PARTE 2
—Apágalo, mamá, apágalo ya —gritó Arturo, lanzándose hacia el celular.
Pero era demasiado tarde.
La transmisión llevaba varios segundos activa en el grupo familiar. Ahí estaban tíos, primos, cuñadas, sobrinos y hasta una prima que vivía en Monterrey.
Todos habían visto a doña Graciela de pie, pálida, con la bolsa de basura frente a la cara, mientras Mateo lloraba junto al pastel intacto.
—¡Me está agrediendo! —gritó Graciela, intentando parecer víctima.
Roberto se puso delante de Elena.
—La que agredió primero fue usted. Humilló a un niño de 5 años en su cumpleaños.
El celular de Arturo no dejaba de vibrar.
“¿Eso era para Mateo?”
“¿Tu mamá está loca?”
“Arturo, explica qué está pasando.”
“Pobre niño.”
“Graciela siempre fue así.”
Arturo logró cortar la transmisión, pero el daño ya estaba hecho.
Doña Graciela miró alrededor con rabia. Su acto privado de poder acababa de convertirse en escándalo familiar.
—Me las vas a pagar, Elena —escupió—. Me quitaste mi dignidad frente a todos.
Elena abrazó a Mateo contra su pecho.
—Usted intentó quitarle la dignidad a un niño. Eso es peor.
Graciela tomó su bolsa y salió dando un portazo.
Arturo quiso seguirla, pero Elena se le puso enfrente.
—¿De verdad vas a correr detrás de ella?
—Es mi madre.
—Y Mateo es tu hijo. Actúa como padre por una vez.
Arturo guardó silencio.
Ese silencio fue una respuesta.
La fiesta se deshizo.
Teresa llevó a Mateo al baño para lavarle la cara. Roberto tiró la caja a la basura del edificio. Elena intentó salvar el cumpleaños con el pastel, pero Mateo apenas sopló las velas. No quiso música. No quiso regalos. Solo preguntó:
—Mamá, ¿soy malo?
Elena se arrodilló frente a él.
—No, mi amor. Tú no hiciste nada malo. Los adultos que lastiman niños son los que están mal.
Mateo miró a Arturo desde lejos.
—¿Papá también está mal?
Arturo bajó la mirada.
Esa noche, cuando Mateo por fin se durmió abrazando su dinosaurio de peluche, Elena salió a la cocina.
Arturo estaba sentado con el teléfono en la mano.
—Mi tía dice que mi mamá no contesta. Mi primo va a ir a verla.
—Que vaya.
—Elena, esto se salió de control.
Ella soltó una risa seca.
—¿Esto? ¿Te refieres a que tu madre envolvió basura como regalo para tu hijo?
—Yo no sabía que iba a hacer exactamente eso.
Elena se quedó quieta.
—¿Qué significa “exactamente eso”?
Arturo apretó la mandíbula.
—Mi mamá me dijo que quería darle una lección porque Mateo estaba creciendo sin límites.
—¿Y tú lo permitiste?
—Pensé que iba a hablar con él fuerte, nada más.
—Sabías que quería humillarlo.
—No lo pongas así.
—¿Cómo quieres que lo ponga? ¿Educación familiar?
Arturo golpeó la mesa con la palma.
—A mí también me criaron fuerte y no me morí.
Elena lo miró con tristeza.
—No te moriste, Arturo. Pero mira en qué te convertiste: en un hombre que ve llorar a su hijo y se preocupa más por su madre.
Él abrió la boca, pero no contestó.
Entonces tocaron el timbre.
Eran casi las 11 de la noche.
Arturo abrió y se encontró con Sergio, su hermano mayor, un hombre alto, canoso, con ojos cansados. Vivía en Guadalajara y casi nunca iba a reuniones familiares.
—Vi el video —dijo Sergio entrando sin pedir permiso—. Ya no voy a callarme.
Arturo palideció.
—No empieces.
—Claro que voy a empezar. Porque mamá le hizo a Mateo lo mismo que nos hizo a nosotros.
Elena sintió un escalofrío.
Sergio se sentó en la mesa.
—Cuando yo tenía 8 años, me regaló una caja con una rata muerta porque dije que no quería rezar antes de dormir.
Arturo cerró los ojos.
—Cállate.
—Cuando tú tenías 6, te obligó a besar comida podrida porque ensuciaste tus zapatos de futbol.
—Cállate, Sergio.
—Nos encerraba en el cuarto de lavado. Nos dejaba sin cenar. Decía que los niños debían aguantar asco, hambre y miedo para hacerse hombres.
Elena se tapó la boca.
—¿Nadie hizo nada?
Sergio sonrió con amargura.
—Mi papá se fue. Los vecinos decían que eran asuntos de familia. Yo me largué apenas pude. Arturo se quedó… y confundió el miedo con amor.
Arturo tenía lágrimas en los ojos.
—Ella nos quería.
Sergio negó con firmeza.
—No, hermano. A ella le gustaba vernos obedecer.
En ese momento se abrió la puerta del cuarto.
Mateo apareció descalzo, con la pijama arrugada y la cara pálida.
—Mamá, soñé otra vez con la caja.
Elena corrió a abrazarlo.
Sergio miró a Arturo con dureza.
—Míralo bien. Ya empezó a cargar algo que no le pertenece.
Mateo levantó la vista hacia su padre.
—Papá, ¿tú sabías que mi abuelita me iba a dar un regalo malo?
Arturo abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Ese silencio lo dijo todo.
Mateo se escondió detrás de Elena.
—Entonces tú también me das miedo, papá.
Arturo se desplomó en una silla.
Elena respiró hondo.
—Mañana voy a buscar un abogado.
Arturo levantó la cabeza, aterrado.
—¿Para qué?
—Para divorciarme y pedir que no estés solo con Mateo hasta que aceptes ayuda profesional.
Antes de que él pudiera suplicar, sonó el celular de Sergio.
Era una vecina de Graciela.
Sergio contestó, escuchó unos segundos y se puso blanco.
—¿Qué pasó? —preguntó Elena.
Sergio miró a Arturo.
—Tu mamá está encerrada en su departamento y dice que va a denunciar a Elena por agresión.
Lo peor todavía no había salido a la luz.