Me moví.
No porque fuera valiente. La verdad es que una parte de mí quería bajar corriendo al estacionamiento, encerrarme en el coche y convencerme de que Vanessa no existía.
Pero Rafael me había ordenado quedarme quieta.
Y después de doce años de matrimonio, yo sabía distinguir entre su autoridad y su miedo.
Cerré el cajón tal como lo encontré, limpié la manija con un pañuelo y salí al pasillo.
En la estación de enfermería, una mujer mayor acomodaba expedientes. Su gafete decía: Teresa Aguilar, enfermera jefa.
—Disculpe —dije—. Busco a Vanessa.
La enfermera levantó la vista.
Su reacción fue mínima. Un parpadeo de más. La boca apretada. Una mirada rápida hacia los elevadores.
—¿Vanessa quién?
—Eso quisiera saber.
Me observó el anillo, el abrigo, la cara.
—Usted es la señora Medina.
—La real, al parecer.
Teresa bajó los ojos.
Antes de que pudiera decir algo, una puerta se abrió al fondo del pasillo.
Rafael salió de la sala de juntas B con su bata blanca perfectamente planchada. A su lado venían el abogado del hospital, Octavio Saldaña, y dos miembros del consejo directivo que yo conocía de cenas benéficas en Polanco.
Cuando Rafael me vio, su rostro no cambió.
Pero sus ojos sí.
Por primera vez en años, mi esposo parecía descubierto.
—Lucía —dijo, caminando demasiado rápido hacia mí—. No deberías estar aquí.
Levanté la bolsa.
—Te traje comida.
—Ahora no es momento.
—Eso parece.
El abogado miró de Rafael a mí.
—Doctor, tenemos que continuar.
Rafael no apartó los ojos de mi cara.
—Vete a casa. Te explico en la noche.
—Explícame ahora.
Su mandíbula se tensó.
Entonces la vi.
Al fondo del corredor, cerca de las máquinas expendedoras, una mujer rubia con abrigo beige se ocultaba a medias junto a la puerta de las escaleras.
Alta. Elegante. Pálida.
Nuestros ojos se encontraron.
Ella corrió.
Yo fui detrás.
Rafael gritó mi nombre, pero ya había entrado al cubo de escaleras. Mis tacones golpearon el metal mientras el olor a concreto húmedo y cloro me envolvía.
—¡Vanessa!
La mujer bajó un piso, resbaló y se sujetó del barandal. La alcancé antes de que abriera la siguiente puerta.
—¿Quién eres? —exigí.
Ella respiraba con dificultad. Tenía miedo, pero no vergüenza.
—Me llamo Vanessa Montes.
Montes.
La etiqueta del cajón me cayó encima como una losa.
—L. Montes —susurré—. La carpeta que falta.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Lilia Montes era mi hermana.
La puerta se abrió arriba.
La voz de Rafael bajó por las escaleras.
—Lucía.
Vanessa se acercó un paso y me metió algo en la mano.
Una memoria USB pequeña, negra, helada.
—Él destruyó su carrera —susurró—. Y luego dejó que muriera.
Rafael apareció tres escalones arriba, respirando fuerte. Su expresión de médico intocable se había roto.
—Lucía —dijo, extendiendo la mano—. Dame eso.
Miré a mi esposo.
Luego cerré el puño alrededor de la memoria.
PARTE 3