PARTE 2
Esa noche Alejandro me mandó treinta y siete mensajes.
“Mariana, no tomes decisiones enojada.”
“Los niños no tienen la culpa.”
“Paola no tiene dónde quedarse.”
“Esto se puede hablar como adultos.”
“Estás haciendo todo más grande de lo que es.”
Leí cada mensaje desde el cuarto de un hotel en la colonia Roma, con la laptop abierta, el cabello mojado y el corazón helado.
No contesté ninguno.
Porque Alejandro todavía pensaba que aquello era una discusión matrimonial.
No lo era.
Era una auditoría.
Yo trabajaba en gestión de riesgos para una empresa financiera en Reforma. Mi trabajo era encontrar lo que otros querían esconder: movimientos raros, fechas que no cuadraban, firmas dudosas, gastos pequeños que revelaban fraudes grandes.
Y Alejandro había sido descuidado.
Muy descuidado.
Durante meses había notado cosas.
Un cargo en una farmacia de Polanco cuando él decía estar en Querétaro.
Transferencias pequeñas a una cuenta que no conocía.
Pagos de renta en una zona donde ninguno de los dos tenía familia.
Facturas de pañales, cuna, pediatra.
Reservas de hotel.
Comidas.
Regalos.
Yo me había dicho que no debía ser paranoica.
Que tal vez eran gastos del trabajo.
Que tal vez era una confusión.
Pero no era paranoia.
Era mi instinto llegando antes que la verdad.
A las seis de la mañana ya tenía una carpeta completa.
Capturas.
Estados de cuenta.
Correos reenviados.
Contratos.
Y algo peor.
Una copia de un documento donde Alejandro intentaba usar mi firma para autorizar un crédito hipotecario sobre una propiedad familiar en Puebla.
Mi propiedad.
Ahí dejé de sentir dolor.
Y empecé a sentir claridad.
A las diez, Alejandro llegó al despacho del abogado de mi familia en Polanco.
Entró tarde, con lentes oscuros y camisa cara, todavía jugando al hombre que controla la sala.
Me vio sentada frente a una mesa larga.
A mi lado estaba el licenciado Barragán.
Frente a mí, tres carpetas.
Alejandro se quitó los lentes despacio.
—¿Un abogado, Mariana? ¿De verdad?
Yo no me moví.
—Tú no necesitabas meter a tu amante y a sus hijos en mi casa. Y aun así lo hiciste.
Su mandíbula se tensó.
—No hables así de Paola.
El licenciado Barragán acomodó sus papeles.
—Señor Fuentes, vamos a proceder con la separación de bienes, la solicitud de desalojo y la revisión de posibles documentos falsificados.
Alejandro soltó una risa corta.
—Esto es ridículo.
Le empujé la primera carpeta.
—Léela.
Al principio la abrió con arrogancia.
Luego pasó una página.
Después otra.
Y otra.
El color se le fue de la cara.
—¿De dónde sacaste esto?
—De donde tú creíste que nadie miraba.
Le di la segunda carpeta.
Ahí estaban los pagos a Paola.
La renta del departamento en Narvarte.
Los gastos médicos.
Las fechas.
Todo.
Paola no había llegado a mi casa porque “no tenía dónde ir”.
Alejandro había dejado de pagarle la renta tres meses atrás.
No porque no pudiera.
Sino porque pensó que traerla a mi casa era más conveniente.
Como si yo fuera a llorar, aceptar, adaptarme y terminar cocinando para todos.
Entonces el licenciado sacó el tercer sobre.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Qué es eso?
Yo respondí:
—La notificación que ya recibió tu empresa.
Alejandro levantó la vista.
—¿Qué hiciste?
—Mandé la verdad.
La empresa donde él trabajaba manejaba inversiones privadas. Su reputación dependía de confianza, discreción y documentos limpios.
Y Alejandro había usado correos corporativos, tarjetas corporativas y hasta contactos de clientes para sostener su doble vida.
Su teléfono vibró.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
No tuvo que contestar para saberlo.
El castillo ya estaba cayendo.
—Mariana —dijo más bajo—, estás destruyendo mi vida.
Lo miré sin odio.
Eso fue lo que más le dolió.
—No, Alejandro. Yo solo dejé de protegerla.
Afuera, la Ciudad de México seguía rugiendo como cualquier día. Cláxones, vendedores, gente apurada, vidas enteras pasando sin saber que en ese despacho un hombre acababa de perder el control que creyó tener durante años.
Entonces mi celular sonó.
Era Paola.
No contesté.
Volvió a sonar.
Y luego entró un mensaje:
“Mariana, necesito verte. Hay algo de los bebés que Alejandro no te dijo.”
Levanté la mirada.
Alejandro vio mi expresión y entendió que algo más estaba a punto de salir.
Y esta vez, ni él sabía si podría detenerlo.