PARTE 2
—¡Llegaron temprano! —gritó Rodrigo, bajando los escalones casi corriendo.
Se alisó el saco, se peinó con los dedos y me lanzó una mirada de desprecio.
—Tú, escóndete con la niña. No quiero que te vean así.
Intenté levantarme, pero el cuerpo no me respondió. Me quedé de rodillas sobre el charco, abrazando a mi bebé, mientras doña Teresa recogía la cubeta como si lo único vergonzoso fuera el desorden.
Rodrigo abrió la puerta principal con su mejor sonrisa de empresario exitoso.
Pero no entraron inversionistas.
Entraron hombres de traje oscuro, serios, silenciosos, con el tipo de mirada que no pide permiso. Dos se quedaron en la entrada. Otros revisaron la sala, el comedor, los pasillos. Rodrigo perdió la sonrisa.
—Disculpen… ¿vienen de parte del fondo de inversión?
Nadie contestó.
Entonces apareció él.
Un hombre de unos sesenta años, alto, elegante, con el cabello plateado y el rostro endurecido por años de dolor. Traía un abrigo oscuro y caminaba con una autoridad que hizo que hasta doña Teresa bajara la vista. Sus ojos recorrieron la casa sin interés, hasta que escuchó el llanto de mi hija.
Se giró hacia mí.
Yo esperaba asco. Vergüenza. Tal vez una orden para que me sacaran de ahí.
Pero aquel hombre caminó directo al charco de agua sucia, sin importarle sus zapatos caros. Se arrodilló frente a mí. Me miró como si hubiera visto un fantasma.
Su mano tembló al apartarme un mechón de cabello pegado a la cara.
—Evangelina… —susurró—. Dios mío. Mi niña.
Ese nombre me golpeó como una campana vieja dentro del pecho.
Evangelina.
Lo había escuchado en sueños, en una voz femenina que cantaba bajito. Lo había visto escrito en una pulsera infantil que perdí cuando era niña. Pero en la casa hogar me dijeron que esos recuerdos no servían de nada. Que yo era Valeria porque así aparecía en los papeles.
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
—Señor, creo que hay un error. Ella es Valeria, mi esposa. Es huérfana. Está alterada por el parto.
El hombre no lo miró.
—Cállese.
Fue una palabra baja, pero cayó como un golpe.
Uno de los hombres de seguridad se interpuso entre Rodrigo y nosotros. Doña Teresa retrocedió.
—No sabíamos quién era —balbuceó ella—. Nosotros la recibimos en esta familia…
El hombre se puso de pie despacio. En sus ojos ya no había lágrimas. Había furia.
—Mi nombre es Alejandro Vargas —dijo—. Llevo veinticuatro años buscando a mi hija.
Rodrigo se quedó blanco.
Todos en México conocían ese apellido. Vargas era dueño de hospitales, constructoras, hoteles, medios de comunicación. Un imperio.
Alejandro explicó, sin dejar de mirarme, que mi madre había muerto en un accidente en Puebla cuando yo tenía cuatro años. Él sobrevivió, pero estuvo meses en coma. En el caos del hospital, una niña fue registrada sin identificación y enviada al sistema de asistencia. Cuando despertó, yo ya había desaparecido entre expedientes perdidos, traslados y nombres cambiados.
—Y hoy —dijo, volteando hacia Rodrigo— por fin la encontré.
Rodrigo intentó recomponerse.
—Don Alejandro, con todo respeto, podemos hablar. Usted iba a invertir en mi empresa. Hay contratos, reuniones, una cena…
Alejandro sonrió apenas.
—No hay cena. No hay inversión. Yo inventé a esos socios para acercarme a esta casa.
Rodrigo parpadeó.
—¿Qué?
—Compré tu empresa esta mañana. Congelé tus líneas de crédito al mediodía. Hace una hora adquirí la deuda de esta propiedad. Esta casa ya no es tuya.
Doña Teresa se llevó una mano al pecho.
Yo, en cambio, no podía respirar. No por miedo. Por la certeza brutal de que mi vida acababa de partirse en dos.
Alejandro chasqueó los dedos. Entró un equipo médico con una camilla térmica. Una doctora se agachó junto a mí, revisó mis heridas y murmuró algo sobre infección, presión baja, riesgo grave.
Rodrigo quiso acercarse.
—Valeria, amor, dile que esto es una exageración…
Alejandro se interpuso.
—Su nombre es Evangelina Vargas. Y si vuelve a llamarla amor, será lo último que diga dentro de esta casa.
Me subieron a la camilla con mi hija en brazos. Antes de salir, vi a doña Teresa llorando sobre su alfombra manchada y a Rodrigo temblando como un niño sin juguetes.
Pero la verdad completa aún no había salido.
Y cuando Alejandro abrió la carpeta negra que traía su abogado, entendí que la parte más terrible apenas iba a comenzar…