PARTE 2
El segundo golpe abrió una grieta en el marco de la puerta.
El tercero la reventó.
Dos policías entraron primero, con lámparas y armas en la mano. Sus botas pisaron los cristales rotos de la ventana que ellos mismos habían quebrado. Rodrigo entró detrás, empapado, con un bate de béisbol y una rabia que ya no intentaba esconder.
—¡Busquen al niño! —ordenó.
El comandante Villaseñor levantó la mano.
—Rodrigo, cálmate. Esto tiene que hacerse bien.
—¡Mi hijo está en esta casa! —gritó él—. ¡Esa vieja lo secuestró!
Yo estaba sentada en mi sillón, con una cobija sobre las piernas. La pistola descansaba debajo, lista. No apuntaba a nadie todavía.
—Beatriz Roldán —dijo Villaseñor—, levántese y muestre las manos.
—Comandante —respondí—, si uno de sus hombres avanza hacia el pasillo, estará interfiriendo con una investigación federal.
Los policías se miraron confundidos.
Rodrigo soltó una carcajada.
—¿Federal? ¿Ya oyeron? ¡Ahora se cree agente secreto! Arresténla.
Uno de los policías dio un paso.
—Oficial —dije sin levantar la voz—, tengo una transmisión en curso hacia la Fiscalía General de la República. También envié un paquete cifrado con ubicación, nombres y evidencia.
Rodrigo se quedó quieto.
Por primera vez, su cara perdió color.
—Estás mintiendo.
—¿De verdad? —pregunté—. A la una con doce minutos saliste de tu casa con el tapete rojo del pasillo en la cajuela. No fuiste al hospital. No fuiste a casa de tu madre. Tomaste la carretera vieja rumbo al tiradero de piedra.
El comandante volteó a verlo.
—Rodrigo… ¿qué está diciendo?
—¡Nada! —rugió él—. ¡Está inventando! Además, aunque fuera cierto, ¿cómo obtuvo eso? ¡Eso es ilegal!
—Golpear a una mujer y amenazar a un niño también es ilegal —dije.
Rodrigo apretó el bate.
—Comandante, dispárele. Está armada. Yo la vi.
Villaseñor sudó. Su mano tembló sobre la pistola.
Yo lo miré directamente.
—Usted es corrupto, comandante. Pero todavía puede decidir si también quiere ser asesino.
Rodrigo ya no esperó. Corrió hacia mí con el bate levantado.
El tiempo se volvió lento.
Me levanté justo cuando el bate bajaba. Giré a la izquierda. La madera golpeó el brazo del sillón. Entré en su espacio, tomé su muñeca y su codo, y torcí.
El chasquido fue seco.
Rodrigo cayó de rodillas, gritando.
Los policías apuntaron sus armas.
—¡No se mueva!
Dejé caer la cobija y levanté mi pistola hacia el techo, no hacia ellos.
—¡Bajen las armas! —ordené.
No fue una súplica. Fue una voz de mando. Una voz que no se aprende en la vida civil.
Villaseñor vio cómo sostenía el arma. Luego vio mi mirada. Y entendió que no estaba frente a una anciana cualquiera.
Saqué una cartera de piel de mi suéter y se la lancé.
La abrió.
Su rostro se puso gris.
—Centro de inteligencia… Dirección de Operaciones Especiales… Retirada.
—Y reactivada bajo protocolo de emergencia —mentí con absoluta calma.
En ese momento, el sonido de la tormenta cambió. Ya no eran truenos.
Eran helicópteros.
La luz blanca atravesó la ventana rota. Una voz amplificada sacudió la casa:
—¡Fuerzas federales! ¡Suelten las armas y salgan con las manos arriba!
Villaseñor soltó su pistola.
Rodrigo, arrodillado, me miró con odio y miedo.
—Tú… tú solo eres una abuela.
Me acerqué.
—Sí. La abuela del niño al que amenazaste. La madre de la mujer que intentaste desaparecer.
Los federales entraron y sometieron a todos. A Rodrigo lo levantaron con cuidado por el brazo roto.
—Él sabe dónde está Mariana —dije al jefe del operativo.
Rodrigo escupió al suelo.
—Llegaron tarde.
La frase me atravesó el pecho.
En la despensa, detrás del muro falso, Mateo empezó a golpear la puerta y a llorar.
Y entonces entendí que la peor parte de la noche apenas iba a comenzar…