PARTE 2
En el Hospital Ángeles, los doctores rodearon a Mariana como si cada minuto importara demasiado. Le tomaron sangre, revisaron al bebé, le hicieron estudios urgentes. Alejandro escuchaba palabras que nunca quiso asociar con su esposa: coágulo, riesgo materno, negligencia, posible inmovilidad forzada.
Un médico salió al pasillo y lo apartó.
—Señor Torres, su esposa está estable por ahora, y el bebé tiene latido fuerte. Pero esto pudo ponerse muy grave. Los moretones en tobillos y rodillas no parecen normales. Tengo que preguntar: ¿alguien la sujetó, la obligó a quedarse en cama o le impidió recibir atención médica?
Alejandro sintió vergüenza, rabia y miedo al mismo tiempo.
—Yo no le hice esto.
—Entonces ayúdenos a saber quién.
Su celular vibró sin parar.
Mamá.
Esteban.
Mamá otra vez.
Luego llegó un mensaje de Esteban:
No digas nada en el hospital. Esto es un asunto familiar.
Alejandro leyó esas palabras tres veces.
Un asunto familiar.
Su esposa estaba en una cama, con el embarazo en riesgo, y su primo hablaba como si fuera un problema de reputación.
Alejandro llamó a Ramiro, jefe de seguridad de sus edificios.
—Quiero copia de todas las cámaras del penthouse, elevador, estacionamiento y entrada de servicio de los últimos diez días. Solo para mí. Si alguien intenta borrar algo, llamas a la policía.
—¿Tan grave está, patrón?
Alejandro miró hacia la habitación de Mariana.
—Peor.
Cuando por fin pudo verla, Mariana estaba pálida. Tenía ojeras profundas y una mano sobre el vientre.
Alejandro se acercó despacio.
—No firmé nada. Lo que te hayan mostrado, no fui yo.
Ella lloró en silencio.
—Esteban trajo los papeles. Dijo que eran documentos de protección médica. Que por mis dos pérdidas anteriores, tu mamá quería asegurar el futuro del bebé.
Alejandro sintió un golpe en el estómago.
—¿Y tú firmaste?
—No. Le dije que no quería. Entonces me enseñó una hoja con tu firma. Dijo que tú ya habías aceptado.
—Mariana…
—Tu mamá me dijo que yo era egoísta. Que las mujeres como yo se casaban con hombres como tú y luego se les olvidaba agradecer. Me dijo que mi cuerpo era débil, pero que el bebé era Torres.
Alejandro apretó la mandíbula hasta sentir dolor.
—¿Por qué no me llamaste?
Mariana soltó una risa rota.
—Me quitaron el celular. Dijeron que estabas ocupado en Monterrey. Que si hacía escándalo, iban a demostrar que yo estaba inestable.
Cada palabra lo hundía más.
—Yo debí escucharte.
—Sí —dijo ella, mirándolo por primera vez con rabia—. Debiste.
Él no se defendió.
—Tienes razón.
Al mediodía, Ramiro llegó con una laptop y el rostro endurecido. En una sala privada, le mostró los videos.
En el primero, doña Renata entraba al penthouse con Esteban y una mujer vestida de enfermera. Ramiro ya había investigado: su licencia estaba suspendida desde hacía años.
En el segundo, Mariana intentaba caminar hacia la sala, encorvada, llorando, una mano en el vientre. Doña Renata le cerraba el paso. Esteban sostenía una carpeta.
En el tercero, la supuesta enfermera salía por la puerta de servicio con una hielera pequeña.
—¿Qué llevaba ahí? —preguntó Alejandro.
—No lo sé todavía —dijo Ramiro—. Pero encontré esto.
Abrió un documento escaneado enviado desde la oficina de Esteban a Renata.
Asunto: Contingencia materna — firma pendiente.
Al final aparecía la firma de Alejandro.
Parecida.
Pero falsa.
Él había firmado miles de contratos en su vida. Esa firma tenía mal la inclinación, mal la presión, mal el trazo. Alguien la había imitado.
Esteban.
Alejandro respiró hondo.
—Llama a la policía.
Ramiro dudó.
—Es su familia.
Alejandro cerró la laptop.
—Mi esposa también.
Media hora después, Renata y Esteban llegaron al hospital como si fueran dueños del edificio.
—Hijo —dijo ella—, gracias a Dios. Mariana siempre ha sido dramática. Te lo advertí.
Alejandro no la dejó tocarlo.
Esteban intervino:
—Tenemos que hablar antes de que esto se salga de control.
—Ya se salió de control cuando falsificaste mi firma.
Por primera vez, Esteban se quedó callado.
Renata levantó la barbilla.
—No sabes lo que dices.
—Tengo el documento. Tengo los videos. Tengo a mi esposa en una cama porque ustedes la asustaron para que no pidiera ayuda.
Renata perdió la máscara.
—Esa niña necesitaba entender su lugar.
Alejandro la miró como si no la reconociera.
—¿Su lugar?
—Ese bebé es un Torres.
—Ese bebé es hijo de Mariana.
Renata sonrió con desprecio.
—Ella solo lo está cargando.
En ese instante, dos policías aparecieron al final del pasillo.
Y Mariana, desde la habitación, escuchó la voz de Renata y empezó a llorar otra vez.
Lo que Alejandro estaba por descubrir no solo iba a destruir a su madre… también iba a incendiar todo el apellido Torres.