Desde el principio, todo le había parecido extraño. Pero lo que descubrió fue aterrador.
Uno de los documentos reveló que el “tratamiento” estaba financiado por compañías farmacéuticas. Julia no tenía ni idea de que Luna participaba en un ensayo clínico experimental. Y Richard tampoco.
Muchos medicamentos llevaban frases como "Uso restringido" o "Solo para ensayos clínicos". Algunos ni siquiera habían sido aprobados oficialmente.
Esa noche, Julia investigó cada uno de los nombres.
Lo que descubrió fue peor de lo que había imaginado.
Uno de los fármacos solo estaba autorizado para adultos con enfermedades terminales. Otro había sido retirado del mercado en varios países tras causar graves daños orgánicos. Y otro más era completamente experimental.
Una frase aparecía repetidamente en los informes médicos:
"Solo debe utilizarse cuando no existan otras alternativas."
Julia sentía que todo empezaba a tener sentido.
Luna sí que tenía opciones.
Ella siempre había sido así.
Y esos medicamentos explicaban el vacío en sus ojos, su desapego, su estado casi ausente.
No fue solo la enfermedad.
Fue la medicación.
Julia no durmió esa noche. Pensaba en cada enfermera, en cada orden tácita y en cada mirada inquieta. Y en cada documento aparecía el mismo nombre: el doctor Morrow.
Cuando Richard finalmente revisó los archivos, comprendió la terrible verdad.
A Luna la habían declarado con una enfermedad terminal demasiado pronto. Ese diagnóstico les cerró todas las puertas y les permitió justificar cualquier tratamiento como "la última esperanza".
Los resultados médicos confirmaron la pesadilla: las dosis no estaban diseñadas para curarla... sino para mantenerla en un estado de deterioro constante.
Luna no se estaba muriendo sola.
Lo estaban debilitando artificialmente.
—Entonces... ¿ella nunca estuvo realmente más allá de la salvación? —preguntó Richard con la voz quebrándose.
La respuesta fue fría y devastadora:
"No. Ella nunca murió como le hicieron creer."
Alguien trató a Luna como si fuera un experimento. Como si fuera una estadística más.
Y casi se salen con la suya.
Lo peor fue descubrir lo fácil que era convencer a todo el mundo de que no hicieran preguntas.
Ese silencio… esa confianza ciega… casi le cuesta la vida a una niña pequeña.