—¿Lo intentaste? —repitió don Ernesto.
Alejandro bajó la mirada.
Esa fue su confesión.
Doña Teresa se sentó sobre la banqueta como si las piernas no la sostuvieran.
—Mateo tiene siete años —susurró—. Es tu hijo.
Alejandro intentó acercarse a ella.
—Mamá, yo estaba presionado.
Ella levantó la mano.
—No me toques.
El silencio fue brutal.
Más brutal que cualquier insulto.
Camila empezó a llorar.
—Yo no sabía lo del niño.
La miré.
—Pero ahora sí sabes.
Ella se quitó lentamente un anillo de oro que llevaba en la mano derecha.
Lo dejó sobre el cofre del coche.
—Alejandro me dijo que iba a divorciarse. Que la casa era parte de un arreglo. Que usted se quedaría con todo lo demás.
—¿Y eso te pareció justo?
Camila tragó saliva.
—Me pareció conveniente.
Al menos fue honesta.
Por primera vez, no la odié.
La vi.
Joven, ambiciosa, vanidosa, sí.
Pero también usada por un hombre que le vendió una fantasía pagada con dinero ajeno.
Eso no la volvía inocente.
Solo la volvía menos brillante de lo que había intentado parecer.
Alejandro la miró con furia.
—¿Ahora te haces la víctima?
Camila levantó la cabeza.
—No. Pero tampoco voy a hundirme sola por ti.
Él soltó una risa amarga.
—Mira qué rápido cambias de bando.
Ella le sostuvo la mirada.
—Aprendí de ti.
La frase lo dejó mudo.
Don Ernesto me devolvió la carpeta.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que debí hacer cuando descubrí la primera mentira.
—¿Denunciarlo?
—Sí.
Alejandro se abalanzó hacia mí.
El chofer de mis suegros, que hasta entonces había permanecido junto al coche, se interpuso.
Don Ernesto también.
—No des otro paso —dijo.
Alejandro respiraba agitado.
—¿Vas a mandar a la cárcel al padre de tu hijo?
Lo miré fijamente.
—No. Voy a mandar a investigación a un hombre que intentó robarle el futuro a su hijo.
—Mateo me necesita.
—Mateo necesita un padre decente. Si no lo tiene, al menos tendrá una madre que no permitió que lo saquearan.
Doña Teresa se cubrió el rostro con ambas manos.
—Dios mío.
Yo guardé las carpetas en el coche.
—Voy a dejarlo claro una sola vez.
Todos me miraron.
—La casa queda en disputa. Las cuentas quedan congeladas. Las facturas falsas van a la auditoría. El intento de usar el fideicomiso de Mateo va a mi abogado.
Alejandro abrió la boca.
—Valeria…
—Y tú no vuelves a ver a Mateo sin acuerdo legal.
Esa frase le atravesó el rostro.
—No puedes quitarme a mi hijo.
—No. Pero puedo impedir que lo uses como escudo.
Subí al coche.
Don Ernesto ayudó a doña Teresa a entrar al asiento trasero.
Antes de cerrar la puerta, él se volvió hacia Alejandro.
—No vengas a mi casa.
Alejandro quedó parado junto al portón de la casa de Santa Fe.
Descalzo.
Con Camila llorando detrás.
Con su madre devastada.
Con su padre despreciándolo.
Y con la vida perfecta que había inventado deshaciéndose bajo sus pies.
Arranqué el coche.
Durante varios minutos nadie habló.
Doña Teresa lloraba en silencio.
Don Ernesto miraba por la ventana.
Yo conducía con las manos firmes, aunque por dentro sentía que mi cuerpo iba a romperse.
No era tristeza por perder a Alejandro.
Era rabia por haber convivido con una mentira tan cerca de mi hijo.
Al llegar a mi casa en Lomas, Mateo estaba haciendo tarea con su niñera.
Corrió hacia mí al verme entrar.
—Mamá, ¿por qué abuelita está llorando?
Doña Teresa intentó sonreír.
No pudo.
Me arrodillé frente a mi hijo.
—Porque hoy fue un día difícil, amor.
—¿Papá viene a cenar?
La pregunta abrió un hueco en la sala.
Don Ernesto cerró los ojos.
Yo acaricié el cabello de Mateo.
—No hoy.
—¿Está trabajando?
Miré a mi hijo.
Siete años.
Ojos limpios.
La confianza intacta de un niño que todavía cree que los adultos saben lo que hacen.
—Tu papá tiene cosas importantes que arreglar.
Mateo frunció el ceño.
—¿Hizo algo malo?
Doña Teresa soltó un pequeño sollozo.
Yo tomé las manos de mi hijo.