PARTE 2
Rebeca parpadeó varias veces, como si hubiera escuchado mal.
—¿Cómo que cuál nieto, Valeria? No empieces con tus tonterías. Venimos a ver al hijo de Andrés.
Tomás dio un paso hacia mí, arrogante como siempre.
—También necesitamos hablar de las cuentas de la empresa. Hay trámites que firmar. Mi hermano murió y tú no sabes manejar nada de eso.
Lo miré con una calma que ni yo reconocía.
—Claro que hay trámites que firmar.
Abrí más la puerta.
En el comedor estaba sentado el licenciado Arturo Mendoza, abogado personal de Andrés. Un hombre serio, de traje gris, que llevaba décadas cuidando los documentos más importantes de la familia Salvatierra. Sobre la mesa había carpetas, sellos notariales y una caja metálica.
Pero eso no fue lo que hizo temblar a Tomás.
A un lado del abogado estaba una mujer joven, morena, elegante pero nerviosa. Se llamaba Marisol. Junto a ella, un niño de cinco años comía una concha y movía los pies debajo de la silla.
El niño levantó la cara.
Tenía los mismos ojos de Tomás.
Rebeca soltó un grito ahogado.
—No… tú no deberías estar aquí.
Marisol se puso de pie.
—Usted me dijo eso hace cinco años, doña Rebeca. Cuando me corrió de la empresa por estar embarazada de su hijo.
Tomás retrocedió.
—Mamá…
—Cállate —le escupió Rebeca, perdiendo por primera vez su máscara de señora fina.
El licenciado Mendoza abrió una carpeta.
—El niño se llama Diego. La prueba de ADN confirma que es hijo biológico de Tomás Salvatierra. También tenemos grabaciones, transferencias, mensajes y documentos que prueban que doña Rebeca ocultó deliberadamente su existencia para proteger la imagen de la familia.
Tomás empezó a sudar.
—Eso no tiene nada que ver con la empresa.
—Sí tiene —respondí yo—. Andrés lo sabía todo.
La noche en que di a luz, el licenciado llegó al hospital con una caja que Andrés le había dejado meses antes. Mi esposo sospechaba que su familia intentaría quitarme la herencia y el control de Salvatierra Logística en cuanto él muriera. También sabía que Tomás había abandonado a un hijo y que Rebeca había amenazado a Marisol para desaparecerla.
El testamento de la familia tenía una cláusula antigua, firmada por el abuelo de Andrés: cualquier heredero que negara a un hijo de sangre o encubriera su existencia perdía sus derechos de sucesión.
Andrés había protegido a Diego en secreto durante años. Pagó su escuela, su seguro médico y la renta de Marisol sin que Tomás lo supiera.
Yo apreté a Mateo contra mi pecho.
—Ustedes me dejaron sola en el panteón porque pensaron que yo era débil. Pero Andrés dejó todo preparado.
Rebeca intentó entrar, furiosa.
—Ese bebé es mi nieto. Tengo derechos.
—¿Mateo? —pregunté—. ¿O Diego?
El silencio fue tan fuerte que hasta el niño dejó de comer.
El licenciado Mendoza sacó otro documento.
—Desde esta mañana, las cuentas de la familia Salvatierra están congeladas por orden judicial. Tomás queda suspendido de cualquier cargo. Doña Rebeca será investigada por fraude, encubrimiento y abuso de poder dentro de la empresa.
Tomás perdió el control.
—¡Todo esto es culpa tuya! —le gritó a su madre—. ¡Tú me dijiste que Marisol era una cualquiera y que el niño iba a arruinarme!
Rebeca le dio una bofetada.
—¡Tú arruinaste a la familia!
Yo los miré destruirse en mi entrada.
Y todavía faltaba lo peor.