PARTE 2
A la mañana siguiente, Mateo no bajó a desayunar.
Valeria subió corriendo al tercer piso y encontró la cama perfectamente tendida. Sobre la almohada había una hoja arrancada de un cuaderno.
“Me fui para que usted y mi papá ya no peleen por mi culpa”.
Santiago movilizó choferes, guardias y jardineros. Doña Elena, en cambio, se limitó a tomar café en la terraza.
—Los niños dramáticos siempre regresan cuando tienen hambre —dijo.
Valeria no la escuchó.
Recordó algo que Mateo le había contado mientras ella le limpiaba las heridas: su mamá lo llevaba a un rincón escondido del parque junto a una parroquia antigua de Coyoacán, donde caían flores moradas de las jacarandas.
Allí lo encontró.
Mateo estaba bajo un árbol, abrazado a la playera de dinosaurios, con los ojos hinchados de llorar.
Santiago corrió hacia él.
El niño retrocedió de golpe y se escondió detrás de Valeria.
Ese gesto destruyó algo en Santiago.
—Mateo… soy yo.
—No quiero que me regresen con mi abuela —susurró el niño.
Lo llevaron de vuelta, pero Valeria llamó a un médico externo, no al doctor de la familia. También tomó fotos de cada marca y exigió un informe completo.
El médico antiguo de los Murillo intentó minimizarlo todo.
—Son golpes de niño. Caídas. Juegos.
Valeria puso el celular sobre la mesa.
—Entonces diga eso otra vez, pero sabiendo que lo estoy grabando.
El hombre sudó. Al final confesó que Mateo había tenido 2 dedos fracturados y una costilla fisurada meses atrás. Todo fue atendido en privado, sin hospital, sin reporte.
—La señora Elena ordenó que no quedara registro —admitió.
Santiago escuchó desde el pasillo. Por primera vez no defendió a su madre.
Luego Valeria fue al colegio privado de Mateo. La maestra terminó llorando al reconocer que había visto los golpes.
—La dirección me pidió no meterme. La familia Murillo dona millones.
—Desde hoy —dijo Valeria—, si usted calla, también será parte de esto.
Esa tarde llevó a Mateo a comprar cómics y a comer hamburguesas. Cuando una papa cayó al piso, el niño levantó los brazos para cubrirse.
Valeria sintió que el corazón se le partía.
—Nadie te va a pegar por equivocarte.
Mateo la miró con lágrimas.
—¿Mi mamá se murió porque yo era malo?
Valeria lo abrazó con fuerza.
—No, mi amor. Nadie muere porque un niño llore.
Al volver a la mansión, Santiago esperaba en el recibidor con documentos legales. Quería cederle a Valeria autoridad plena para tomar decisiones sobre Mateo, pero a cambio ella debía renunciar a cualquier derecho económico del matrimonio.
Valeria firmó sin leer dos veces.
—Tu hijo no es una propiedad que se cambia por acciones.
Pidió mudarse con Mateo a la casa de huéspedes, al fondo del jardín. Santiago aceptó. Doña Elena, no.
Primero cortó el internet. Luego ordenó que no les llevaran comida. Después mandó sabotear la luz y la estufa.
Pero en esa casita pequeña, con una parrilla eléctrica y lámparas recargables, Mateo empezó a sonreír. Cocinaban juntos, regaban plantas y cenaban sin miedo.
Una noche, Santiago llegó con despensa y electrodomésticos nuevos.
—Lo he visto reír desde lejos —dijo, avergonzado—. Y no sé cómo pude perderme tanto.
Mateo bajó las escaleras con una galleta en la mano. Dudó mucho antes de ofrecérsela.
Santiago la recibió como si fuera un perdón imposible.
Parecía el inicio de algo distinto.
Hasta que 2 días después, doña Elena irrumpió en la casa de huéspedes con 3 abogados.
Arrojó estados de cuenta sobre la mesa.
—Tu madre recibió 3 millones de pesos de una empresa ligada a nosotros —dijo mirando a Valeria—. Si no me devuelves al niño, la voy a acusar de fraude.
Valeria conocía esa historia. Había sido un préstamo legal, pagado años atrás.
Sin temblar, sacó las fotos, los informes médicos, el audio del oratorio y la confesión del doctor.
—Presente su denuncia —dijo—. Yo presentaré la mía.
Doña Elena se acercó a su oído y susurró:
—Todavía no sabes quién mató realmente a la madre de Mateo.
Santiago acababa de entrar.
Las llaves se le cayeron de la mano.
Y en ese silencio, Valeria entendió que lo peor de la familia Murillo aún no había salido a la luz.