PARTE 2
La sala se quedó muda.
Lucía apretó los labios. Su hermano Raúl dejó el tenedor sobre el plato. Don Ernesto, el esposo de doña Carmen, se acomodó los lentes como si de pronto el aire pesara demasiado.
—Estaba en mi dedo antes del postre —dijo doña Carmen—. Y ahora no está.
Su mirada seguía clavada en mi hijo.
Mateo se encogió en la silla. Yo puse mi mano sobre su rodilla debajo de la mesa.
—Tranquilo —le susurré—. Estoy aquí.
—Hay que revisar —dijo Raúl—. Chamarras, bolsas, todo.
—Claro —respondí—. Pero a todos por igual.
Doña Carmen sonrió con desprecio.
—Por supuesto, David. Nadie está acusando a nadie.
Pero sus ojos no se movieron de Mateo.
Lucía se inclinó hacia mí.
—No hagas esto más grande —murmuró.
La miré.
—¿Más grande que poner a mi hijo contra la pared?
Ella bajó la mirada.
Doña Carmen ya estaba llamando a la policía. Hablaba con voz dramática, como actriz de telenovela vieja.
—Es una joya familiar, oficial. Hay menores presentes, sí. Necesito que vengan.
Mateo respiraba rápido. Yo lo conocía. Sabía que estaba tratando de no llorar para no darles más armas.
Cuando llegaron dos policías, una mujer joven y un hombre mayor, doña Carmen los recibió como si fueran parte de su espectáculo.
—Oficiales, gracias. La joya es muy valiosa.
La oficial preguntó quién había salido de la mesa.
Renata habló antes que nadie.
—Mateo se fue un rato con su papá.
La volteé a ver.
Ella alzó los hombros.
—Solo digo.
La oficial miró a Mateo.
—¿Viste el anillo?
—No —contestó él, bajito.
—Mi hijo responderá conmigo presente —dije.
—Está bien, señor —respondió la oficial.
Pidieron revisar voluntariamente bolsas y chamarras. Doña Carmen aceptó con demasiada rapidez.
—Revisen todo. Así salimos de dudas.
Primero revisaron los abrigos del perchero. Luego la bolsa de Lucía. Después la de Renata.
Cuando la oficial sacó el anillo del bolsillo lateral, nadie respiró.
Renata se quedó congelada.
Doña Carmen abrió la boca, pero no salió nada.
—¿Esto es suyo, señora? —preguntó la oficial.
Doña Carmen apenas asintió.
Renata empezó a llorar, pero no era llanto de culpa. Era rabia.
—¡Yo no lo puse ahí! ¡Alguien me lo metió!
Raúl se levantó de golpe.
—¿Qué está pasando?
Lucía susurró:
—Renata…
—¡No fui yo! —gritó la niña—. ¡Seguro fue él!
Señaló a Mateo.
Ahí se me rompió la paciencia.
—Mi hijo estuvo conmigo cuando revisé su chamarra —dije con calma—. Y antes de eso vi a Renata meter la mano en su bolsillo.
Lucía me miró como si yo la hubiera traicionado a ella.
—David…
—No —la corté—. Hoy no.
La oficial tomó nota.
Entonces habló Fernanda, una prima de Lucía que casi no había dicho palabra en toda la cena.
—Yo también vi a Renata detrás de Mateo. Pensé que estaba recogiendo algo, pero sí la vi.
Renata se puso roja.
—¡Mentira!
Doña Carmen reaccionó al fin.
—Mi nieta está nerviosa. Es una niña.
Miré a Mateo. Él también era un niño. Pero para ellos era más fácil convertirlo en sospechoso que aceptar que la niña consentida de la casa había planeado todo.
La policía habló aparte con doña Carmen. Como el anillo apareció y ella no quiso levantar cargos contra su nieta, todo quedó en advertencia. Pero la oficial fue clara:
—Acusar falsamente a un menor puede traer consecuencias serias.
Por primera vez, doña Carmen bajó la cabeza. No por vergüenza hacia mi hijo, sino porque extraños habían visto la porquería de su familia.
Me levanté.
—Mateo, vámonos.
Lucía me siguió hasta la entrada.
—David, por favor. No te vayas así.
Me detuve.
—¿Cómo quieres que me vaya después de que tu hija intentó hacer pasar a mi hijo por ladrón?
—Renata está pasando por una etapa difícil.
—Mateo no era su terapia.
Nadie dijo nada.
Pero lo peor no había sido el anillo. Lo peor fue entender cuánto tiempo llevaba pagando para que esa familia pudiera maltratar a mi hijo con elegancia.
Y esa misma noche, cuando llegamos a casa, abrí mi computadora y tomé una decisión que los dejó sin aire…