Despertó dentro de su propio ataúd mientras su esposa planeaba cremarlo antes del anochecer...-lbsuong

Se puso unos guantes de goma y empezó a revolver entre servilletas, cáscaras de aguacate y restos de comida. En el fondo encontró un frasco pequeño de vidrio, sin etiqueta, con un residuo transparente y aceitoso.

No olía a nada.

Pero Miguel sintió que acababa de encontrar el hilo de una verdad terrible.

Llamó a Diego Ramírez, un viejo compañero de la UNAM que trabajaba en un laboratorio privado en Santa Fe. No se hablaban desde hacía años, pero la desesperación borra vergüenzas.

—Diego, necesito que analices algo hoy. No mañana. Hoy.

—Miguel, no puedo hacer pruebas así nada más.

—Mi hermano está muerto, o eso quieren que creamos. Y creo que su esposa lo envenenó.

Al otro lado de la línea hubo un silencio largo.

—Tráelo por la entrada trasera —dijo Diego al fin—. Y no me preguntes cómo voy a hacerlo.

Mientras Miguel cruzaba la ciudad con el frasco envuelto en un pañuelo, Luis seguía dentro del ataúd, escuchando cómo el velorio se iba vaciando. El aire parecía más pesado. Los sonidos más lejanos. Su cuerpo seguía sin obedecerle, aunque su mente trabajaba con una claridad feroz.

Intentó mover un dedo.

Nada.

Intentó otra vez.

Nada.

Recordó los cafés. Recordó a Ana en la cocina, moliendo hierbas en un mortero de cerámica. Recordó a Javier oliendo la taza y diciendo:

—Qué maravilla. Lo natural siempre es lo mejor.

Qué ciego había sido.

A las cuatro de la tarde, el agente funerario se acercó.

—Señora Ana, es momento de cerrar el ataúd.

Luis sintió que la oscuridad cambiaba de temperatura.

Ana pidió un último minuto.

Sus pasos se acercaron. Se inclinó sobre él. Luis percibió su perfume, su respiración, su presencia.

—Adiós, Luis —susurró ella—. Fuiste más útil muerto que vivo.

Luego se alejó.

La tapa bajó.

El golpe de madera cerrándose sonó como el final del mundo.

Después vinieron los pestillos.

Uno.

Dos.

Tres.

Luis quedó sumergido en una oscuridad más profunda, una oscuridad sin aire, sin esperanza, sin cielo.

El ataúd comenzó a moverse.

Cada rueda sobre el piso, cada bache, cada inclinación le decía lo mismo: iban al crematorio.

En Santa Fe, Diego recibió el frasco con el rostro serio.

—Llámame en una hora y media —dijo—. Si hay algo, te lo diré.

Miguel esperó en su coche. Afuera, la ciudad seguía viva como si nada. Camiones, vendedores, cláxones, gente cruzando la calle con bolsas de mandado. La vida normal continuaba mientras su hermano quizá seguía atrapado en algún punto entre la muerte y el infierno.

A las cuatro cincuenta, el teléfono sonó.

—Miguel —dijo Diego, y su voz ya no era la de un químico curioso, sino la de un hombre asustado—. Esto no es un aceite. Hay rastros de un paralizante sintético muy potente. Provoca inmovilidad casi total. La respiración y el pulso pueden bajar tanto que parecen inexistentes.

Miguel sintió que el mundo se inclinaba.

—¿Pero la persona puede estar consciente?

Diego tardó un segundo.

—Sí. Ese es el horror. Puede estar consciente.

Miguel no escuchó más. Arrancó el coche y manejó a la comisaría más cercana como si llevara fuego en las manos.

El delegado Ramírez lo recibió con la mirada cansada de quien ha escuchado demasiadas historias absurdas.

—Mi hermano puede estar vivo —dijo Miguel—. Lo van a cremar a las seis. Su esposa y su amante lo envenenaron.

Ramírez lo miró en silencio.

Miguel mostró el análisis preliminar, la foto de Ana y Javier abrazados en una fiesta meses atrás, los mensajes de Diego, el frasco.

—Entiendo su dolor —dijo el delegado—, pero no puedo detener un procedimiento funerario con una prueba no oficial y una sospecha familiar.

Miguel golpeó el escritorio con la palma abierta.

—¿Y si tengo razón? ¿Va a dejar que quemen vivo a un hombre porque el papel dice que está muerto?

La pregunta quedó flotando.

Ramírez no respondió de inmediato. Su rostro cambió apenas, lo suficiente para mostrar que la duda había entrado.

Tomó el teléfono y llamó al crematorio.

—Suspendan el procedimiento una hora —ordenó—. Una hora nada más.

Miguel cerró los ojos. No era suficiente, pero era algo.

—Necesito más —dijo Ramírez—. Traiga al doctor Morales. Si él admite una duda en el acta de defunción, actuamos.

Miguel salió corriendo.

En el crematorio, el ataúd de Luis ya estaba sobre una plataforma metálica. Desde dentro, él escuchó puertas pesadas, voces de empleados, el eco de un lugar amplio y frío. Luego llegó un soplo de calor que le quemó el alma.

El horno.

Pero entonces alguien dijo:

—Hay que esperar. La policía pidió suspender una hora.

Luis habría llorado de alivio si su cuerpo se lo hubiera permitido.

Miguel.

Su hermano lo estaba alcanzando desde el otro lado de la muerte.

Ana, en la sala de espera, perdió el color.

—¿La policía? ¿Por qué?

Javier la tomó del brazo.

—Cálmate. Si haces una escena, nos hundes.

—Fue Miguel —murmuró ella—. Ese maldito siempre sospechó.

—Sospechar no es probar —dijo Javier—. En una hora todo se acaba.

Dentro del ataúd, Luis reunió todas las fuerzas que le quedaban. Ya no intentó mover la mano completa. Solo un dedo. Uno. El índice derecho. Se concentró en él como si toda su alma cupiera en esa punta de carne dormida.

Muévete.

Por favor.

Muévete.

En Coyoacán, Miguel llegó a la casa del doctor Morales cuando el cielo empezaba a ponerse naranja sobre la ciudad. Tocó el timbre varias veces. El médico abrió con bata y lentes torcidos.

—Miguel… ¿qué ocurre?

—Doctor, usted firmó la muerte de mi hermano. Pero puede que Luis siga vivo.

El rostro de Morales se endureció primero, ofendido. Luego Miguel le mostró el análisis, el frasco, la foto, y habló de los cafés. De Ana respondiendo por Luis en cada consulta. De Javier reforzando síntomas. De la negativa de Ana cuando el médico sugirió internarlo.

Morales se sentó lentamente.

—Dios mío —murmuró—. Yo pensé que ella lo cuidaba.

—Lo estaba aislando.

El médico se llevó una mano a la boca. La culpa le cayó encima como una piedra.

—Hubo algo —dijo al fin—. Luis quiso hablarme una vez, pero Ana lo interrumpió. Dijo que él estaba confundido. Yo… yo debí insistir.

Miguel se inclinó hacia él.

—Insista ahora, doctor. Antes de que sea tarde.

Morales tomó su abrigo.