Parte 2
Valeria sintió que el mundo se detenía.
El ruido del motor del jet, los pasos del piloto, el viento frío del hangar, todo quedó suspendido alrededor de la frase de Camila.
—¿Qué dijiste? —preguntó Valeria, bajando un escalón.
Camila seguía de rodillas, temblando.
—Ricardo me dijo que tu bebé no era suyo. Que tenía pruebas. Que si tú intentabas denunciarlo, iba a usar eso para quitarte todo.
Valeria apretó el barandal de la escalera.
—Mientes.
—¡No! —Camila lloró con rabia—. Yo no sabía lo de la fundación. Te juro que no. Él me dijo que tú estabas loca, que tu familia lo controlaba, que el bebé era de otro hombre y que solo esperaba el momento para dejarte sin nada.
Esteban subió despacio, quedándose detrás de Valeria.
—Señora Del Valle, debemos salir si quiere llegar a tiempo.
Pero Valeria no se movió.
—¿Qué pruebas dice tener?
Camila sacó un celular de su bolso.
—Audios. Mensajes. Un contacto de laboratorio. Él mandó hacer un documento falso.
Valeria sintió náuseas.
Durante semanas, Ricardo le había repetido que estaba sensible, confundida, exagerada. Ahora entendía por qué. No era solo crueldad. Era preparación.
Preparaba la historia para destruirla.
Camila desbloqueó el teléfono con manos temblorosas y puso un audio.
La voz de Ricardo sonó clara.
—Cuando Valeria se atreva a hablar, yo voy a decir que ese niño no es mío. El consejo no va a creerle a una embarazada inestable. Además, tengo un médico que firma lo que sea por el precio correcto.
Valeria cerró los ojos.
No lloró.
El dolor ya no le salía en lágrimas.
—Mándame ese audio —dijo.
Camila levantó la mirada.
—¿Me vas a ayudar?
—No.
La palabra cayó limpia, sin gritos.
—Entonces ¿por qué te lo mando?
Valeria bajó el último escalón y se acercó a ella.
—Porque si no lo haces, Ricardo también te va a usar como culpable. Y cuando ya no le sirvas, va a decir que tú lo manipulaste, que tú robaste, que tú inventaste todo.
Camila se quedó muda.
Por primera vez, su cara perdió toda soberbia.
En ese instante entendió que no era una reina destronada. Era una herramienta desechable.
Envió los audios.
Valeria volvió a subir al jet.
—Valeria —suplicó Camila—. Yo pensé que él me amaba.
Valeria la miró desde la puerta.
—Yo también.
La puerta se cerró.
El avión despegó cuando el sol apenas empezaba a pintar de gris el cielo del Estado de México.
Durante el vuelo, Valeria escuchó cada audio con la abogada Teresa Murillo por videollamada. Teresa había sido la mano derecha de su padre. Una mujer de 68 años, voz tranquila y mirada de acero.
—Esto cambia todo —dijo Teresa—. Ya no solo hablamos de desvío de fondos. Hablamos de fraude, violencia patrimonial, falsificación y posible fabricación de pruebas para quitarte custodia antes de que el niño nazca.
Valeria miró por la ventanilla. Las nubes parecían demasiado limpias para una mañana tan sucia.
—¿Qué hacemos?
—Entrar primero. Hablar primero. Congelar primero. Ricardo gana cuando obliga a todos a reaccionar a su versión. Hoy vamos a quitarle el micrófono.
A las 8:47, Valeria llegó al edificio corporativo de San Pedro Garza García, donde el consejo de la fundación tenía una sesión extraordinaria. Caminó con Esteban a su lado y Teresa esperándola en la entrada.
En la sala ya estaban 11 consejeros.
Y Ricardo también.
Se levantó apenas la vio.
—¿Qué demonios haces aquí?
Valeria dejó su bolso sobre la mesa.
—Lo mismo que debí hacer desde la primera vez que me mentiste.
Ricardo soltó una risa breve.
—No estás bien. Estás embarazada, alterada, haciendo un espectáculo.
Teresa conectó la USB a la pantalla.
—Señor Del Valle, le recomiendo sentarse.
En la pantalla aparecieron transferencias, facturas, contratos falsos, depósitos a empresas fantasma y pagos ligados al departamento de Camila.
El rostro de Ricardo cambió.
—Eso está fuera de contexto.
Entonces Valeria puso el audio.
La voz de Ricardo llenó la sala.
—Tengo un médico que firma lo que sea por el precio correcto.
Nadie habló.
Ricardo miró a Valeria con odio.
—Apaga eso.
Ella sostuvo su mirada.
—No.
El presidente del consejo pidió un receso urgente. Teresa solicitó la congelación de cuentas y la suspensión inmediata de Ricardo. Esteban entregó una declaración como testigo del estado en que encontró a Valeria la noche anterior.
Ricardo intentó acercarse a ella.
—Vas a pagar por esto.
Teresa se interpuso.
—Acaba de amenazar a una mujer embarazada frente a 11 testigos.
Ricardo apretó los dientes.
Y entonces su celular empezó a sonar.
Una vez.
Otra.
Otra.
Era Camila.
Ricardo contestó furioso y puso el altavoz sin darse cuenta.
—¿Qué quieres?
La voz de Camila salió rota.
—Ya mandé todo, Ricardo.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué mandaste?
—Los audios. Los mensajes. Y el video del hotel.
Valeria levantó la mirada.
Video.
Nadie sabía que existía un video.
Y justo cuando Teresa iba a preguntar de qué hablaba, la puerta de la sala se abrió.
2 agentes ministeriales entraron con una orden en la mano.