—Buenas tardes. Bienvenidos a la residencia privada de la señora Elena Varela.
EL DESENLACE FINAL
Las pesadas puertas de hierro comenzaron a abrirse lentamente, revelando un amplio camino de piedra rodeado de antiguos robles que conducía a una impresionante mansión moderna de varios millones de dólares.
La familia Mendoza entró en completo silencio, con la boca abierta mientras observaban los enormes ventanales de cristal, las obras de arte de valor incalculable y al personal moviéndose perfectamente por los pasillos.
En el centro del gran patio estaba Elena.
Ya no llevaba el sencillo vestido color crema del tribunal.
Vestía un impresionante vestido esmeralda hecho a medida, con el cabello elegantemente arreglado, irradiando una presencia de absoluto poder y riqueza.
A su lado estaban dos de los abogados corporativos más importantes de la ciudad y un representante bancario.
—¿Elena? —tartamudeó Alejandro, con el rostro pálido mientras miraba la propiedad—. ¿Qué... qué es esto? ¿La casa de quién alquilaste?
—Yo no alquilo, Alejandro —respondió Elena, con una voz fría que resonó por todo el patio—. Mi familia es dueña de todo este valle. De hecho, la compañía de mi familia posee una participación importante del banco que financia el negocio inmobiliario de tu familia.