La enterraron con prisa, pero el sepulturero abrió el ataúd y descubrió la mentira que su esposo quería sepultar con ella

—¿Qué trajiste, Rogelio? ¿Un alma en pena?

—No, don Chava. Una mujer viva que alguien quiso enterrar.

Clara se sentó en el catre, temblando. Apenas recordaba algo: una cena en su casa, un vaso de agua con sabor raro, Esteban acariciándole la frente y doña Consuelo diciendo:

—Ya casi se acaba todo, mijita.

Mientras don Chava le ponía un trapo húmedo en la cara, Rogelio volvió a la fosa.

Tenía que tapar el ataúd vacío.

Si Esteban regresaba, no podía sospechar.

Y mientras la tierra caía sobre la madera sin cuerpo, Clara recordó una frase que la dejó sin aire:

—Cuando despierte, ya no va a despertar.

Clara permaneció escondida en la caseta hasta que oscureció.

Don Chava cerró el portón del panteón como cada tarde, pero esa noche no se fue a dormir. Puso café, cerró las ventanas y escuchó a Clara contar lo poco que su memoria le permitía.

Hacía 2 meses le habían diagnosticado una falla cardiaca. No era mortal si se trataba a tiempo, pero sí necesitaba una cirugía delicada.

Por miedo, Clara había hecho su testamento.

Esteban lo sabía.

O al menos creía saberlo.

—Él pensaba que le dejé todo —dijo ella, con la voz ronca—. La casa, la fábrica, las cuentas, la marca.

Rogelio la miró desde la puerta.

—¿Y no fue así?

Clara negó despacio.

—Le dejé 30 por ciento de la empresa. Otro 30 por ciento a las trabajadoras que empezaron conmigo. Y el resto a Nico.

Don Chava frunció el ceño.

—¿Quién es Nico?

Los ojos de Clara se llenaron de lágrimas.

—Un niño de 7 años de la Casa Hogar Santa Rita. Estoy en proceso de adoptarlo.

Nico era un niño flaco, callado, con una cicatriz pequeña en la ceja y una manera triste de pedir permiso para existir.

Clara lo conoció cuando llevó despensas a la casa hogar. Mientras los demás niños corrían por dulces, Nico se quedó cuidando a una niña más chiquita para que no se cayera.

Eso le partió el alma.

Desde entonces lo visitaba cada semana. Le llevaba cuentos, tenis, colores y pan dulce. Nico no la llamaba mamá todavía, pero cuando Clara llegaba, se le iluminaba la cara.

Esteban odiaba eso.
—Un niño de albergue solo trae problemas —decía—. Mejor tengamos uno nuestro o mejor ninguno. No seas ridícula, Clara.

Doña Consuelo era peor.

—No vas a meter sangre ajena a esta familia. Una cosa es la caridad y otra muy distinta regalarle tu apellido a cualquiera.

Clara agachó la mirada.

—Yo pensé que solo eran clasistas. No imaginé que podían matarme.

Rogelio apretó los puños.

—Eso del vaso raro… ¿quién se lo dio?

Clara cerró los ojos.

La imagen volvió poco a poco.

Ivonne.

La mujer joven de negro.

La misma que había estado en el entierro.

Ivonne trabajaba como encargada de distribución en la fábrica. Era eficiente, amable y demasiado cercana a Esteban.

—Me llevó un té helado a la oficina —recordó Clara—. Me dijo que me ayudaría con la ansiedad antes de la cirugía.

Don Chava golpeó la mesa.

—Ahí está el veneno.

—Necesito pruebas —dijo Clara—. Si aparezco viva sin pruebas, van a decir que estoy loca.

Esa misma noche, Rogelio la ayudó a cambiarse con ropa vieja de la esposa fallecida de don Chava. Luego salieron por la parte trasera del panteón y tomaron un taxi hacia una clínica privada en Querétaro.

Clara pagó con un anillo que llevaba escondido en el forro del vestido mortuorio.

El médico que la revisó no podía creerlo.

Tenía deshidratación, golpes leves por falta de oxígeno y rastros de una sustancia sedante capaz de bajar el pulso hasta hacerlo casi imperceptible.

—Señora, esto pudo matarla —dijo el doctor.

—Eso querían —respondió ella.

Al amanecer, Clara llamó a su gerente de confianza desde un teléfono prestado.

—Marta, necesito que escuches sin gritar. Estoy viva.

Del otro lado hubo silencio.

Luego un sollozo.

Marta, quien trabajaba con Clara desde los tiempos de las 2 ollas, le contó algo que terminó de confirmar todo.

Esteban había llegado esa mañana a la fábrica con un abogado. Quería despedir a 12 empleadas antiguas, vender una parte de las recetas y retirar documentos de la oficina de Clara.

También había pedido las llaves de la caja fuerte.

—Dijo que tú lo habías dejado todo listo antes de morir —dijo Marta.

—No le des nada.

—Ya lo hice, jefa. Cambié las claves anoche porque algo no me cuadraba. Además encontré cámaras apagadas en tu oficina, pero el servidor guardó una copia.

Clara respiró profundo.

—Marta, necesito ese video.

A las 11 de la mañana, Esteban, doña Consuelo e Ivonne llegaron a la Casa Hogar Santa Rita.

No fueron con flores.

Fueron con papeles.

El director, un hombre nervioso que sudaba demasiado, los recibió en su oficina. Nico estaba sentado frente al escritorio, con los pies sin tocar el suelo y las manos apretadas sobre las rodillas.

—Tu madrina Clara quería que firmaras esto —dijo doña Consuelo, poniendo una hoja frente a él—. Así ella puede descansar en paz.

Nico miró la pluma.

—¿Si firmo, ya no se va a enojar nadie?

Ivonne se cruzó de brazos.

—Ándale, niño. No hagas drama.
Esteban fingió dulzura.

—Es solo para decir que no quieres nada de la herencia. Tú eres chiquito, no entiendes de negocios.

Nico tragó saliva.

—Pero tía Clara dijo que algún día iba a vivir con ella.

Doña Consuelo sonrió como víbora.

—Pues ya no, mi amor. Los muertos no adoptan.

Entonces la puerta se abrió.

—Pero las vivas sí.

La pluma cayó al suelo.

 

El resto lo encontrará en la página siguiente.

PARTE 3