PARTE 2
A las diez de la noche, la oficina de Mariana en Polanco parecía una sala de emergencias.
La mesa principal estaba cubierta de contratos, escrituras, estados bancarios, poderes notariales y tres laptops abiertas. Afuera, la ciudad seguía viva entre cláxones y luces, pero adentro solo se escuchaba el golpeteo de teclas y el pasar rápido de hojas.
Claudia Robles, su abogada, revisaba cada documento con una expresión cada vez más dura. Esteban comparaba firmas digitales, accesos a servidores y movimientos bancarios.
“Mariana”, dijo él, quitándose los lentes, “esto no es solo una traición de pareja. Es fraude. Falsificación. Administración fraudulenta. Y si lo llevamos bien, varios podrían terminar en prisión.”
Mariana no apartó la vista de la pantalla.
“Dime todo.”
Esteban respiró hondo.
“Usaron una versión falsificada de tu firma para respaldar créditos por casi ochenta millones de pesos contra tus activos personales. Después movieron parte del dinero a dos empresas recién creadas.”
Claudia agregó:
“Una está a nombre del chofer de Rodrigo. La otra, a nombre de una prima lejana de doña Mercedes.”
Mariana apretó los labios. No por miedo, sino por rabia.
También descubrieron que Rodrigo intentaba usar las acciones privadas de Mariana en Torres Desarrollos como garantía para cubrir un proyecto fallido en Acapulco, un proyecto que él había manejado a escondidas y que estaba hundido en deudas.
Claudia cerró una carpeta con fuerza.
“Podemos pedir medidas precautorias esta misma noche. Congelar cuentas. Avisar a bancos. Frenar la firma con los inversionistas. Pero tienes que entender algo: si esto se hace público, Rodrigo no sale limpio.”
Mariana miró una fotografía sobre su escritorio. Era de la inauguración de un hotel boutique en San Miguel de Allende. Rodrigo sostenía las tijeras frente a las cámaras. Ella aparecía detrás, aplaudiendo.
“Entonces que no salga limpio”, dijo.
Esteban dudó antes de abrir otra carpeta.
“Hay algo más. Lo encontré en una copia de seguridad del celular de Valeria.”
Mariana esperaba mensajes románticos, fotos, promesas ridículas. Pero lo primero que apareció fue una reservación en un resort de Los Cabos.
A nombre de Valeria Ríos y Javier Salazar.
Javier era el hermano menor de Rodrigo. El consentido de doña Mercedes. Divorciado dos veces, encantador en público, inútil para trabajar y siempre presente cuando había brindis, herencias o cheques.
Esteban abrió otro archivo.
“Esto estaba en una nube familiar. Es una prueba prenatal de paternidad.”
La pantalla mostró el resultado.
El padre biológico del bebé de Valeria no era Rodrigo.
Era Javier Salazar.
Claudia soltó el aire lentamente.
“No puede ser. ¿Se están traicionando entre ellos mientras intentan destruirte?”
Mariana leyó el resultado dos veces sin parpadear.
Después apareció un mensaje de doña Mercedes a Valeria.
“Deja que Rodrigo crea que el hijo es suyo. Así se mantiene motivado para sacar a Mariana del camino. Cuando todo esté en manos de la familia, decidimos qué hacer con Javier.”
Mariana sintió una claridad helada.
La cena de aniversario del Grupo Salazar, al día siguiente en el Gran Hotel Reforma, no era una simple celebración empresarial. Era un escenario. Iban a presentar a Valeria como la futura madre del heredero, mientras Mariana quedaba como la esposa abandonada, amargada y derrotada.
Claudia la observó con cuidado.
“Podemos hacerlo en silencio. Legalmente. Sin escándalo.”
Mariana cerró la laptop.
“No. Ellos escogieron humillarme en público. Entonces esto va a terminar donde ellos querían empezar: frente a todos.”
Las siguientes veinticuatro horas fueron una tormenta de llamadas, denuncias, firmas legales y copias certificadas. Esteban preparó el informe forense. Claudia obtuvo órdenes urgentes para congelar operaciones sospechosas. Un notario aceptó acudir como testigo. Dos agentes de delitos financieros confirmaron su presencia.
Mientras tanto, Rodrigo le envió a Mariana un mensaje frío:
“Mañana compórtate con dignidad. No hagas escenas. Ya perdiste.”
Ella lo leyó y no respondió.
La noche siguiente, el salón principal del Gran Hotel Reforma estaba lleno de flores blancas, empresarios, periodistas de sociedad y familiares vestidos de gala. Rodrigo bailaba en el centro con Valeria. Ella sonreía para las cámaras, con una mano sobre su vientre. Doña Mercedes los miraba desde la mesa principal como si ya hubiera ganado.
La música sonaba fuerte.
Entonces, de golpe, se apagó.
Las pantallas gigantes quedaron negras.
Las puertas del fondo se abrieron.
Mariana entró con un traje azul oscuro, el cabello recogido y la mirada firme. A su lado venían Claudia, Esteban, un notario y dos agentes uniformados.
Rodrigo soltó la mano de Valeria.
“¿Qué haces aquí, Mariana? ¿Vienes a arruinar nuestra celebración?”
Mariana caminó hasta el micrófono.
“No vine a llorar hoy”, dijo, mirando a todo el salón. “Vine a recuperar mi nombre.”
Y cuando Esteban conectó la primera pantalla, nadie pudo apartar la vista de lo que apareció.
Porque la primera prueba era solo el inicio de una caída que nadie en la familia Salazar estaba preparado para enfrentar…