia le dio información.

Antes de que nadie respondiera, el celular de Valeria vibró otra vez.

Número desconocido.

“Renata ya no puede hablar. Pero Mariela sí.”

Debajo venía un audio.

Valeria presionó reproducir.

Primero se escuchó la voz de Renata, temblorosa:

—Mariela, esto se salió de control. El niño está muy mal.

Luego otra voz, más fría:

—No era cualquier niño. Era el nieto de Ernesto Montes.

—Solo querías asustarlos.

—Quería que Ernesto supiera lo que se siente perder sangre.

Valeria dejó caer el celular.

La detective Aguilar miró a todos.

—Esto ya no es negligencia. Es homicidio.

Entonces Julián recibió una llamada. Escuchó en silencio, palideció y miró a Ernesto.

—Encontraron a Renata.

—¿Dónde? —preguntó Alejandro.

Julián tragó saliva.

—Muerta. En una escalera de servicio del hotel.

Alejandro se llevó las manos al rostro.

Valeria no sintió compasión. Sintió terror.

Porque si Renata estaba muerta, alguien más seguía enviando mensajes.

Y esa persona sabía exactamente dónde estaban.

PARTE 3