El cuarto para ricos olía a podrido mientras el niño agonizaba. Nadie creyó a la humilde niña del aseo cuando suplicó-lbsuong

PARTE 3

—¡Suéltalo! —gritó una enfermera.

Pero Lupita ya no podía soltarlo.

Tenía las manos temblando, los ojos llenos de lágrimas y las pinzas apretadas con toda la fuerza que una niña de 8 años podía tener. Dentro de la garganta de Mateo, aquella cosa se retorcía como si peleara por quedarse viva.

La enfermera corrió hacia ella, pero el doctor Julián Rivas entró detrás y se quedó paralizado.

—No la toquen —ordenó.

Nadie entendió por qué.

Lupita jaló despacio. Un centímetro. Luego otro. Mateo emitió un sonido ronco, como si por primera vez el aire intentara abrirse paso. La niña apretó la mandíbula, con el recuerdo de su padre ardiéndole en la cabeza.

“Se siente vivo aquí.”

No iba a permitir que nadie más muriera por no escuchar.

De pronto, la criatura salió.

Cayó sobre la sábana blanca, larga, oscura, parecida a un ciempiés delgado, con patas finísimas que se movían de forma desesperada. Una enfermera gritó. Otra retrocedió hasta pegarse con la pared. Los monitores cambiaron de ritmo.