PARTE 2: LA RADIOGRAFÍA
El doctor Herrera miró la imagen en silencio.
El consultorio se volvió tan callado que se escuchaba el zumbido de la lámpara. Sofía tenía los ojos fijos en sus tenis. Alejandro, en cambio, no dejaba de mirar al doctor.
Como vigilándolo.
Como esperando que no dijera algo.
El doctor señaló una parte de la radiografía.
“Aquí está.”
Me acerqué.
“¿Qué es?”
“Una fractura en la raíz.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
“¿Una caries?”
“No”, respondió él. “Esto no es por caries.”
Alejandro se adelantó.
“Seguro mordió algo duro. Una paleta, un huesito, cualquier cosa.”
El doctor no le contestó de inmediato.
“Este tipo de fractura suele aparecer por un golpe o presión fuerte.”
La palabra golpe se quedó flotando en el aire.
Volteé a ver a Sofía.
“Mi amor, ¿te caíste?”
No respondió.
“¿Te pegaron jugando en la escuela?”
Nada.
Entonces volvió a mirar a Alejandro.
La misma mirada.
Rápida.
Asustada.
Como si necesitara permiso para respirar.
Alejandro habló por ella.
“Ya le dije, doctora… doctor. Los niños se lastiman. Sofía es bien distraída.”
“Yo no le pregunté a usted”, dijo el doctor.
Fue una frase sencilla, pero el ambiente se partió en dos.
Alejandro apretó la mandíbula.
“¿Perdón?”
El doctor se inclinó hacia Sofía, con una voz muy suave.
“Sofi, aquí nadie te va a regañar. Solo queremos ayudarte.”
Los ojos de mi hija se llenaron de lágrimas.
No lloró fuerte.
Eso fue lo peor.
Las lágrimas le bajaban en silencio, mientras ella seguía quieta, como si ya hubiera aprendido que llorar demasiado traía consecuencias.
Y entonces recordé.
Recordé sus puertas cerradas.
Sus pesadillas.
La forma en que se quedaba paralizada cuando Alejandro llegaba antes de lo esperado.
Recordé que ya no quería quedarse sola con él.
Recordé que un día me preguntó si las cámaras del Oxxo también grababan dentro de las casas.
Yo lo había explicado todo con excusas.
“Está creciendo.”
“Está sensible.”
“Extraña a sus abuelos.”
“Se está volviendo berrinchuda.”
Qué fácil es mentirse cuando la verdad duele demasiado.
El doctor imprimió la radiografía y unas indicaciones.
“Señora Mariana, necesito explicarle el tratamiento y darle unos documentos en recepción.”
Me levanté.
Alejandro también.
“Yo voy”, dijo.
“No”, respondió el doctor demasiado rápido.
Todos lo notamos.
“Prefiero hablarlo directamente con la mamá.”
El rostro de Alejandro cambió. Solo un segundo, pero lo vi.
Rabia.
No preocupación.
Rabia.
Mientras yo tomaba mi bolsa, el doctor se acercó para entregarme los papeles. Su mano rozó mi chamarra.
Sentí algo deslizarse dentro de mi bolsillo.
Un papel doblado.
Alcé la mirada.
Él no dijo nada.
Solo me miró con una seriedad que me heló la sangre.
Salimos de la clínica. Alejandro iba callado. Sofía caminaba entre nosotros como si cada paso le costara.
Dentro de mi bolsillo, el papel parecía quemarme la piel.
Y yo ya sabía que, cuando lo abriera, nada volvería a ser igual.
Pero no imaginaba que esas palabras me llevarían directo a la policía.