PARTE 2
El silencio en la sala fue tan pesado que hasta el secretario dejó de escribir.
Regina Alcázar se quedó a mi lado, tomándome de la mano como si temiera que alguien pudiera volver a arrancarme de ella. Yo no podía hablar. Mi mente no alcanzaba a entender esas dos palabras: mi hija.
Yo, Mariana Torres, la niña sin apellido real, la que cada Navidad veía cómo otras familias adoptaban bebés mientras a mí me dejaban atrás, ¿era hija de Regina Alcázar?
El abogado de Regina, un hombre alto de traje gris llamado Licenciado Herrera, se colocó frente al juez.
“Su Señoría, solicitamos suspender inmediatamente esta resolución por existir evidencia de fraude procesal, soborno, falsificación de identidad y desvío de recursos patrimoniales.”
El juez Armenta palideció.
Rodrigo golpeó la mesa.
“¡Esto es absurdo! ¡No pueden llegar así a inventar una novela!”
Herrera abrió la carpeta.
“Hace veintinueve años, la señora Regina Alcázar dio a luz a una niña en Guadalajara. Tres días después, un incendio provocado en una clínica privada permitió que la bebé fuera sustraída. A la señora Alcázar le entregaron un acta de defunción falsa.”
Sentí que se me aflojaban las piernas.
Regina cerró los ojos, como si esas palabras todavía le dolieran en los huesos.
“Yo no te abandoné”, me dijo en voz baja. “Me hicieron creer que habías muerto.”
El abogado continuó.
“La niña fue ingresada con documentos alterados al sistema de asistencia social con el nombre de Mariana Torres. Durante años, se borraron rastros. Se pagó a funcionarios. Se modificaron registros.”
Miré al juez.
No estaba sorprendido.
Estaba aterrado.
Rodrigo intentó reír otra vez, pero ya no le salió.
“¿Y eso qué tiene que ver conmigo?”
Herrera lo miró con desprecio.
“Todo.”
Sacó varias hojas, capturas bancarias, correos, contratos y reportes privados.
“Hace cuatro años, la empresa Salazar Logística contrató investigadores ilegales para revisar antecedentes de familias empresariales. En esa búsqueda encontraron una coincidencia genética: Mariana Torres era compatible con el perfil biológico de la familia Alcázar.”
El corazón me golpeó el pecho.
Miré a Rodrigo.
El hombre que me había pedido matrimonio sabía quién era yo antes que yo misma.
“Usted no se enamoró de Mariana”, dijo Herrera. “La buscó. La manipuló. Se casó con ella para acceder a un fideicomiso creado por Regina Alcázar para su hija desaparecida.”
Rodrigo gritó:
“¡Mentira!”
Pero su voz ya no sonaba poderosa. Sonaba asustada.
Herrera levantó otra hoja.
“El fideicomiso tenía un valor inicial de cincuenta millones de dólares. Según las cláusulas originales, se activaría cuando la heredera cumpliera treinta años o contrajera matrimonio legal. Usted descubrió eso, señor Salazar. Por eso se casó con ella.”
Sentí náuseas.
Cada beso. Cada promesa. Cada “yo te voy a cuidar”. Todo había sido calculado.
“Después”, siguió Herrera, “comenzó a desviar pequeñas cantidades hacia cuentas offshore. Cuando supo que Regina Alcázar estaba cerca de encontrar a su hija, aceleró el divorcio. Necesitaba dejar a Mariana sin recursos, sin abogado y sin capacidad de reclamar nada.”
El juez Armenta sudaba.
Regina dio un paso hacia él.
“¿Cuánto le pagaron?”
El juez no respondió.
Herrera dejó sobre el escritorio una transferencia bancaria impresa.
“Dos millones de pesos enviados a una empresa fantasma a nombre del cuñado del juez.”
La sala explotó en murmullos.
Rodrigo retrocedió, mirando hacia las puertas, pero los escoltas de Regina bloqueaban cada salida.
De pronto, él cambió la cara. Ya no era el esposo elegante. Era un animal acorralado.
Se lanzó hacia mí.
“¡Mariana, diles que me amas! ¡Diles que ese niño es mío!”
Su mano alcanzó mi abrigo.
Y justo entonces, las puertas volvieron a abrirse.
Alguien gritó:
“¡Fiscalía General de la República! ¡Nadie se mueva!”
Y antes de que pudiera entenderlo, Rodrigo cayó al suelo esposado frente a mí.
Pero lo peor todavía no se había revelado…