PARTE 2
Después de la gala, la mansión volvió a su rutina impecable, pero Lucía ya no pudo volver a ser la misma.
Ayudaba a su madre después de la escuela: doblaba servilletas, acomodaba flores, cargaba toallas limpias. Siempre en silencio. Siempre por los pasillos de servicio. Siempre recordando que esa casa no era suya.
Pero ahora cada rincón parecía esconder a Mateo.
A veces lo encontraba en la biblioteca, mirando libros de astronomía. A veces en el jardín, sentado bajo una jacaranda vieja. A veces caminando solo por la terraza, con la vista fija en un cielo que parecía entenderlo mejor que su familia.
Su amistad creció en minutos robados.
Mateo le enseñó señas nuevas.
Luna.
Planeta.
Lejos.
Bonito.
Triste.
Lucía aprendía despacio, pero él nunca se burlaba. Le corregía los dedos con paciencia. Cuando ella lograba una frase completa, Mateo sonreía como si le hubieran entregado un regalo.
Su lugar favorito era debajo de la jacaranda, al fondo del jardín, donde las ramas moradas formaban una especie de techo secreto. Ahí Mateo le habló de su mamá.
Se llamaba Isabel.
Pintaba acuarelas. Tocaba el piano descalza. Le ponía las manos a Mateo sobre la madera para que sintiera la música vibrar.
Luego vino el accidente.
Lluvia. Periférico. Un tráiler. Vidrios rotos. Hospital.
Isabel murió.
Mateo perdió la audición casi por completo.
Y Alejandro, aunque siguió viviendo en la misma casa, desapareció de todas las formas que importaban.
Mi papá quitó sus fotos, señaló Mateo una tarde. Guardó el piano. Ya no dice su nombre.
Lucía tragó saliva.
Tal vez recordarla le duele, contestó.
Mateo bajó la mirada.
Pero olvidarla me duele a mí.
Desde ese día, Lucía miró a Alejandro con otros ojos.
Antes lo veía como un hombre frío, poderoso, inalcanzable. Ahora lo veía como alguien que había convertido su dolor en una muralla. Pagaba doctores, tutores, terapias, choferes, aparatos, colegios privados.
Le daba a Mateo todo.
Menos presencia.
Rosa notó que la amistad crecía y empezó a asustarse.
Una noche, en el cuartito donde vivían detrás de la casa, se sentó frente a su hija.
—Lucía, tener buen corazón no siempre te protege.
—Solo soy su amiga.
—Su papá firma mi sueldo.
—Mateo no tiene a nadie más.
Rosa cerró los ojos. Quería decirle que el mundo tenía reglas. Que los ricos podían sonreírte un día y echarte al otro. Que una empleada no podía permitirse confiar demasiado en una casa ajena.
Pero también había visto sonreír a Mateo.
Así que solo dijo:
—Ten cuidado.
Lucía lo intentó.
Pero un sábado por la tarde, tener cuidado no bastó.
Mateo y ella jugaban con un papalote azul cerca del muro de piedra del jardín. El viento lo levantó alto y luego lo estrelló contra las ramas de un fresno.
Mateo subió al muro para alcanzarlo.
Lucía señaló:
Cuidado.
Él hizo una cara de héroe valiente.
Pero el musgo estaba húmedo.
Su zapato resbaló.
Mateo cayó.
No fue una caída larga, pero sí mala. Quedó sentado en el pasto, pálido, sujetándose el tobillo. Intentó fingir que no dolía, pero su rostro lo delató.
Lucía corrió.
Entró a la mansión casi gritando.
—¡Ayuda! ¡Mateo se cayó! ¡Está lastimado!
Los empleados voltearon. Rosa dejó caer una charola.
Alejandro apareció en la parte alta de la escalera.
—¿Dónde está?
Lucía lo llevó al jardín. Alejandro llegó hasta su hijo y se arrodilló frente a él.
—Mateo, dime dónde te duele. ¿Puedes pararte? ¿Me escuchas?
Hablaba demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
Mateo intentó señalar.
Alejandro miró el tobillo inflamado, la ropa sucia, el personal reunido detrás.
Miró todo, excepto las manos de su hijo.
—Llamen al doctor. Traigan hielo. Preparen la camioneta.
Mateo volvió a señalar.
Sus ojos buscaron a Lucía.
¿Ella está en problemas?
Aun con dolor, estaba preocupado por ella.
Algo se encendió dentro de Lucía. Una rabia limpia, pequeña y enorme al mismo tiempo.
—Señor Arriaga —dijo.
—Ahora no, Lucía.
—Está intentando hablar con usted.
El jardín quedó quieto.
Alejandro volteó.
Por primera vez, miró las manos de su hijo.
De verdad las miró.
Mateo repitió la seña, más despacio.
Alejandro se quedó helado.
—No entiendo lo que dice —susurró.
La frase pareció partirlo.
Lucía respiró hondo.
—Dice que no es tan grave. Y pregunta si yo voy a meterme en problemas.
Alejandro dejó de moverse.
Miró a su hijo lastimado, preocupado no por su tobillo, sino por la niña que había sido la única capaz de escucharlo.
Esa noche, después de que el doctor confirmó que era solo un esguince, Alejandro mandó llamar a Lucía.
Rosa la acompañó hasta la puerta de la oficina.
—Sé respetuosa. No hables de más. Si tienes que disculparte, hazlo.
Lucía entró abrazando su viejo libro de poemas como si fuera un escudo.
La oficina olía a madera cara y café. Alejandro estaba junto al ventanal, con la ciudad brillando al fondo.
—Tú eres su amiga —dijo.
No fue pregunta.
Lucía asintió.
—Desde la gala.
—Sí, señor.
Alejandro cerró los ojos.
—Todo este tiempo… frente a mí.
Luego la miró.
—Hoy tú entendiste a mi hijo. Yo no.
Lucía no respondió.
—¿Por qué aprendiste señas?
Pensó en muchas respuestas. Porque Mateo era bueno. Porque era gracioso. Porque nadie más lo intentaba.
Pero dijo la verdad más simple:
—Porque estaba solo.
Alejandro bajó la mirada hacia sus propias manos.
—Quiero pedirte algo.
Lucía se tensó.
—Quiero que sigas viendo a Mateo. Sin esconderse. Sin pasillos de servicio. También quiero pagar tus estudios. Los de tu mamá si hace falta. Universidad, cursos, lo que necesiten.
Lucía abrió los ojos.
Pero Alejandro aún no terminaba.
—Y quiero que me enseñes.
—¿Qué cosa?
Él tragó saliva.
—A hablar con mi hijo.
La niña entendió entonces que aquel hombre podía comprar empresas, callar juntas directivas y mover millones en una pantalla, pero no sabía cruzar la puerta más importante de su casa.
Lucía levantó la barbilla.
—Lo ayudaré.
Alejandro exhaló.
—Gracias.
—Pero las señas no se compran, señor.
Él la miró sorprendido.
—Yo le enseño gratis.
—¿Por qué?
Lucía apretó su libro contra el pecho.
—Porque eso hacen los amigos.
Alejandro no supo qué contestar.
Por primera vez en años, alguien dentro de su mansión le había ofrecido algo que su dinero no podía mandar a hacer.