El millonario invitó a mi hijo y a mí para humillarnos… pero cuando tomé la guitarra, todo el restaurante se quedó helado y él no pudo decir ni una palabra.

PARTE 2

Tres días después del cumpleaños, Rodrigo no había vuelto a dirigirme la palabra.

En la mansión todos hablaban de mi canción. Que si había cantado hermoso, que si los invitados terminaron aplaudiendo de pie, que si la señora del collar de perlas se quedó con cara de vergüenza. Pero a mí solo me importaba una cosa: Rodrigo se había ido antes del último acorde.

Pensé que lo había ofendido.

Tal vez no soportó que “la ayuda” tuviera más alma que sus artistas famosos.

Yo estaba cortando flores marchitas en el jardín cuando escuché su voz detrás de mí.

—¿Dónde aprendiste esa canción?

No sonó arrogante. Sonó… asustado.

Me volteé con las tijeras en la mano.

—Mi mamá me la enseñó. Se llamaba Luz Elena López.

Rodrigo dejó de respirar por un segundo.

—¿Luz Elena?

—Sí. Murió con mi papá cuando yo tenía ocho años.

Él se sentó en una banca como si las piernas le hubieran fallado.

—Cuando yo era niño —dijo despacio—, una mujer se acercó a mí afuera de una escuela en Guadalajara. Lloraba. Me abrazó y me cantó una canción. Esa canción. Mi mamá adoptiva llegó corriendo y la empujó. Me dijo que era una loca.

Sentí un frío horrible en la espalda.

—¿Qué estás diciendo?

Rodrigo me miró, y por primera vez no vi al millonario, ni al patrón, ni al hombre que sabía humillar con una sonrisa. Vi a un niño perdido.

—Esa melodía me ha perseguido toda la vida, Mariana. Nunca la volví a escuchar hasta que tú la tocaste.

Me agarré del respaldo de la banca.

—Mi mamá tuvo un hijo antes que yo. Mi abuelo siempre decía que ella nunca se recuperó de perderlo. Según los doctores, nació muerto.

Rodrigo cerró los ojos.

—A mí me dijeron que fui adoptado en Monterrey. Que mi madre biológica no quiso saber nada de mí.

Las piezas no encajaban. O tal vez encajaban demasiado.

Esa misma tarde fuimos a ver a mi abuelo Ernesto a la casa de reposo en Toluca. Mateo insistió en acompañarnos. Durante todo el camino nadie habló.

Encontramos al abuelo junto a la ventana, con una cobija sobre las piernas. A veces me reconocía, a veces me llamaba por el nombre de mi mamá.

Me arrodillé frente a él.

—Abuelito, soy Mariana. Necesito preguntarte algo.

Sus ojos vagaron por mi cara, luego se clavaron en Rodrigo.

El cuarto quedó inmóvil.

El abuelo empezó a temblar. Levantó una mano arrugada hacia él.

—Santi… —susurró.

Rodrigo dio un paso atrás.

—¿Qué dijo?

Los ojos del abuelo se llenaron de lágrimas.

—Mi niño… mi Santiago… nos dijeron que te habías muerto.

Yo sentí que el mundo se partía debajo de mis pies.

—Abuelo, ¿estás seguro?

Él no me miró. Solo miraba a Rodrigo.

—Los ojos de tu madre. La canción de Luz Elena. Yo sabía que no estabas muerto. Yo se lo dije… se lo dije a todos…

Rodrigo se cubrió la boca, como si fuera a llorar o a gritar.

Mateo apretó mi brazo.

—Mamá…

Pero antes de que pudiéramos decir una palabra más, el abuelo añadió algo que nos dejó helados:

—La señora rica… la del hospital… ella se lo llevó.

Y ahí entendimos que la verdad no solo iba a rompernos el corazón: iba a destruir a alguien más.