PARTE 2
El silencio cayó tan rápido que hasta los meseros dejaron de moverse.
Mateo sostenía el micrófono con las 2 manos. Era tan pequeño frente al muro de flores, frente a los novios, frente a tantas caras adultas, que Elena sintió una angustia terrible. Su hijo no debía estar ahí. No debía cargar con una defensa que ningún adulto había tenido el valor de hacer.
—Mateo, baja, mi amor —pidió Elena, levantándose.
Pero el niño negó con la cabeza.
—No, mamá. Siempre me dices que no conteste. Siempre me dices que respire. Pero ellos no están respirando. Ellos están siendo malos.
Algunas personas bajaron la mirada.
Renata quiso sonreír, pero la sonrisa se le quedó atorada.
—Ay, mi niño, nadie quiso ser malo. Solo estábamos jugando.
Mateo la miró.
—Los juegos no hacen que mi mamá quiera llorar.
Nadie se rió.
El niño tragó saliva y siguió:
—Mi mamá se levanta cuando todavía está oscuro. Me hace desayuno aunque a veces solo toma café. Me lleva a la escuela. Trabaja todo el día. Luego llega cansada y aun así revisa mis tareas. Cuando tengo miedo, se queda conmigo. Cuando me enfermo, no duerme. Cuando gano un partido, grita más que todos. Ella no es una mujer que nadie quiere. Ella es mi casa.
Elena se cubrió la boca. No pudo evitar que las lágrimas le cayeran.
Rodrigo se puso de pie al fin.
—Mateo, campeón, dame el micrófono —dijo, intentando sonar tranquilo.
Mateo retrocedió un paso.
—No me digas campeón si dejaste que se burlaran de mi mamá.
La cara de Rodrigo cambió.
El golpe fue limpio. No venía de un adulto resentido. Venía de un niño que había visto demasiado.
Doña Teresa se levantó con el rostro rojo.
—Ya basta, Mateo. Los niños no se meten en conversaciones de grandes.
El niño giró hacia ella.
—Entonces los grandes no deberían lastimar a mi mamá enfrente de un niño.
Un murmullo recorrió el salón.
Doña Teresa abrió la boca, pero no encontró respuesta.
Renata intentó recuperar el control.
—Esto es ridículo. Rodrigo, haz algo. Es nuestra boda.
Rodrigo no se movió.
Por primera vez en la noche, parecía atrapado entre la mujer que acababa de elegir y la hermana a la que había traicionado en silencio.
Mateo bajó un poco el micrófono, pero siguió hablando.
—Mi tío Rodrigo antes iba a mis partidos. Una vez me dijo que si alguien se burlaba de mi mamá, yo tenía que avisarle. Pero hoy él estaba aquí. Escuchó todo. Y no hizo nada.
Rodrigo se llevó una mano a la cara.
Elena subió al templete despacio.
—Hijo, ya fue suficiente.
Mateo la miró con los ojos llenos de lágrimas.
—No, mamá. No fue suficiente. Porque siempre dicen que tú exageras. Siempre dicen que eres sensible. Siempre dicen que mi papá se fue porque tú eres difícil. Pero eso no es verdad.
Elena se quedó helada.
Renata frunció el ceño.
Doña Teresa palideció.
Mateo apretó el micrófono.
—Yo escuché a la abuela hablando con la tía Renata en el baño.
El salón entero pareció inclinarse hacia el niño.
Elena susurró:
—¿Qué escuchaste?
Mateo respiró hondo. Le temblaba la barbilla, pero no se detuvo.
—Dijo que hoy iban a hacerte quedar mal para que no pidieras nada de la casa del abuelo. Dijo que si todos creían que eras una fracasada, nadie iba a escuchar cuando dijeras que también te tocaba una parte.
La copa de doña Teresa cayó al piso y se rompió.
Rodrigo levantó la cabeza.
—¿Qué casa?
Renata se quedó inmóvil.
Elena miró a su madre como si acabara de ver a una desconocida.
Doña Teresa dio un paso atrás.
—Ese niño no sabe lo que dice.
Pero una mujer de vestido verde, sentada cerca de la pista, se levantó lentamente.
—Yo sí sé lo que dice —afirmó—. Porque también lo escuché.
Y entonces, antes de que alguien pudiera reaccionar, la mujer sacó su celular.