PARTE 2
Teresa soltó el encendedor sobre el pasto mojado.
—¿Qué dijo?
—Abrió los ojos. Apretó la mano de una enfermera. El latido del bebé se fortaleció un poco. Está muy delicada, pero está luchando. Está preguntando por usted.
Teresa cayó de rodillas frente a la mansión.
Por un instante vio con claridad lo que estuvo a punto de hacer. Si prendía fuego a esa casa, Valeria despertaría sola. Su nieto nacería, si lograba nacer, con una abuela en la cárcel. Los Montenegro serían víctimas ante las cámaras. Ella les regalaría la salida perfecta.
Apagó la rabia como se apaga una vela con los dedos.
—Dígale que voy para allá —dijo llorando—. Dígale que mamá ya va.
Esa noche, Teresa no quemó la casa.
No con fuego.
De camino al hospital llamó a Ernesto Saldaña, un abogado que había defendido a mujeres golpeadas, obreras despedidas y familias aplastadas por ricos que creían que el dinero compraba silencio.
—Necesito destruir a una familia poderosa —dijo Teresa—. Pero sin tocarles un pelo.
Ernesto no preguntó si hablaba en serio.
—Entonces vamos a hacerlo bien.
Cuando Teresa entró a terapia intensiva, Valeria la buscó con el único ojo que podía abrir. Tenía la mandíbula lastimada y apenas podía mover los dedos.
Teresa se inclinó sobre ella.
—Estoy aquí, mi niña. Ya nadie te va a llevar de aquí.
Valeria intentó hablar, pero un gemido salió de su garganta.
La enfermera le acercó una tablilla blanca y un plumón. Con una mano temblorosa, Valeria escribió despacio:
SANTIAGO.
Luego:
BEATRIZ.
Después tardó casi un minuto en formar la siguiente frase:
PALO DE GOLF.
Teresa sintió que el aire se le iba.
El oficial Ramírez entró con un agente de la Fiscalía. La doctora autorizó solo 5 minutos.
—Valeria —dijo el agente—, ¿ellos te golpearon?
Ella cerró y abrió el ojo.
Sí.
—¿Te sacaron de la casa contra tu voluntad?
Sí.
—¿Sabían que estabas embarazada?
Valeria apretó los labios. Volvió a escribir.
DIJERON QUE EL BEBÉ ARRUINABA EL APELLIDO.
El agente bajó la mirada.
Teresa tomó una foto de la tablilla.
—Quiero órdenes de aprehensión —dijo—. Hoy.
Pero los Montenegro no estaban esperando quietos.
A las 10 de la mañana, mientras Valeria seguía conectada a máquinas, la televisión local empezó a repetir una nota pagada:
“Joven embarazada sufre aparente crisis emocional tras discusión familiar.”
En la nota, un abogado de los Montenegro decía que Valeria tenía “episodios de inestabilidad”, que había salido sola de la casa y que la familia estaba “profundamente preocupada”.
Teresa vio la pantalla del hospital y sintió ganas de vomitar.
—Van a decir que mi hija se hizo esto sola.
Ernesto Saldaña llegó con una carpeta negra bajo el brazo.
—Eso intentarán. Por eso necesitamos pruebas antes de que las desaparezcan.
—¿Qué pruebas?
El abogado bajó la voz.
—Las cámaras de seguridad de la mansión, los registros del portón, los mensajes de Santiago, el chofer, las empleadas domésticas. Y algo más importante: la llamada que hicieron antes de abandonarla.
Teresa lo miró.
—¿Qué llamada?
Ernesto abrió la carpeta.
—Una enfermera me dijo que Valeria repitió una frase cuando despertó: “No llamen al doctor de la familia”. Eso significa que alguien lo llamó.
Esa tarde, una mujer apareció en el hospital. Era Clara, una empleada de los Montenegro. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
—Yo limpiaba la cocina cuando empezó todo —dijo—. Doña Beatriz gritaba que la señora Valeria no servía ni para conservar un heredero. Don Santiago tomó el palo de golf del despacho. Yo grabé un audio porque pensé que si no lo hacía, nadie me iba a creer.
Teresa sintió que el cuerpo entero le temblaba.
Clara sacó un celular viejo.
En el audio se escuchó la voz de Beatriz, fría como cuchillo:
—Sácala de aquí antes de que manche la alfombra. Y si pierde al bebé, mejor. Ese niño nunca debió existir.
Luego la voz de Santiago:
—La dejamos en una parada. Que parezca que se escapó.
Teresa cerró los ojos.
Ernesto tomó el celular con cuidado.
—Con esto se cae su mentira.
Pero antes de que pudieran entregarlo, 2 hombres vestidos de traje entraron al pasillo del hospital.
Uno mostró una credencial falsa de seguridad privada.
—Venimos por el teléfono de la señora Clara.
La empleada se escondió detrás de Teresa.
El otro hombre sonrió.
—No conviene meterse con los Montenegro.
En ese momento, desde terapia intensiva, una alarma empezó a sonar.
La doctora salió corriendo.
—¡El bebé está en sufrimiento fetal!
Teresa miró la puerta cerrarse, miró a Clara llorando con el celular en la mano y entendió que el enemigo no solo quería borrar pruebas.
Quería terminar lo que había empezado.