PARTE 2
Durante dos semanas viví en una realidad que parecía prestada.
La mansión Moncada, en Lomas de Chapultepec, no era una casa. Era un mundo aparte. Jardines enormes, seguridad en cada entrada, doctores revisándome a diario y una habitación preparada para mi bebé con más cosas de las que yo había tenido en toda mi infancia.
Alejandro me contó la verdad poco a poco.
Mi madre se llamaba Mariana. Había sido su esposa. Cuando yo tenía meses de nacida, una red criminal ligada a viejos socios corruptos la secuestró. Ella apareció muerta. Yo desaparecí.
Durante años, Alejandro pagó investigadores, abogados, policías privados. Pero alguien había cambiado mi nombre, mi acta, mis huellas. Me dejaron en una casa hogar como si fuera una niña abandonada más.
Me encontró por una prueba médica de ADN que me hicieron durante el embarazo.
Yo quería creerle.
Pero estaba demasiado acostumbrada a que el amor siempre viniera con una condición escondida.
Mientras tanto, Mateo no se quedó quieto.
Primero lloró frente a las cámaras.
Se presentó en un programa de televisión diciendo que era un esposo arrepentido. Que Alejandro Moncada me tenía encerrada. Que él solo quería recuperar a su familia. Que tenía derecho a estar presente en el nacimiento de “su hija”.
—Valeria está emocionalmente inestable —declaró, con lágrimas perfectas—. Y temo por mi bebé.
Esa frase hizo que se me helara la sangre.
Luego llegaron las demandas.
Custodia preventiva. Derechos paternos. Solicitud para impedir que mi hija saliera del país. Medidas contra mi “manipulación familiar”.
El mismo hombre que me había dejado sin casa ahora quería usar a mi bebé como boleto de entrada al dinero de los Moncada.
Alejandro quería destruirlo con una llamada.
—Dime una palabra y Mateo Santillán no vuelve a levantar una empresa en su vida —me dijo.
Pero yo ya no era la mujer que bajó la cabeza en el juzgado.
—No —respondí—. Si tú lo aplastas, se hará la víctima. Quiero que caiga por su propia ambición.
Empecé a revisar, con el equipo legal de mi padre, los negocios de Mateo. Encontramos deudas escondidas, préstamos falsos, inversionistas engañados. Su empresa estaba desesperada por cerrar la compra de una firma tecnológica de Monterrey. Necesitaba cincuenta millones de pesos antes del viernes o todo se venía abajo.
Entonces le tendimos una trampa.
Un fondo extranjero, en realidad controlado por Moncada, le ofreció el dinero. Pero el contrato exigía que pusiera como garantía sus oficinas, su departamento, sus autos y sus acciones.
Mateo firmaría creyendo que había ganado.
Esa noche revisé el último documento en la biblioteca. Afuera llovía sobre la ciudad. Mi hija se movía con fuerza, como si quisiera advertirme algo.
Entonces sentí un dolor agudo en el vientre.
Me doblé sobre el escritorio.
Otro dolor vino más fuerte.
Miré hacia abajo.
El líquido comenzó a mojar el piso.
Mi bebé venía en camino.
Y Mateo estaba a punto de firmar el contrato que lo destruiría.
Pero antes de que pudiera llamar a nadie, apareció en mi celular un mensaje de un número desconocido:
“Tu padre no te encontró por casualidad. Pregúntale qué hizo con tu madre.”