PARTE 2
Daniel llegó a la casa al día siguiente como si nada hubiera pasado. Traía la camisa arrugada, lentes oscuros y esa seguridad cínica de los hombres que creen que una mujer lastimada siempre termina perdonando por cansancio.
—Tenemos que hablar —dijo, dejando las llaves sobre la mesa.
Yo estaba sentada en la cocina con una taza de café frío. Mi maleta ya estaba escondida en el clóset de visitas.
—Habla.
—Lo de anoche se salió de control.
—¿Tu mano también se salió de control?
Se quitó los lentes.
—No voy a discutir si te pones así.
—¿Así cómo?
—Como víctima.
Esa palabra me confirmó que no venía a disculparse. Venía a acomodar la culpa sobre mí.
Me dijo que Valeria estaba pasando por un momento difícil, que él solo la apoyaba, que yo era demasiado intensa, demasiado orgullosa, demasiado desconfiada. Curioso: nunca fui “demasiado” cuando pagaba la mitad de la hipoteca, cuidaba a su madre enferma o rechazaba oportunidades para no incomodarlo.
—¿Te vas con ella este fin de semana? —pregunté.
Daniel guardó silencio.
—Entonces sí.
—Camila, no arruines 9 años por una tontería.
Me reí sin alegría.
—No. Tú arruinaste 9 años y ahora quieres llamarlo tontería.
Esa tarde él salió diciendo que tenía una reunión de obra. Su ubicación, que había olvidado desactivar, apareció 18 minutos después en el departamento de Valeria, en Santa Fe. Mariana me mandó una captura y un mensaje: “Ya no necesitas permiso para irte”.
Saqué mi pasaporte, mis títulos, documentos bancarios, acta de matrimonio y la carta de contratación. Dejé el anillo dentro de una taza blanca sobre la mesa. No escribí nota. No quería regalarle una despedida que pudiera manipular.