Entonces lo único que sentí fue rabia.
No llamé a Ricardo.
No le envié ningún mensaje.
Simplemente reenvié el resultado.
Llegó menos de una hora después.
Tenía la barba larga, la camisa arrugada y los ojos hinchados. Estaba parado frente a la casa de Daniela, con la expresión de alguien que de repente se da cuenta de que ha tirado algo valioso.
“Mariana, perdóname. Soy un idiota.”
"Sí."
“Leí el test cinco veces. Mateo es mío. Me equivoqué. Dejé que el miedo y la ira me controlaran.”
“Eso no era miedo, Ricardo. Era desprecio.”
Bajó la mirada.
“Por favor, déjenme verlo. Déjenme abrazar a mi hijo.”
Apreté mis brazos alrededor de Mateo.
“Responde primero a una pregunta.”
"Cualquier cosa."
“Si Mateo es tu hijo, ¿por qué tiene la misma mancha de nacimiento que Javier?”
Ricardo abrió la boca.
No salió nada.
Por primera vez, vi cómo su seguridad se transformaba en miedo.
“Llama a Javier.”
"¿Qué?"
“Llámenlo ahora.”
Ricardo marcó.
Javier contestó al tercer timbrazo.
Ricardo tragó saliva.
“La marca en tu espalda. ¿De dónde te la sacaste?”
Hubo un largo silencio.
Entonces Javier hizo una pregunta que hizo que la habitación se sintiera repentinamente más fría.
“¿Mateo tiene la misma marca?”
Ricardo me miró.
"Sí."
Javier respiró hondo.
“Entonces ya no puedo guardar este secreto. Vengan a mi casa. Los dos. Hay algo que tu padre se llevó a la tumba, Ricardo. Algo que debí haberte contado hace años.”
El trayecto hasta la casa de Javier duró solo veinte minutos, pero pareció mucho más largo.
Ricardo apenas habló.
Me senté atrás, al lado de Mateo, mientras las preguntas llenaban mi cabeza.
¿Cómo podría una marca de nacimiento conectar a mi hijo recién nacido con el mejor amigo de mi marido?
Javier nos estaba esperando en la puerta cuando llegamos.
Tenía los ojos rojos y sostenía una carpeta marrón desgastada.
Nos sentamos alrededor de su mesa del comedor.
Colocó la carpeta entre nosotros.
—Necesito que entiendas algo —le dijo a Ricardo—. No me quedé callado porque disfrutara mintiéndote.
“Solo dímelo.”
Javier abrió la carpeta.
En el interior había documentos antiguos, una fotografía descolorida y una copia de un certificado de nacimiento.
La fotografía mostraba al difunto padre de Ricardo, Don Ernesto, décadas más joven, de pie junto a una mujer que sostenía un bebé.
Ricardo lo miró fijamente.
“¿Quién es esa mujer?”
—Mi madre —respondió Javier.
Ricardo soltó una risa nerviosa.
“¿Por qué mi padre se estaría tomando fotos con tu madre?”
Javier apretó la mandíbula.
“Porque él también era mi padre.”
Ricardo saltó de su silla.
“Eso es imposible.”
Javier no discutió.
En lugar de eso, empujó los documentos por encima de la mesa.