PARTE 2
La imagen de Julián llenó la pantalla frente al altar.
No era un video de despedida común. No había música triste ni fotografías familiares. Julián aparecía sentado en su despacho, con la misma camisa azul que había usado dos días antes de morir. Tenía el rostro cansado, los ojos hundidos, pero la mirada firme.
—Si están viendo esto —dijo—, es porque no llegué vivo a mi funeral.
Un silencio pesado cayó sobre la iglesia.
Yo me llevé una mano a la boca. Sentirlo tan cerca y tan lejos al mismo tiempo me partió el pecho.
Julián respiró profundo en la grabación.
—Primero, quiero hablarle a mi esposa, Mariana. Mi amor, perdóname por no contarte todo. No quería asustarte. Pero desde hace semanas sabía que algo estaba mal.
Doña Teresa apretó los labios. Fernanda dejó de sonreír.
—Nuestro hijo sí es mío —continuó Julián—. Tengo tres pruebas de paternidad realizadas en laboratorios distintos, con custodia legal, firmadas ante notario.
En la pantalla aparecieron documentos con sellos, fechas y firmas.
El supuesto examen que mi suegra había tirado sobre el ataúd quedó expuesto como lo que era: una mentira.
La gente empezó a murmurar con indignación.
Doña Teresa levantó la voz.
—¡Eso puede falsificarse! ¡Es una manipulación!
Arturo no se movió.
—El video sigue.
Julián miró directo a la cámara.
—A mi hijo le dejo mi apellido, mi patrimonio y cada acción que construí con mi trabajo. Todo está en un fideicomiso irrevocable a nombre de Mariana y del bebé. Nadie puede tocarlo. Ni mi madre. Ni mi hermana. Ni ningún socio comprado.
Fernanda soltó mi anillo como si le quemara la mano. La joya cayó al suelo con un sonido pequeño, pero en aquella iglesia pareció un trueno.
Yo no pude agacharme. Las piernas no me respondían.
Entonces Julián dijo algo que cambió el aire.
—Pero el dinero no es la razón principal de este video.
La pantalla cambió. Aparecieron transferencias bancarias, mensajes impresos, fotografías de reuniones en un casino privado de Monterrey y contratos con firmas falsas.
—Madre, Fernanda… durante dos años desviaron dinero de la fundación que creé para niños con cáncer. Treinta y ocho millones de pesos usados para pagar deudas de apuestas, viajes, joyas y favores políticos.
La iglesia explotó en murmullos. Una señora se persignó. Un empresario sacó el celular. Alguien dijo “qué vergüenza” en voz alta.
Doña Teresa dio un paso atrás.
—¡Mentira! ¡Mi hijo estaba enfermo de la cabeza!
Julián siguió hablando, implacable.
—No, mamá. El enfermo no era yo. Yo solo aprendí demasiado tarde hasta dónde eras capaz de llegar.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Arturo hizo una señal. Uno de los hombres que lo acompañaban cerró las puertas de la iglesia desde dentro.
Doña Teresa lo notó.
—¿Por qué cierran? ¿Qué significa esto?
Nadie respondió.
La pantalla mostró ahora una grabación nocturna. Era el garaje de nuestra casa en Las Lomas. La fecha estaba marcada en la esquina: tres días antes del accidente.
La imagen era en blanco y negro, pero se veía claramente a una mujer entrando con abrigo oscuro, guantes y un bolso grande. Caminaba directo al coche de Julián.
Mi corazón empezó a golpearme las costillas.
La mujer se agachó junto al vehículo.
Fernanda comenzó a llorar en silencio.
—No… —susurró.
Doña Teresa giró hacia ella con furia.
—¡Cállate!
Pero ya era tarde.
En la pantalla, la mujer levantó el rostro hacia una cámara que no sabía que existía.
Era doña Teresa.
Julián volvió a aparecer.
—Mandé revisar mi coche porque encontré líquido bajo el pedal del freno. Pensé que era una falla. Luego descubrí que alguien había manipulado el sistema. Esa noche instalé cámaras adicionales.
Yo sentí que el mundo se abría bajo mis pies.
Mi esposo no había muerto en un accidente.
Julián tragó saliva en la grabación.
—Si morí, no fue por la carretera. Fue porque alguien decidió que mi vida valía menos que una herencia.
Doña Teresa soltó un grito.
—¡Apaguen eso!
Pero Arturo levantó la mano y habló por primera vez con verdadera dureza.
—Todavía falta la última parte.
La pantalla volvió a iluminarse, y Julián pronunció una frase que hizo que hasta el padre bajara la mirada.
—Y ahora todos van a escuchar la llamada donde mi propia madre ordenó mi muerte.