El salón explotó en gritos.
Valeria se arrodilló junto a Rodrigo, le golpeó la mejilla y empezó a llorar demasiado fuerte, como si quisiera que todos la vieran sufrir.
—¡Ayúdenlo! ¡Por favor, alguien ayúdelo!
Tres invitados corrieron hacia él. Uno era médico del Hospital Ángeles, otra era enfermera y el tercero, amigo de Andrés, trabajaba en urgencias. Revisaron el pulso de Rodrigo mientras alguien llamaba a una ambulancia.
Mariana seguía de pie con el vestido blanco cayéndole hasta el piso, el ramo colgando de sus dedos.
Andrés se paró frente a ella.
—Mariana, mírame. ¿Qué sabes?
Ella tragó saliva.
Durante años había dicho “nada”.
Nada cuando Rodrigo vendió unas joyas de su abuela y la culpó a ella.
Nada cuando falsificó su firma en un préstamo.
Nada cuando convenció a sus padres de que Mariana era inestable porque no quería ceder sus acciones de la empresa familiar.
Pero esa noche, decir nada podía haberla destruido.
—Le puso algo a mi copa —dijo.
El rostro de Andrés cambió.
No gritó. No hizo escándalo. Solo se volvió frío.
—¿Alguien lo grabó?
Mariana miró hacia la esquina del salón.
—Tal vez el videógrafo.
Andrés giró de inmediato.
—¡Leo! No borres nada. Ni 1 segundo.
Leo Martínez, el videógrafo, bajó lentamente la cámara.
—No he borrado nada.
Don Ernesto llegó hasta Mariana con la cara roja de furia.
—¿Qué le hiciste a tu hermano?
Mariana soltó una risa seca.
Ahí estaba.
Rodrigo se desplomaba después de amenazarla, y aun así la acusada era ella.
Andrés dio un paso al frente.
—No le hable así a mi esposa.
—Esto es un asunto de familia —dijo Ernesto.
—No —contestó Andrés—. Esto es un intento de drogar a una novia en su propia boda.
El silencio cayó como una piedra.
Doña Alicia se llevó una mano al pecho.
—¿Cómo te atreves a decir eso?
Mariana señaló la mesa.
—Mi copa estaba ahí. Rodrigo puso algo dentro. Yo la aparté de mí. Si él bebió de ella, fue porque creyó que yo seguiría siendo la misma tonta de siempre.
Valeria dejó de llorar por 1 segundo.
Solo 1.
Pero Mariana lo notó.
La ambulancia llegó por la entrada lateral. Los paramédicos subieron a Rodrigo a una camilla. Ya estaba consciente, aunque perdido, con los ojos rojos y la lengua pesada.
Cuando lo pasaron cerca de Mariana, él giró la cabeza.
—Lo arruinaste todo —susurró.
Mariana se inclinó apenas.
—No. Solo dejé de ayudarte a esconderlo.
Rodrigo cerró los ojos.
No parecía arrepentido.
Parecía descubierto.
Entonces entró una agente de policía, llamada Gabriela Rivas. Leo levantó la cámara con cuidado.
—Tengo el video —dijo.
Valeria palideció.
Don Ernesto apretó los puños.
Y Mariana entendió algo peor: la copa no era el final del plan.
Era apenas el principio.
Minutos después, en una sala privada del hotel, la agente Gabriela revisó el video. En la pantalla apareció Rodrigo acercándose a la mesa, sonriendo, tocando el hombro de Mariana mientras su otra mano se movía sobre la copa.
La bolsita blanca se veía claramente.
Andrés dejó escapar el aire por la nariz.
La agente pausó la imagen.
—Señora Mariana, usted cambió las copas después de verlo.
—Moví mi copa lejos de mí —respondió ella—. No sabía qué era. Solo sabía que él había puesto algo ahí.
Gabriela asintió.
—Eso importa.
Luego llegó el encargado de seguridad del hotel con otra grabación: Rodrigo entrando al baño de hombres 10 minutos antes del brindis. Afuera, Valeria lo esperaba. Ella abrió su bolso, sacó algo pequeño y se lo entregó.
Valeria empezó a llorar cuando la interrogaron.
—Eran pastillas de menta —repetía—. Solo eran pastillas de menta.
Pero las pastillas de menta no dejaban a un hombre tirado en la pista.
A las 3:17 de la madrugada, la agente volvió con una noticia.
Rodrigo estaba estable.
Había ingerido un sedante fuerte mezclado con alcohol.
Entonces Andrés hizo la pregunta que todos evitaban:
—¿Por qué quería sedar a Mariana en su boda?
Mariana cerró los ojos.
Porque ya sabía la respuesta.
Dinero.
Y lo peor era que Rodrigo no había actuado solo.
PARTE 3