Parte 2
El despacho de Teresa Olmedo no tenía flores, diplomas presumidos ni frases motivacionales. Solo vidrio, carpetas y una vista fría de Reforma. Ella leyó la propuesta de Mariana sin pestañear.
—En papel usted se ve débil —dijo.
Santiago asintió.
—Lo sé.
—No van a decir que es mal padre. Eso sería torpe. Van a decir que es un padre dependiente. Tierno, presente, útil para hacer tarea, pero incapaz de ofrecer estabilidad.
Santiago bajó la mirada.
—¿Y el software?
Teresa levantó los ojos.
—Cuénteme la parte que le importa a una juez: cuándo lo hizo, con qué dinero y quién lo sabía.
Santiago habló de la herencia de su padre, de la cuenta separada, de las facturas, de los registros a su nombre, de las noches después de dormir a Mateo. Teresa no escribió nada. Solo escuchó.
Al final dijo:
—Esto es mejor de lo que cree. Pero no es magia. En México, si algo se desarrolla durante el matrimonio, la otra parte va a intentar meter la mano. Necesitamos probar que no se hizo con recursos comunes ni con trabajo compartido. Cada recibo será un ladrillo. Vamos a construir una pared.
Durante las semanas siguientes, Mariana apretó el cerco. Canceló una visita porque Mateo “tenía tos”, aunque cuando Santiago llamó, el niño sonaba alegre y preguntó:
—¿Vienes por mí, papá?
Otro sábado, Mariana dijo que había una comida familiar. Luego una reunión escolar. Luego una terapia que nadie había mencionado.
Cada cancelación parecía razonable por separado. Juntas eran una tortura.
Después vino la evaluación psicológica. Los abogados de Mariana insinuaron que Santiago estaba obsesionado con Mateo, que su vida giraba demasiado alrededor del niño, que tal vez confundía amor con dependencia emocional. Era una acusación venenosa: si se defendía con fuerza, parecería inestable; si callaba, parecía aceptar la duda.
Una tarde, Teresa lo citó de urgencia.
—Alguien quiere comprar su plataforma —dijo, girando la pantalla hacia él.
Santiago sintió que el aire se cerraba.
—¿Qué?
—Un fondo de inversión de Monterrey. La oferta preliminar habla de 8 cifras.
Él tardó en responder.
—Yo no la ofrecí. Subí una parte del motor a un repositorio abierto para probarlo. Nada más.
Teresa lo miró como quien acaba de encontrar la pieza que faltaba.
—Mariana pidió el divorcio después de que este fondo empezó a revisar su tecnología. Y Leonardo Salvatierra tiene contactos directos con ese círculo de inversionistas.
—¿Está diciendo que ella sabía?
—Estoy diciendo que el tiempo no miente. Ella no dejó a un hombre fracasado. Intentó irse antes de que todos descubrieran que estaba casada con un hombre a punto de valer millones.
La frase cayó sobre Santiago con una violencia silenciosa.
No era desprecio. Era cálculo.
Mariana no lo había abandonado por inútil. Lo había tratado como un boleto ganador que quería cobrar antes de que él viera el número.
Cuando ella apareció una noche en el pequeño departamento que Santiago rentaba cerca de Mixcoac, él ya entendió por qué venía.
Mateo dormía en el cuarto. Mariana entró con un abrigo carísimo y miró alrededor con falsa tristeza.
—No tienes que vivir así.
—No vine a hablar de eso —dijo Santiago.
—Firma un acuerdo. Tomas una cantidad razonable, dejas la custodia principal conmigo y yo hago que Leonardo limpie el camino con los inversionistas. Todos ganamos.
Santiago la miró.
—¿Todos?
Mariana bajó la voz.
—Eres mejor papá que empresario. Eso no es insulto. Es la verdad. No te metas a una sala donde no sabes sobrevivir.
Santiago abrió la puerta.
—Vete, Mariana.
Ella se quedó quieta, recalculando.
—Te vas a arrepentir.
—Tal vez. Pero no de esto.
Una semana antes de la audiencia, apareció una nota en un portal de tecnología: la plataforma de Santiago tenía posibles conflictos de propiedad intelectual vinculados a su divorcio. En horas, el fondo pausó la negociación. Ese mismo día, Mariana pidió congelar cualquier activo relacionado con el software.
Teresa llamó al mediodía.
—Si la jueza congela el proyecto, perdemos la única prueba grande de estabilidad económica.
Santiago cerró los ojos.
—Entonces ya ganaron.
—No. Hay algo más. Rastreamos la filtración. La información exacta solo estaba en 2 lugares: Mariana y Leonardo.
Santiago miró la ventana del departamento, donde el reflejo de la ciudad parecía partirse en pedazos.
—Encuentre la mano que soltó la nota.
Teresa respondió sin emoción:
—Ya la encontramos.