PARTE 2
Marcela leyó el mensaje 3 veces. No porque no entendiera, sino porque le costaba creer el descaro. Mauricio no solo había vuelto de la playa con su amante en el coche. También la había traído hasta la puerta de la casa que Marcela había pagado durante 22 años.
Daniela se acercó a la ventana y abrió apenas la cortina.
—Mamá… sí está ahí.
En la banqueta, junto al coche de Mauricio, una mujer de unos 38 años cruzaba los brazos con impaciencia. Llevaba lentes oscuros, vestido blanco y una bolsa de diseñador colgada del antebrazo. No parecía avergonzada. Parecía molesta, como si Marcela fuera la intrusa.
Mauricio volvió a golpear.
—¡No seas ridícula! ¡Tenemos que hablar como adultos!
Marcela no abrió. Le marcó a Rodrigo y puso el altavoz.
—Tu papá está afuera con ella.
Hubo un silencio pesado.
—Voy para allá.
—No. No quiero pleito en la calle. Solo necesito que sepas.
La voz de Rodrigo cambió.
—Mamá, escucha bien. Si él fuerza la entrada, llamas al 911. No le debes nada.
Pero Mauricio no forzó la puerta. Hizo algo peor.
A las 8 de la noche, Marcela recibió una llamada de su suegra, doña Elvira.
—¿Qué vergüenza estás haciendo, Marcela? Mauricio me dijo que lo dejaste en la calle.
—Mauricio tiene dinero, coche y una empresa. No está en la calle.
—Una buena esposa no cierra la puerta de su casa por un error.
Marcela sintió una risa seca atorada en el pecho.
—¿Un error? Se fue de vacaciones con otra mujer.
—Los hombres se equivocan. Las mujeres inteligentes cuidan su matrimonio.
—Yo cuidé demasiado, doña Elvira.
La anciana endureció la voz.
—No se te olvide que todo lo que tienes fue por mi hijo.
Marcela miró alrededor: las paredes que pintó, el comedor que eligió a pagos, las plantas que sembró, las cajas listas con las cosas de Mauricio.
—Eso es lo que él les contó. Pero mañana se van a enterar de otra cosa.
Colgó.
Esa noche no durmió. No por dolor, sino por estrategia. La licenciada Patricia le había advertido que Mauricio intentaría hacerse víctima. Y así fue.
Al día siguiente, él llegó a la oficina de la empresa antes que ella. Reunió a los empleados y dijo que Marcela estaba pasando por una crisis emocional.
—Mi esposa anda alterada. Cualquier instrucción importante me la consultan a mí.
Carla, la administradora, bajó la mirada. Pero cuando Marcela entró, la siguió hasta su oficina.
—Dona Marcela, necesito enseñarle algo.
Sacó una carpeta gris del cajón. Dentro había copias de transferencias, pagos duplicados, facturas raras y depósitos hechos a una cuenta a nombre de Renata Salgado.
—Yo no sabía qué hacer —dijo Carla con la voz quebrada—. Él me pidió procesarlos como gastos de representación. Pero esto no era de la empresa.
Marcela sintió que la traición cambiaba de forma. Ya no era solo una amante. Era dinero.
La licenciada Patricia recibió los documentos esa misma tarde.
—Esto cambia todo —dijo—. Si usó recursos de la sociedad para mantener una relación personal, podemos pedir medidas inmediatas.
Marcela volvió a casa con una carpeta bajo el brazo. Pensó que esa sería la peor revelación.
Se equivocó.
A las 9:17 de la noche, recibió un audio de un número desconocido. Era Renata.
“Marcela, no hagas esto más difícil. Mauricio me prometió que vendería esa casa para empezar de cero conmigo. Tú ya estás grande. Déjalo vivir.”
Daniela escuchó el audio junto a ella. Se le llenaron los ojos de lágrimas de furia.
—¿Vendió la casa en su cabeza mientras tú seguías regando sus plantas?
Marcela no respondió. Abrió el correo. Buscó durante 20 minutos hasta encontrarlo: un borrador de contrato de compraventa enviado desde la cuenta de Mauricio.
La casa ya tenía comprador.
Y la firma de Marcela estaba falsificada.